"Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie cerca para escucharlo, ¿hace algún ruido?", le pregunta el maestro budista al aprendiz de zen. En estos tiempos uno diría que, aunque caigan millones de árboles uno tras otro vaciando bosques, nadie escucha nada.

El reciente éxito electoral de líderes populistas que niegan el cambio climático y apuestan públicamente por la deforestación para abrir paso a lo que llaman progreso supone una seria amenaza para la supervivencia de este planeta. Y la humanidad no es capaz de escuchar el ruido que provocan los bosques mutilados.

La victoria de Jair Bolsonaro en Brasil se ha interpretado no ya solo como un retroceso para los derechos de las mujeres, la comunidad LGBT+ y las minorías étnicas, sino también como una grave amenaza para la Amazonia.

Su intención es entregar la mayor selva del mundo a las industrias extractivas, a costa de hipotecar el futuro de las próximas (y ya no tan lejanas) generaciones. En los últimos 50 años, la Amazonia ya ha retrocedido un 20%. Continuar con la deforestación sistemática del que es el auténtico pulmón del planeta va a tener consecuencias catastróficas. Su dimensión colosal la convierte no solo en una de las grandes reservas de la biodiversidad, sino en uno de los reguladores de la temperatura del planeta.

Mientras tanto, en la Colombia del posconflicto también se amenaza la biodiversidad presente en las selvas y montañas que durante décadas fueron feudo de las FARC. Desde que la guerrilla abandonó las armas, estamos asistiendo a la tala de centenares de hectáreas de bosque amazónico por parte de ganaderos en expansión.

Con similar avidez las industrias extractivas aspiran a explotar los ingentes recursos naturales de la selva colombiana, que si todavía presenta tan colosal riqueza en flora y fauna es paradójicamente gracias a que la guerra de hecho ha impedido que se operara en dichos territorios durante más de medio siglo. Y la defensa del medio ambiente se paga con la vida.

Centenares de activistas están siendo asesinados impunemente por oponerse a los proyectos extractivistas en la Amazonia y en toda América Latina. Pero tampoco parece que escuchemos cuando un cuerpo cae por defender los bosques. Igual que nadie escuchó el informe Los límites del crecimiento presentado por el Club de Roma en 1972, que anunciaba el colapso al que estamos llegando ahora.

Seguimos corriendo alegremente hacia el abismo sin freno, como si tuviéramos un planeta de repuesto después de devorar la Tierra. Y no, no hay planeta B. Nuestras decisiones tienen consecuencias. Y el voto a populistas defensores del desarrollismo depredador también. Aunque nadie parezca escuchar cuando cae una hectárea de árboles en la Amazonia.