Este miércoles es 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente. No sé muy bien el alcance que tiene ni si la celebración de los días mundiales sirve para que tomemos conciencia de lo que significan. Salvo el bombardeo por un solo día de los medios de comunicación, creo que la conciencia popular es remolona y muy poco activa.

No tengo más que asomarme al contenedor para basura orgánica de mi comunidad y verlo lleno de botellas de plástico para comprender que el grado de incivismo y de falta de conciencia es tal que es imposible que algo tan importante como la crisis climática penetre en las cabezas de mis vecinos.

Tampoco lo ponen fácil los administradores. Si ya cuesta un imperio ponerse manos a la obra en la batalla contra el cambio climático, la pelea política que ahora se libra por el poder en los ayuntamientos y comunidades nos lo pone cuesta arriba. Se han establecido medidas contra la contaminación que objetivamente funcionan y además son obligadas por la Unión Europea y el que aspira al sillón anuncia que se las va a cargar porque no las ha puesto él... y así pasa con todo.

Este año Naciones Unidas lo dedica a la lucha contra la contaminación del aire y hace hincapié en la grave situación que sufren, en especial, las ciudades. El propio secretario general de la ONU, Antonio Guterres, reclama mayor contundencia y pide a los gobiernos medidas muy concretas: que graven la contaminación, que dejen de subvencionar los combustibles fósiles y que dejen de construir nuevas centrales de carbón, que impulsen la economía verde y rechacen la economía gris.

Lo que parece una broma –aunque tiene su razón– es que este año se haya designado a China –el país más contaminante del mundo– como anfitrión de las celebraciones oficiales del Día Mundial del Medio Ambiente y, aún más, que este país invite al resto a considerar los cambios que podemos hacer en el día a día para reducir la contaminación, mientras él aumentó sus emisiones de dióxido de carbono (CO2) un 3% en 2018, según Greenpeace. Nunca es tarde para el arrepentimiento y que sea el anfitrión será un empujón para que continúe con sus importantes inversiones en renovables.

Mientras China sale de su contradicción, aquí cada uno en su ámbito puede ir empezando con pequeños gestos: utilizar el transporte público, compartir coche o moverse en bicicleta o caminando; reducir el consumo de carne y lácteos para que disminuyan así las emisiones de metano que emite el ganado, hacer compost con restos de alimentos orgánicos y reciclar la basura no orgánica, ahorrar energía apagando las luces y los aparatos electrónicos cuando no se utilicen... Y, sobre todo, convencernos de que no hay otra y que movilizar conciencias es la única arma para frenar en lo que podamos este sinsentido al que vamos de cabeza.