Sus manos. No podía dejar de mirarlas. Manos huesudas, quemadas por el sol, con dedos deformados cual sarmientos, apoyándose firmes en una cachava tan fibrosa y dura como todo su cuerpo. Manos hechas al trabajo, a la vida, al amor, a la tristeza, al sacrificio. Las manos de Manuel Nieves, 92 años, agricultor de Fuerteventura, me fascinaban. El último de un linaje heroico: los últimos sabios de la Tierra. Capaces de convertir el desierto en un huerto donde con tan solo una única lluvia al año es posible producir toda clase de delicias vegetales, higos, uvas, garbanzos, lentejas, ajos, cebollas, pero también tomates, calabazas, melones, sandías, patatas. Sin riego. Y todo en ecológico, aunque don Manuel no entiende de eso, cultiva como siempre se hizo en esta reseca isla vecina al Sáhara, como le enseñó su padre que había aprendido de su abuelo y este aprendió de sus padres y abuelos, así durante siglos.

Manos de Don Manuel

Me habla con ganas de enseñar; con la ilusión de que sus saberes no se desvanezcan como lágrimas bajo esa lluvia mezquina que sigue sin aparecer por el horizonte, nueve meses ya sin caer una miserable gota. Pero él la espera paciente azada en mano, trabajando día tras día para que cuando por fin aparezca vaya directa a sus fincas aportando una vida de la que también se beneficiarán avecillas increíbles. Paciencia y trabajo, me dice, es el secreto. Y cariño, mucho cariño, por esta tierra descarnada capaz de dar de comer a sus hijos si estos saben cómo pedírselo. Si llueve de una maldita vez.

Le pregunto por los efectos del cambio climático y él me responde hablándome de cabañuelas, de floraciones de plantas humildes que supuestamente profetizan un año malo, ‘año ruin’ lo llama él. "Cuando diciembre y enero está de tiempo marero no hace falta limpiar el granero", resume con resignación señalando al cercano mar de donde vienen esos estériles vientos del este tan mezquinos. Pero no está preocupado. Ha conocido tiempos peores. Él sigue trabajando ilusionado todos los días "mientras tenga salud", concede. ¿Y después? ¿Quién trabajará estos campos cuando don Manuel falte? ¿Quién sabrá cómo hay que hacerlo?

Aseguraba el etnólogo maliense Amadou Hampaté Ba que cuando un anciano muere en África es como si una biblioteca ardiera, pues con su desaparición se extingue la infinita sabiduría transmitida oralmente por sus antepasados. En España la tragedia es aún mayor. Nuestra cultura más íntima, nuestros secretos para lograr que el campo florezca y nos alimente, nuestros sabores, están en peligro de extinción, arruinados como tantos cientos de pueblos de la España interior. Después de transmitirse y enriquecerse a lo largo de milenios de padres a hijos y de abuelos a nietos, la cadena se ha roto. Ya no escuchamos a los mayores, a los sabios de la Tierra. Sus enseñanzas, enraizadas en el experto manejo del territorio, se consideran inútiles en estos tiempos de alta tecnología global, de mundo integral e interconectado. Craso error. El día en que abrimos el grifo y no sale agua, o encendemos la luz y no hay luz nos quedamos desorientados, nuestro frágil mundo colapsa y somos incapaces de encontrar alternativas más allá de buscarlas en YouTube.

Después de transmitirse y enriquecerse a lo largo de milenios de padres a hijos, la cadena se ha roto.

Son conocimientos inútiles, dirá más de uno. Ya no hacen falta, no son eficientes ni rentables. Esos malos tiempos del regreso al mundo rural, a la supervivencia, al autarquismo más descarnado, nunca volverán. El planeta se ha hecho urbano y en las ciudades siempre habrá supermercados abastecidos por potentes empresas agroalimentarias capaces de traernos la comida del otro extremo del planeta si hace falta. Seguramente tienen razón. Ojalá tengan razón. Porque como tengamos que volver a echar mano de los viejos conocimientos tradicionales ¿a quién vamos a preguntar dónde están las fuentes, cómo se maneja el ganado y los cultivos, qué plantas son medicinales, cómo se hace el pan o se levanta una casa con piedras y barro?