Lo llaman efecto rebote o paradoja de Jevons, un economista inglés que ya a mediados del siglo XIX –cuando todo estaba por empezar–, predijo cómo a medida que el perfeccionamiento tecnológico mejorara nuestra eficiencia energética (hacer más con menos), en lugar de reducir el consumo lo aumentaríamos. Las nuevas luces tipo LED son un ejemplo. Diseñadas para mejorar la iluminación reduciendo el consumo eléctrico, con ellas ha ocurrido exactamente lo contrario.

La contaminación lumínica se ha multiplicado, pues las administraciones, a mismo gasto, han duplicado la potencia de las nuevas farolas. Incluso en lugares remotos, a donde no llegaba la electricidad, la unión de paneles solares y brillantes lámparas ha acabado con las noches oscuras en espacios naturales donde el paisaje sufre sus perversos efectos negativos: se calcula que el 83% de la población mundial no puede ver estrellas por la noche.

Otra de estas disparatadas paradojas es la de coches y contaminación. Queríamos menos óxidos de nitrógeno (NOx) en la atmósfera y lo hemos logrado abandonando los motores diésel, pero el aumento de vehículos de gasolina, junto con el éxito comercial de los SUV, esos coches cada día más pesados y potentes, ha disparado las emisiones de CO2, el malo malísimo del cambio climático.

Somos pelín desastres en esto de querer arreglar el mundo. Cuanto más intentamos mejorar algo, más lo estropeamos. Como las tripas de Jorge, que por un lado se estiran y por otro se encogen, dependiendo de quién se las quiera trajinar, asegura el dicho burgalés. O recordando la canción del cubano Pancho Céspedes, paradojas de esta vida loca, loca, loca, con su loca realidad, que se ha vuelto loca, loca, loca.