Erasmus no es (solo) 'orgasmus', el clásico chascarrillo que muchos sueltan al contar que has estudiado un año de la carrera universitaria en el extranjero. Que sí, que en parte es eso. Pero como la vida misma. Hacerse la maleta para un curso entero, despedirte de tus padres en una estación de autobuses, llegar a un sitio que nunca antes habías pisado para empezar a buscarte la vida en una lengua que estás aprendiendo al mismo tiempo que pones en práctica. Eso sí es irse de Erasmus. Solo el principio.

Recuerdo perfectamente cómo sudaba y tragaba saliva los primeros días al intentar hablar por teléfono en francés con la persona que me iba a facilitar un trabajo limpiando gimnasios municipales con el que podría sustentarme la estancia en Lyon, o le explicaba a los profesores de la Université Lumière Lyon 2 que venía de la Universitat de València, en España, a través del programa Erasmus, ese del que no tenían mucha idea. Aquel curso 2003-2004 me marcó para siempre. No fue fácil estudiar y hacer exámenes en otro idioma, no fue fácil levantarse a las cinco de la mañana para fregar vestuarios, no fueron fáciles las despedidas, no fue fácil denunciar un robo en mi propia habitación de la residencia, no fue fácil enterarse por Le Monde de que Al Qaeda había matado a 191 personas en los terribles atentados del 11-M en Madrid, mientras los medios españoles titulaban por ETA, ver todas aquellas dolorosas imágenes estando tan lejos de tu gente...

Pero los momentos más duros se compensaron con creces con las incontables vivencias inolvidables. Cuando por primera vez dejas el confortable hogar paternal tus amigos se convierten en tu familia. La familia Erasmus es algo que perdura para siempre. Sí, los amigos que haces, de muchas partes del mundo, con los que tanto hablas, ríes, comes, bailas, estudias, viajas, duermes, paseas, reflexionas, sientes, descubres y aprendes, son sin duda el gran tesoro que consigues al irte de Erasmus.

Nadie me dijo lo profundamente sola que me sentiría la primera vez que entré en aquella habitación fría y vacía de la Residencia André Allix, pero tampoco me contó nadie que tendría ganas de llamar a mi madre solo para contarle lo pletórica que me sentía. Que cada día iba a ser distinto, aprendería algo nuevo, conocería a alguien especial, descubriría un sabor, un rincón, una canción, una costumbre... Y todo esto es gracias a las personas que conoces. Amigos que, a día de hoy, 15 años después, sigo considerando mi familia, sonriendo al recordarles, valorando cada reencuentro, pensando que son los mejores compañeros de Erasmus que me podrían haber tocado, con sus virtudes y defectos (os aseguro que todos tendréis este mismo sentimiento, los amigos que haces durante este año son como los hijos: no los cambiarías por nada) y compartiendo con ellos lo bueno y lo malo de los caminos que a cada uno nos ha tocado vivir.

Si estás leyendo esta Guía de Estudios Superiores es porque probablemente te encuentres a punto de entrar en la universidad. Permíteme un consejo: vete de Erasmus. Además de llevarte contigo el que probablemente sea el año más intenso y feliz de tu vida (lo sigo pensando incluso después de haberme casado y formado una familia), esta experiencia te convertirá en una persona con iniciativa, resolutiva, con habilidades sociales, motivada y con capacidad de adaptarse a los cambios y adversidades. Aptitudes todas ellas muy valoradas por las empresas hoy en día, según cuentan los expertos en Recursos Humanos, y que no se aprenden tomando apuntes en clase. Así que sí, irse de Erasmus sirve de mucho, aunque a priori se conciba únicamente como una experiencia vital.

La famosa cita "viajar es lo único que compras y te hace más rico" cobra todo el sentido durante un año fuera. Un tiempo en el que te das cuenta de que, cuando no tienes más remedio, sales adelante ante cualquier adversidad, o que has perdido el miedo a plantarte en la cima de una montaña de Suiza en la que se celebra un festival de música al que te has apuntado de voluntaria para no pagar la entrada (porque el dinero escasea y también aprendes a gestionarlo para que cunda), o que la mejor forma de recibir el día es contemplando el amanecer en silencio junto ese grupo tan especial que has formado. Un silencio que abriga el alma. El silencio de la confianza, del bienestar, de la plenitud. Con personas que no conocías hacía apenas unos meses y que probablemente nunca hubieras saludado en tu propio barrio.

Por mucho que os cuente, creedme, hasta que no lo viváis, no me daréis la razón. La vida es corta y todos nos merecemos un año sin discusiones, sin prejuicios, viviendo con lo justo y necesario.

Y al volver a casa... ¡ay, al volver! Eso sí que nadie te lo cuenta. El cambio es brusco. Una bofetada de realidad. Se acabó el sueño. Pero eso mejor lo dejamos para otra carta.