Cambio histórico en el mapa político andaluz. Las elecciones autonómicas celebradas ayer en Andalucia han provocado un vuelto espectacular en el equilibrio político de la región. Por vez primera la suma de fuerzas políticas distintas al PSOE puede desalojarlo de San Telmo después de 36 años de ejercicio continuado del poder. La de Susana Díaz, con 33 escaños, es pues una victoria amarga que pone en una situación crítica su permanencia en la Junta, "una noche triste" la calificó anoche la todavía presidenta.

La pérdida de 14 escaños endulza además los 7 que cede el PP con respecto a los pasados comicios autonómicos que, a pesar de su notable retroceso, pone a su candidato José Manuel Moreno Bonilla en situación de aspirar a gobernar. Anoche Moreno Bonilla anunció solemnemente que se presentará a la investidura. Quien tendría en su mano la posibilidad de que prospere tal anhelo es Ciudadanos, que con 21 diputados, más del doble de los que se adjudicó en las anteriores elecciones, está en condiciones de contribuir decisivamente al cambio. Albert Rivera manifestó anoche en su comparecencia pública que desalojaría al PSOE de la Junta. Sin embargo, la idea que parecía apuntar Rivera era que el PSOE y el PP o quizá Podemos apoyaran a su compañero Juan Marín para presidir la Junta con tal de que VOX no tocara poder.

La otra posibilidad aritméticamente factible es que diera su visto bueno a un acuerdo a tres bandas que incluyera a la derecha extrema, cuya irrupción ha sido la gran sorpresa de la jornada. Ni en sus cálculos más optimistas el partido que lidera Santiago Abascal imaginaba que pudiera alcanzar los 12 escaños logrados y desatar semejante movimiento telúrico en el mapa político de esta comunidad. En plena campaña dijo Abascal que su formación obtendría mejor resultado de lo que las encuestas auguraban, cuando los sondeos hablaban de dos a cuatro diputados como máximo. La clave de su éxito ha sido sin duda la nitidez y dureza de sus mensajes, especialmente en materia de inmigración. Mensajes también antieuropeos y otros incluso percibidos como machistas que le serán difícil de digerir en un hipotético pacto al PP y aún mas a Ciudadanos. Su cabeza de lista, Francisco Serrano, utilizaba anoche el término "reconquista" para definir el proyecto político que se traen entre manos. "No queríamos papeletas verdes", decía su líder nacional, Santiago Abascal, certificando su carácter antiautonomista, "queríamos papeletas rojigualdas", lanzando después un alegato contra el socialismo y "el comunismo chavista" de Pablo Iglesias. Su euforia contrastaba con el gesto cariacontecido de los líderes de Adelante Andalucía y del propio Iglesias, que en tono melodramático lanzaba una "alerta antifascista" y un llamamiento a la movilización en defensa de los trabajadores y la democracia.

En este ambiente de polarización se han de producir las negociaciones entre los distintos partidos para la consecución de algún tipo de acuerdo que permita el gobierno de la Junta. El proceso conlleva una complejidad extraordinaria de imprevisible evolución. El ministro de Fomento, José Luis Ábalos, ponía el acento en la necesidad de iniciar un proceso de diálogo entre las fuerzas constitucionalistas para defender los valores constitucionalistas y europeístas que pone en riesgo la ultraderecha. Es obvio que la voluntad expresada por los andaluces apunta a un cambio y que la polarización no es el clima político más deseable para realizarlo.

Que el único incidente destacado de la jornada de ayer en Andalucía fueran los improperios que un par de apoderados de VOX le profirieron a Susana Díaz cuando iba a votar resulta muy significativo. Dos tipos que se descalificaron a sí mismos increpando a la candidata del PSOE y de alguna manera a su formación, que al menos tuvo el reflejo de quitarlos enseguida de en medio "por conductas inapropiadas en el día de la votación". Esto ocurrió después de una campaña tensa y vocinglera en la que los candidatos se dijeron de todo menos bonito. Los candidatos y sobre todo sus jefes de filas a nivel estatal, con la única excepción de Podemos, que hicieron suya la contienda como si se tratara de las primarias de unas elecciones generales. Nunca unos comicios autonómicos estuvieron tan atravesados por el interés político nacional hasta el extremo de ningunear las cuestiones y problemas que más directamente afectan a los andaluces. Ello puede explicar la baja afluencia que registraron las urnas y que a muchos pudieran parecerles ajenas a lo suyo. Ahora hay que gestionar un resultado endiablado no solo para gobernar la Junta de Andalucía, sino también para el futuro político de España.