Hay estudios que constatan el gusto de los depredadores por la sangre y la excitación que su olor les provoca. La causa reside en el compuesto químico que se forma cuando la grasa del flujo sanguíneo se expone al aire al abrirse una herida y empezar a borbotar. Esa molécula atrae instintivamente al depredador, incitándole a devorar la pieza.

En la política hay mucho de ese instinto animal. Los resultados de las elecciones del 28-A abrieron heridas que no le han pasado inadvertidas a las pituitarias más voraces. Es el caso de Ciudadanos, que la noche del escrutinio olió la sangre del Partido Popular y no quieren perder la oportunidad de rematarlo. Tal efecto explica la sobrexcitación de su líder, Albert Rivera, y la premura que muestra por acosar a Pablo Casado en el intento de provocar el sorpasso en los ya inminentes comicios europeos, municipales y autonómicos.

Rivera quiere anticiparse al resultado mostrándose como el nuevo líder de la oposición. Ha de hacerlo contraviniendo un reparto de escaños que le otorga nueve puestos menos que al PP. Una realidad numérica que él pretende soslayar enfatizando hasta la extenuación el derrumbe electoral de los populares en abierto contraste con el ascenso naranja.

Casado se sabe herido, pero no va a dejar que lo despedacen sin presentar feroz resistencia. Su reconocimiento público del error, que supuso el bandazo a la derecha, y la posterior corrección al centro forman parte de una estrategia de defensa que, a juicio de los demóscopos, podría proporcionarle cierta recuperación. En esa misma línea, es fácil que colaboren los electores que votando a Vox opten el 26 de mayo por el voto útil al constatar el enorme daño que le han causado a las expectativas de la derecha en las generales.

A la guerra que se libra en el centroderecha no ha sido ajeno esta semana el presidente del Gobierno, que manejó a conveniencia las convocatorias de Moncloa. Pedro Sánchez reforzó su imagen presidencial dando un trato calculadamente diferenciado a cada uno de sus interlocutores. Primero a Pablo Casado, fortaleciendo su condición de jefe de la oposición.

Al día siguiente, en una sala más pequeña y durante menos tiempo, a Albert Rivera, al que le interesa mantener a raya lo más posible. Y, por último, pero dedicándole el doble tiempo que a los anteriores, a Pablo Iglesias. Más de dos horas estuvo con él, aunque la rueda de prensa del antes locuaz líder de los morados, no pasó de los cinco minutos.

Qué lejos quedan los días en los que Iglesias parecía estar en condiciones de comerse de un bocado al PSOE y a sus 130 años de trayectoria política. El entonces pujante Pablo Iglesias olió también la sangre de los socialistas arremetiendo contra ellos con una voracidad extrema, pero cometió el error de no tomarle la medida a la pieza. El martes, en Moncloa, fue a pedir árnica. Herido y debilitado por su desplome electoral en las generales y los pésimos augurios para el 26-M, necesita un punto de apoyo en el nuevo Gobierno que frene la hemorragia morada.

Al igual que en el reino animal, en política, el olor de la sangre pierde poder de atracción cuando empieza a oler a cadaverina.