Si había algún país en toda la UE al que no le interesaba un referéndum sobre su pertenencia a esta organización, era el Reino Unido, especialmente por el difícil encaje que tiene esta opción para territorios como Irlanda del Norte o Gibraltar, teniendo en cuenta que una salida estricta de la UE les puede dejar completamente aislados.

Parece que los políticos británicos han tomado como lema a Groucho Marx, que decía que la política era el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar los remedios equivocados. Y es que, sin analizar sus consecuencias y sin que constituyera un clamor social, se convocó un referéndum que ha llevado a los británicos a una situación tan surrealista como que su parlamento acabe rechazando de forma abrumadora un pacto de brexit que llevó su propia primera ministra.

Y ¿ahora que?: un brexit sin acuerdo no interesa a nadie, pero un segundo referéndum tampoco, teniendo en cuenta que dejaría en entredicho al país y a su democracia. Una tercera opción es posponer la salida del Reino Unido de la UE más allá del 29 de marzo y vuelta la burra al trigo con la negociación. Con todo este vaivén, puede ocurrir algo aún peor y es que, mientras se buscan alternativas, los países de la UE empiecen a posicionarse de formas distintas y distantes hasta fracturar esta organización.

El presidente francés Charles de Gaulle vetó en los sesenta la entrada del Reino Unido en esta organización, al considerarla un caballo de Troya. Esperemos que el tiempo le quite la razón al general, pero ya van dos embestidas: primero amenazó la estabilidad de la UE con su rechazo al euro y, ahora, con su salida.