"De nada en demasía", aconsejaba Solón de Atenas, uno de los siete sabios de Grecia. El consejo sigue siendo válido siglos después y puede aplicarse al comportamiento de los precios. En los últimos años, la sociedad ha vivido atemorizada por el clamor de los expertos económicos, que alertaban sobre los riesgos de la caída de los precios (la deflación). Pero, si es malo que los precios caigan, tampoco conviene que suban demasiado deprisa. Hoy, tras años de olvido, es este riesgo (la inflación) el que vuelve para amenazarnos.

Hace un año por estas fechas, los precios estaban cayendo en nuestro país (un 0.3%); hace dos años, caían aún más (un 1,3%). En la actualidad, los precios están creciendo claramente (un 1,6%). El fantasma de la inflación vuelve a recorrer España. En otros países ha sucedido algo similar.

¿A qué se debe este cambio? La respuesta está meridianamente clara: al comportamiento del precio del petróleo. Este precio tiene especial importancia para lo que sucede con la inflación, pues afecta a algo tan vital como es el coste de la energía (es decir, a lo que cuesta la gasolina de nuestro automóvil o la calefacción de nuestra casa). A mediados de 2014, el precio de un barril de petróleo era de 114 dólares; a principios de 2016, su coste había caído enormemente y estaba por debajo de 30 dólares; hoy ha vuelto a subir hasta los 56.

Las consecuencias de este retorno de la inflación pronto las irán notando nuestros bolsillos. Lo importante no es cuántos euros ganamos, sino cuántos bienes y servicios podemos comprar con ellos (su poder adquisitivo). Ganando los mismos euros con precios más altos, somos en realidad más pobres. Las pensiones, por ejemplo, se revalorizan sólo un 0.25%, por debajo de lo que están subiendo los precios. Como advertía Keynes, el gran economista británico: "Con un proceso continuo de inflación, los gobiernos pueden confiscar, secreta e inadvertidamente, una parte importante de la riqueza de sus conciudadanos".