Las mociones de censura, como tantas cosas en esta vida, no son sólo como empiezan. Son más bien, como acaban. Y lo que pasa con esta que ha llegado a robarnos el final del mes de abril es que tiene mucho de censura, poco de moción y menos aún - por no decir nada - de emoción. Censura para Rajoy, que eso va en el sueldo de la oposición y más después de la semana/mes/año/lustro que lleva el PP con las ranas aisladas de la corrupción. Moción para Unidos Podemos, que se quedará con las ganas y que en realidad  -no nos engañemos- busca lo que busca: si Pedro Sánchez tuvo su debate y Mariano Rajoy los suyos, Pablo Iglesias no quiere ser menos. Así que despejadas las dos incógnitas, nos queda la emoción: y la emoción, en realidad va a ser poca. Un golpe de efecto, sí. Pero el resultado final es como ponerle un remolque al tramabús: muchas emociones y pocas nueces.

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Arsenio Escolar: Un sumario lleno de bombas

Victoria Luna: Nada nuevo bajo el sol

Carmelo Encinas: Ilusionismo político

Pablo Segarra: Misil de Iglesias contra el PSOE la pocilga del PP

Jesús Morales: Un territorio minado