Un siglo para ellas

María Andrés Martín Directora de la Oficina del Parlamento Europeo en EspañaOPINIÓN
Sede del Parlamento Europeo en Bruselas.
Sede del Parlamento Europeo en Bruselas.
EUROPA PRESS

"¿Sabe Usted qué papel ocupaban las mujeres en las Olimpiadas griegas? ¿La primera mujer griega? Se lo digo yo: el lugar 800. ¿Sabe cuántas mujeres hay entre los 100 primeros jugadores de ajedrez? Yo le diré: ninguna. (...) Por supuesto que las mujeres han de ganar menos que los hombres, porque son más débiles, más pequeñas y menos inteligentes".

La cita es de un eurodiputado polaco de un partido de extrema derecha y se pronunció en un pleno del Parlamento Europeo el cinco de marzo de 2017. Recibió como sanción a sus palabras 30 días sin dietas, 10 de suspensión como eurodiputado y la imposibilidad de representar a la Eurocámara durante un año.

Esta dolorosa anécdota y sus consecuencias nos demuestra hasta qué punto la lucha por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres conforma el ADN de la conciencia europea... y lo urgente que sigue siendo seguir defendiéndola.

La igualdad de género es un principio esencial del proyecto europeo, definido ya en el Tratado de Roma de 1957 y que se ha apuntalado en los últimos 20 años con numerosas leyes europeas (derecho de paternidad, protección de víctimas de género, etc.). En la actualidad existe la obligación jurídica de luchar contra esta desigualdad en Europa y hay artículos en los Tratados que defienden expresamente el uso de la discriminación positiva para incentivar la representación del sexo menos representado.

Resultan innumerables los estudios que demuestran que la inclusión nos hace más resilientes y menos frágiles. Que la diversidad es la mejor fortaleza de cualquier sociedad. Asegurar la igualdad de género no es, ni siquiera, un acto de justicia- es más bien la única reacción inteligente. Lo sabemos. En Europa sabemos que los equipos diversos son más creativos y eficaces. Hemos estudiado que contar con una mujer más en un puesto de alto nivel en la empresa puede aumentar su beneficio entre el 8 y el 13%, según datos del Fondo Monetario Internacional.

Ciertamente, los avances han sido muchos en las últimas seis décadas: de los 20 países del mundo con mayor índice de igualdad de oportunidades, 14 son Estados miembros de la UE. España, Europa, es hoy uno de los mejores lugares del mundo para nacer siendo mujer. Yo he sido una niña con suerte: la que me otorgó la geografía por hacerme nacer en este lugar del mundo. No todas las chicas la tienen. Según cifras de Naciones Unidas, tres mil millones de mujeres viven hoy en países en los que la violación en el matrimonio no está tipificada como delito y todavía existen 19 países en los que existen leyes que obligan a las mujeres a obedecer a sus esposos. Unos 12 millones de niñas menores de edad se casarán este año en todo el planeta y más de 20 millones quedarán embarazadas en 2020.

Y sin embargo, seis décadas después de haber conquistado esta igualdad de iure en Europa, la igualdad de facto está lejos de ser una realidad en nuestro país y en nuestro continente. La realidad es tozuda y nos revela cómo en el último año la brecha salarial entre hombres y mujeres se ha mantenido en torno a un 16% en Europa y la diferencia en las pensiones es de hasta un 37% (¡!). Según el último Índice de Igualdad de Género de 2020 publicado en la UE, la puntuación apenas ha aumentado 4,1 puntos desde 2010, hasta alcanzar 67,9 puntos de 100. España ocupa además un modesto octavo puesto, por detrás de Suecia, Dinamarca, Francia, Finlandia, Países Bajos, Reino Unido e Irlanda.

Y si el Parlamento Europeo denunciaba en febrero serios “retrocesos” en algunas áreas de igualdad de género en Europa -una tendencia que arrastramos desde la crisis financiera de 2008 y el auge de ciertos movimientos populistas ultraconservadores en Europa-, lo cierto es que la pandemia del coronavirus ha agravado desde marzo la brecha de género de nuestro continente. De nuevo son ellas las que mayoritariamente han reducido su jornada laboral para encargarse de los cuidados familiares, ellas las que más ERTEs han sufrido por trabajar predominantemente en los sectores de servicios más afectados por la crisis, y ellas finalmente las que se han mantenido en primera línea de batalla en la lucha contra el virus, por ocupar gran parte de los puestos de trabajo en el sector sanitario o de cuidados de ancianos.

En el impresionante paquete de fondos de recuperación comprometidos por la UE para luchar contra la devastadora crisis económica que asoma tras los efectos del Covid, existen dos objetivos fundamentales que acapararán los mayores esfuerzos de inversión en los próximos años: la sostenibilidad o lucha contra el cambio climático desde las empresas, gobiernos y sociedad, y la necesaria transformación digital para no quedarnos atrás en el sector con mayores opciones laborales y de desarrollo de futuro en un contexto post-covid.

En este sentido, deberemos ser muy vigilantes para que la brecha de género que ya existe en el ámbito de la economía digital no ahonde todavía más la desigualdad que deja fuera a las mujeres en este sector clave: En España, hoy, ellas solo son el 18% de los especialistas en sector TIC. Y ganan de media un 19% menos que los hombres. El propio Parlamento Europeo estableció en un estudio publicado en abril que la mayor brecha de género en toda Europa se da en los ámbitos de la inteligencia artificial y la ciberseguridad.

¿Cómo revertir la tendencia? ¿Cómo mejorar esa igualdad entre hombres y mujeres, dentro y fuera de la UE, que tantos beneficios sociales, económicos y políticos genera?

No todo son malas noticias. En los últimos 20 años, la recuperación económica en la UE y el desarrollo de leyes de género han conseguido con éxito mejorar la situación de muchas mujeres. La última gran batalla ganada ha sido cambiar el foco de un problema que era ‘de ellas’ -la conciliación familiar y los hijos- para situarlo en el campo de la corresponsabilidad. Así, la UE adopto una importante directiva en 2019 para garantizar en sus 27 países miembro una baja paternal de hasta cuatro meses (al menos dos no transferibles), que el Gobierno español ya ha transpuesto a ley nacional. Hará falta además combinar estas medidas con otras de flexibilidad del horario laboral y que reformulen nuevos modelos de teletrabajo para hombres y mujeres, convirtiendo la crisis por la pandemia en una nueva oportunidad para salir reforzados.

En el inicio de esta nueva legislatura, la primera mujer en presidir la Comisión Europea -Ursula von den Layen- se ha comprometido también a promover una directiva que asegure la transparencia en los sueldos de las grandes empresas, abordando así el problema de la brecha salarial entre hombres y mujeres que realizan el mismo tipo de trabajo, y a relanzar las fallidas negociaciones en torno a una futura ley europea que obligue a las empresas a fijar una cuota mínima del 40% de mujeres en sus consejos de administración.

Pero por muchas leyes que adoptemos en los próximos años, por muchos organismos internacionales que se pronuncien sobre el tema, la realidad es que para plantar batalla en España a la desigualdad de género no hace falta mirar tan lejos. La verdadera respuesta está en nuestra mente.

"Creo firmemente que la única manera de avanzar en la educación y liberarnos de roles y estereotipos"

Creo firmemente que la única manera de avanzar en la educación y liberarnos de roles y estereotipos que nos dictan qué es lo femenino o masculino es eliminando los prejuicios, tomando mayor conciencia del sesgo inconsciente que todos llevamos dentro y combatiéndolo, cuando se pueda, con medidas de refuerzo positivo. No hablo necesariamente -o no solo- de cuotas. Las cuotas nunca deben llegar a ser un objetivo en sí mismo, aunque hay tantos estudios que demuestran que éstas pueden ser un potente acelerador de cambio social. Me refiero sobre todo al esfuerzo por fomentar -entre todos y desde el entorno de cada uno- el liderazgo inclusivo, a dar visibilidad a otros roles, a crear nuevos referentes femeninos en los que poder mirarnos en este siglo XXI.

Necesitamos urgentemente dar mayor visibilidad a mujeres expertas que empoderen hoy con su ejemplo a las niñas de mañana: científicas, números uno de partidos políticos, historiadoras, pilotos, directivas... y mujeres Triple M (mujer, madre y manager) que hayan resuelto, de verdad, el problema de la conciliación. Necesitamos más hombres que abanderen la batalla de la igualdad y defiendan, sin complejos, las medidas de corresponsabilidad. Los hay, me consta. Serán cada vez más los que nos ayuden a explicar que el feminismo hoy es más necesario que nunca. Y que NO es un machismo a la inversa: se trata solamente de la búsqueda social de una igualdad que nos llega con retraso. En toda Europa, de hecho, el movimiento feminista ha tenido un fuerte crecimiento en los últimos cinco años.

Dicen que cada siglo necesita su revolución. La del feminismo está resultando ser un proceso tan pacífico como imparable. ¿Será por fin éste el siglo de las mujeres?

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