Sarah Morris  Corresponsal británica en España

Poderoso don Dinero

El propietario del Chelsea Roman Abramovich y su hijo Arkadiy en 2014.
El propietario del Chelsea Roman Abramovich y su hijo Arkadiy en 2014.
Catherine Ivill/AMA/GTRES

"¿Por qué no he sabido antes sobre la presencia de oligarcas rusos en el Reino Unido?". Es una pregunta que se hacen muchos británicos tras leer y escuchar ahora las noticias sobre las sanciones anunciadas contra individuos como el propietario del club de fútbol Chelsea, Roman Abramovich. Recientemente, medios como la BBC y The Times están publicando investigaciones sobre esos multillonarios y su influencia en la sociedad británica, que existe desde hace por lo menos un par de décadas.

Abramovich, por ejemplo, compró el Chelsea en 2003. Este mes, el programa de investigaciones Panorama emitió un reportaje contando que una operación de corrupción en Rusia fue una de las fuentes de su patrimonio, acusaciones que Abramovich niega.

"Británicos hipócritas" habrás pensado quizás, dando la razón al entrenador del Liverpool Jurgen Klopp, quien contestó bruscamente a un periodista en Inglaterra que le preguntó por la situación en el Chelsea. “¿A ti te importó realmente?” le interpeló. “Cuando Roman Abramovich vino al Chelsea, ¿a alguien le importó?”

Marina Hyde, columnista de The Guardian, recordó que Abramovich ayudó a Rusia a conseguir el Mundial en 2018, un evento que contribuyó a vender una buena imagen de Putin. "Uno siempre tenía la potente sensación de que las autoridades relacionadas con el fútbol inglés hubieran permanecido del todo relajadas si el Chelsea hubiera empezado a enriquecer uranio o o a adquirir misiles balísticos de alcance medio", escribió. Pero no hay que echar toda la culpa al fútbol; Hyde argumenta que es un reflejo de la sociedad. "Fingir estar éticamente indignados dónde antes se hizo la vista gorda durante años es otra cosa que los ingleses hacemos muy, muy bien".

Es así. Y cuando los aficionados del Newcastle, la ciudad de mi padre, insultan a los de Chelsea por el propietario que tienen ignorando que el Newcastle fue comprado en octubre por un fondo saudí, uno se lleva las manos a la cabeza.

Pero hay otra razón por la que estos temas no se cuestionaban, cómo argumenta el periodista Oliver Bullough en The Times: “Nuestras leyes de calumnia son tan restrictivas y los abogados tan agresivos que pocos escritores están dispuestos a tratar el tema de los oligarcas por miedo a entrar en quiebra". 

Autor de Butler to the World, The book the oligarchs don’t want you to read - how Britain became the servant of tycoons, tax dodgers, kleptocrats and criminals, Bullough también lo explica de manera satírica en un vídeo tour por Londres:

Habitualmente, incluso antes de llegar a juicio, alguien que se defienda en un caso de calumnia puede tener que gastar al menos un millón de euros, una cifra prohibitiva para un freelance e incluso para muchos periódicos o editoriales. Una reforma de esta ley en 2013 eliminó poco de esta realidad legal que hizo que Londres se ganara el título de "capital de la calumnia".

Dos periodistas, Catherine Belton y Tom Burgis, contaron al Parlamento Británico la presión psicológica que supone tener que defenderse de acusaciones de calumnia en Londres. Hay que reformar unas leyes que benefician a las personas con mucho dinero y dañan al interés público, dicen. El libro de Catherine Belton Los hombres de Putin: Cómo el KGB se apoderó de Rusia y se enfrentó a occidente y de Burgis, Dinero sucio: El poder real de la cleptocracia en el mundo, han visto la luz, pero muchos reportajes y libros no lo consiguen por no contar con el apoyo necesario de editoriales y periódicos.

"El gobierno no va a tolerar a oligarcas rusos u otras élites corruptas abusando de los tribunales británicos para amordazar a los que arrojan luz sobre sus crímenes", dijo el ministro de Justicia, Dominique Raabs, hace diez días, prometiendo una reforma. Los periodistas británicos, incluyendo al Sindicato Nacional de Periodistas, vemos esa promesa con buenos ojos pero esperamos ver el detalle de un gobierno que ha reaccionado tarde.

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