Espido Freire  Escritora

Flores

Imagen de la retrospectiva de 'Georgia O'Keeffe' en el Museo Thyssen
Imagen de la retrospectiva de 'Georgia O'Keeffe' en el Museo Thyssen
EUROPA PRESS

Esta semana celebramos el Día Internacional de los Museos, que han sufrido de una manera extraordinaria durante el último año: queda por ver, palabras vacías y rasgado de vestiduras aparte, cómo sobrevivirán los meses próximos, con aforos mínimos, con pocas visitas escolares y un turismo a un goteo lento, más interesado por la libertad de horarios y hábitos que en una propuesta cultural. Las programaciones de todos ellos se han resentido; si los grandes museos más populares han sentido con dureza este impacto, los menores afrontan una crisis que puede ser letal.

Hay museos deliciosos dispersos por todas las ciudades, dedicados a temas muy diversos: Casas Museo, como la de Rosalía de Castro en Padrón; o singulares, como el precioso Casa Lis de Salamanca, el Museo Mariemma en Íscar, dedicado a la memoria de esa rompedora bailarina, el curioso Museo de Arte Naïf en Jaén, o el de la Energía en Ponferrada. El arte, desde luego, pero también folklore, o el legado de personajes y artistas, la ciencia, las identidades se preservan en estas instituciones de una enorme fragilidad, a menudo sustentadas por la pasión de unos herederos, la insistencia de una ciudad o el esfuerzo de muchos voluntarios. Hablamos, por lo tanto, de un tejido heterodoxo, muchas veces inadvertido, que brinda personalidad y diferencia a cada territorio, y que aunque suela despacharse con cuatro tópicos poseen unas características personalísimas.

"Hablamos de un tejido heterodoxo, muchas veces inadvertido, que brinda personalidad y diferencia a cada territorio"

Algunos han afrontado importantes reformas durante este periodo: ha sido el caso del Museo Naval, o el de Bellas Arte de Bilbao, que planea una obra firmada por Foster no exenta de polémica; pero en su mayoría temen recortes, dificultades para mantener su plantilla o conservar su patrimonio, y necesitan una modernización que les permita catalogar o preservar, que digitalice sus fondos, que les permita una competitividad imprescindible a la hora de mostrar qué hacen y qué conservan, como se ha demostrado durante el confinamiento, en el que el Museo del Prado, un titán en muchos sentidos, presentó visitas guiadas virtuales y directos extraordinarios antes de reabrir con Reencuentro e Invitadas, dos propuestas históricas.

Otros, como el Thyssen, han mostrado la fuerza de su departamento de Restauración; entre esos cuadros mimados se encontraba uno de los que muestran ahora en la exposición de Georgia O’Keeffe, una pionera que logró que brotaran flores a partir de líneas abstractas y que confirma la nueva sensibilidad de buena parte de los museos hacia la mayor presencia de artistas mujeres en salas que hasta ahora apenas albergaban nombres femeninos. Ahora que las colas han desaparecido, que podemos recorrerlos con espacio y distancia, el museo que nunca vimos, o que apenas recordamos de la visita escolar aguarda la misma apuesta que otros espacios de ocio. Son nuestros y para nosotros: sería una lástima que renunciáramos a ellos, que por desidia o pereza, perdiéramos otro tesoro en el abismo de la pandemia.

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