Iñaki Cano  Redactor Sportyou

Manolo Santana, la esperanza para los que éramos emigrantes

Iñaki Cano y Manolo Santana
Iñaki Cano y Manolo Santana
Iñaki Cano

En la pobreza de aquellos años sesenta, y además fuera de nuestro país, nadie sabíamos ni de tenis ni de tenistas. Recuerdo cómo mi padre metió en mi cerebro que, aunque estuviéramos lejos de la patria, nosotros éramos españoles y sobre todo éramos paisanos de Manuel Benítez ‘El Cordobés’, de Juanito Valderrama, del Real Madrid y desde julio de 1966, de Manolo Santana. No se discutía a esos héroes del toreo, del cante y del deporte en mi casa o en los jardines de la Suiza de 'un franco, 14 pesetas'.

En aquellos años sesenta, si acaso mi padre le permitía discutir con los otros emigrantes del Centro Español el trono de la tauromaquia con Santiago Martín ‘El Viti’ o con ‘El Cordobés’, pero jamás aceptó que hubiera alguien mejor que Valderrama con ‘El Emigrante’, el Real Madrid como el mejor en fútbol ni nadie era mejor que ese chaval vestido de blanco que, con sus dientes de marfil, Juanito Valderrama iba a hacer un rosario. Gracias a El Cordobés, El Viti, el Real Madrid, Juanito Valderrama y Santana jamás podrían olvidarse de esa España que tan lejos estaba y que ellos mejor que nadie representaban.

Mi padre no sabía ni lo que era la tierra batida, ni una red, ni una raqueta y menos aún lo que significaba ganar en Wimbledon a raquetazo limpio un torneo del Grand Slam. Imagínense a un albañil de Buenaventura (Toledo) en 1966 celebrando por las calles de Grenchen (Suiza) el éxito de la Copa de Europa del Madrid y en julio de ese mismo verano el triunfo de otro vestido de blanco en Inglaterra. Ahí es nada. Manolo Santana había ganado en Gran Bretaña a un americano de los Estados Unidos, Dennis Ralston, el torneo más importante del tenis.

Cierro los ojos y lo veo aún. En el salón de mi casa de Suiza no teníamos un cuadro de perros cazando a un gamo con un castillo al fondo. Teníamos la funda del disco de Belter con Juanito Valderrama y su sombrero cordobés ladeado sobre una carreta del Rocío. Junto al disco en la pared también había un pequeño capote con un poster de El Cordobés junto a El Viti y el cartel de la feria taurina de Sevilla de 1966 anunciando a Jaime Ostos, Curro Romero, El Cordobés, El Litri, Paco Camino, Chamaco Joaquín Bernadó, Zurito y Santiago Martín El Viti.

La decoración aumentó y cambió con un poster de la selección española de fútbol que iba a competir en el Mundial de Inglaterra con Iribar, Reina, Del Sol, Sanchis, Eladio, Amancio, Pirri, Gento, Adelardo, Suárez o Peiró entre otros. Ellos iban camino de ser los héroes de aquel verano del 66. En mayo, mi madre tuvo que hacerle hueco a un poster del Real Madrid con el Atomium de Bruselas de fondo porque habían ganado allí al Partizan de Belgrado otra Copa de Europa. Ya no había pared en el salón para más ídolos de mi padre hasta que el 2 de julio de 1966 por encima del capote y las banderillas cruzadas, entró Manolo Santana como el ‘Rey’ de la España emigrante que lloraba escuchando a Valderrama cantar el himno de aquello que habían tenido que marcharse de su España querida.

Ese mismo Manolo Santana al que en la Caja Mágica se le humedecieron los ojos cuando le contaba la historia de orgullo de mi padre en Suiza gracias a él. Ese mismo Manolo Santana al que este país no ha sabido aún darle las gracias por cómo puso en el mapamundi a España a base de dejadas, voleas y mates. El mismo Manolo Santana que hoy nos ha dejado demasiado pronto mucho antes de que le pudiéramos homenajear como se merecía. 

Ese Manolo Santana que además de un deportista ejemplar a imitar y que siempre estará entre esos héroes de la España en blanco y negro que nos hicieron crecer como deportistas y como país. Ellos pusieron las primeras piedras para que años, muchos años después pudiéramos decir “soy español y a qué quieres que te gane”. 

Descanse usted en paz, don Manuel. Aquí en la piel de toro quizás le pongamos su nombre a una avenida o a un gran parque donde las niñas y los niños que allí jueguen entre columpios quieran practicar aquel deporte que usted nos puso en los ojos y que le hizo a mi padre enorgullecerse de un jovenzuelo vestido de blanco con perlas de marfil en la boca que, de haberlo sabido antes Juanito Valderrama, el rosario lo hubiera hecho con aquellas cuentas del tenista de Madrid.

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