Alemanes en París

Manuel Mostaza Barrios  Politólogo y Director de Asuntos Públicos de ATREVIA
Un comercio abierto en fase 0,5
Acceso a un centro de salud durante la crisis sanitaria.
Jorge París 

Cuenta Daniel Kahneman que, tras la invasión alemana de Francia en 1940 y siendo él un niño, su familia no quiso huir y permanecieron viviendo en París. Judíos nacidos en Lituania, los Kahneman habían llegado a Francia veinte años antes, huyendo de la miseria y de la violencia que asoló Lituania durante la revolución rusa. Un país que, por cierto, contaba con una importante población judía: tanto es así que Vilna era conocida como la Jerusalén del norte. La decisión familiar se reveló desastrosa. Kahneman recuerda que, años después, su madre le contaba que se habían quedado en París solo porque su padre se había dejado engañar por sus recuerdos de la Gran Guerra. Si entonces los alemanes no llegaron a París, decía el padre de Kahneman a mediados de 1940, ahora tampoco llegarían. El cálculo resultó fatal: los alemanes llegaron a París en junio y la familia hubo de huir a la Francia profunda. Agotado y enfermo, el padre murió poco antes de la llegada de los aliados y no llegó a ver la derrota de los nazis.

Quizá por esos recuerdos de infancia, el estudio de esta distorsión de nuestro juicio a la hora de afrontar la realidad fue uno de los temas a los que Kahneman, en compañía de Amos Tversky, consagraría una vida profesional que le haría ganar el Premio Nobel de Economía en 2002. Ambos consagraron un término -heurística- para explicar cómo la gente toma decisiones muy a menudo basadas en aproximaciones "a ojo", y no aplicando estrictos análisis racionales, contrariamente a lo que hemos pensado durante décadas y, lo más sorprendente, respecto a lo que supone el relato público en nuestra sociedad. Somos seres tan emocionales como imperfectos; y entender esto es básico para comprender muchas de las malas decisiones que tomamos de manera habitual y que acaban yendo en contra de nuestros intereses. Algo así les ha pasado, por ejemplo, a muchos taxistas que no vendieron su licencia cuando empezó a bajar su precio porque “hace años pasó lo mismo y volvieron a subir”. Entender esto también nos es útil para entender por qué muchos países occidentales han dado -en general- una respuesta tan desastrosa durante los meses de enero y febrero, cuando ya se veía venir la crisis generada por el SARS-CoV-2.

"Somos seres tan emocionales como imperfectos; y entender esto es básico para comprender muchas de las malas decisiones que tomamos"

La humanidad se había enfrentado a otras gripes potencialmente letales en lo que va de siglo. Nada raro, por cierto, pues dos de cada tres enfermedades emergentes que se descubren son zoonosis, es decir, de las que saltan de los animales a los humanos: la causada por el SARS a principios de siglo o la conocida como Gripe Porcina en 2009. En ambos casos, las consecuencias apenas llegaron a Occidente, lo cual pudo generar en nuestras opiniones públicas y en nuestros gobiernos la sensación de que, al igual que los alemanes y París en 1914, esta vez el invasor tampoco llegaría a nuestro territorio. No es extraño, por lo tanto, que países muy cercanos al foco hayan sido los que mejor hayan reaccionado, como es el caso de Corea del Sur o de Taiwán. Para ellos la amenaza era real -la habían vivido en el pasado- y tanto sus élites como el conjunto de la población estaban alerta ante la posibilidad de que la epidemia degenerara en pandemia. Este enfoque a la hora de juzgar la realidad explica también por qué en España no se puso en marcha ninguna de las medidas que el propio Estado sabía que tendría que aplicar, tal y como recogen varios documentos oficiales, como la Estrategia de Seguridad Nacional, que reconocía en 2017 que somos un país vulnerable ante este tipo de situaciones precisamente por el número de visitantes que tenemos cada año.

Pero este sesgo prospera, además y en las democracias occidentales, en un ambiente propicio para amplificar sus errores. En nuestras sociedades solo comunicamos a corto plazo y, además, la prevención es muy cara y no tiene buena prensa en un mundo hiperconectado. Evitar que ocurran errores puede ser visto por la oposición, y por el ecosistema mediático, como un derroche precisamente porque al final no suele ocurrir nada. Imaginemos a un previsor ministro occidental gastándose diez millones de euros en respiradores y mascarillas a principios de febrero, en un momento en el que el mercado no se había disparado, y en el que ya había señales más que evidentes de que la enfermedad podía estar fuera de control. Imaginémonos las presiones de sus compañeros del gabinete (“esto generará alarmismo”, dirían sus colegas de Economía y de Turismo) y de la prensa ante el tamaño del gasto. Y ahora imaginemos que el virus es controlado y no llega a convertirse en una epidemia. El calvario judicial de nuestro previsor ministro ante el Tribunal de Cuentas duraría años y laminaría su prestigio personal y profesional, poco después, imagino, de verse obligado a dimitir por el “gasto inútil” realizado.

En fin, no acaban aquí nuestros problemas. Esta heurística parece estar presente en muchos de nuestros compatriotas a la hora de juzgar el riesgo a día de hoy. Algo así como “si ya no me he infectado, yo no caigo”, saliendo a la calle sin protección y viviendo como si el virus ya no estuviera ahí. Pero sigue ahí, invisible y sigiloso. Esperemos que ni a usted ni a mí, desocupado lector, nos resuene, en la cabeza y en medio de la fiebre y los estertores, el desolador verso de T.S. Eliot que Guillermo Altares recordaba el otro día, a vueltas con la pandemia de la gripe llamada española de 1918: “I will show you fear in a handful of dust": Te mostraré el miedo en un puñado de polvo. Ojalá. Ojalá que no.

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