La globalización de la necesidad

Grupos de ciudadanos hondureños que emigran a los Estados Unidos salen en caravana de la ciudad de San Pedro Sula (Honduras).
Grupos de ciudadanos hondureños que emigran a los Estados Unidos.
EFE

Estos días pasados partió de Honduras la décima caravana de personas desesperadas que caminarán kilómetros y kilómetros en un intento desesperado por llegar a la frontera de los Estados Unidos y cruzarla en busca de trabajo y mejores posibilidades de vida. Son muchos centenares los que ya han partido, mientras otros se siguen concentrando en la estación de autobuses de San Pedro Sula para incorporarse a ese flujo de personas dispuestas a desafiar todos los retos que el futuro les plantea, movidas por el impulso, comprensiblemente humano, de intentarlo.

No lo tienen fácil. Los Estados Unidos –que, como todos los países desarrollados, pone límites y controles a la emigración desde que Donald Trump expresa sus fobias a los emigrantes– es una meta entre vedada y utópica. Ya son muchos millares los que esperan en México esa oportunidad entre mil de cruzar. Pero México, que inicialmente les acogía solidariamente, tampoco les considera ya bienvenidos y les recuerda que allí no pueden quedarse. Bastantes centenares ya han sido deportados a sus lugares de origen. Es lo que ocurre también en Europa.

Las migraciones, que muchos consideran un problema para nuestro propio estatus, son un fenómeno social con infinidad de precedentes históricos y muchas muchas razones que las explican. El ser humano tiene la obligación de luchar por mejorar sus posibilidades de sobrevivir, y quienes no lo entienden son en buena medida los que paradójicamente más se empeñan en estimularlas con iniciativas como la globalización, que incrementa de manera imparable la desigualdad, y al mismo tiempo a bloquearlas sin contemplar otras formas de evitarlas, que no son otras que propiciar el crecimiento económico de sus países de origen.

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