Más País, pero menos representativo

David Vila  Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Zaragoza
Íñigo Errejón comparece tras las elecciones del 10N.
Íñigo Errejón comparece tras las elecciones del 10N.
Jorge París

Como los resultados electorales dependen del efecto combinado de no pocos factores, conviene elegir en cuáles centrar la atención. No sé tanto sobre procesos electorales como para determinar si es el principal, pero el de la verosimilitud de una candidatura tiene peso. Cada dimensión de la vida social se rige por su propio orden de verdad, esto es, por un conjunto de reglas que determinan qué enunciados son aptos y, por tanto, van a poder producir los efectos pretendidos en ese orden y qué otros son incorrectos. Aunque las elecciones parezcan un caos, producto de la invasión mercadotécnica y de la posverdad, creo que no es difícil distinguir qué hace que ciertas propuestas sean correctas o, como se suele decir, “funcionen”, y qué otras se quedan dando vueltas sobre sí mismas en mitad de la cocina, como una Roomba sofisticada pero desreferenciada.

En la candidatura de Errejón es posible identificar al menos dos vectores de inobservancia de estas reglas. En primer lugar, el mensaje de campaña era: somos una fuerza decisiva para desbloquear la situación y que haya un gobierno. No entro en la correspondencia de esta propuesta con la situación política de fondo que vive España, pero resulta claro que el mensaje de desbloqueo, de aclarar, en definitiva, el campo político, rechinaba con la introducción de una nueva fuerza política. Por un lado, el sentido común instalado es que la fragmentación del voto resta fuerza al bloque en el que se produce. En realidad, aunque esto no sea necesariamente así en todas las circunscripciones, el hecho de haberlo tenido que explicar tanto revela con elocuencia los problemas de la propuesta. En síntesis: para hacer más fácil el gobierno se introducía complejidad.

"El mensaje de hacer fácil y desbloquear la política se compadecía mal con el rastro de intrigas palaciegas que estaba en la génesis de la candidatura"

El otro ingrediente de ese mensaje de campaña era el anti-partidismo. Un mensaje bien templado al dirigirse contra las instituciones más desprestigiadas de nuestro imaginario pero con el inconveniente de que ese mensaje no se vehiculó a través de un movimiento ciudadano obligado a convertirse en partido por los límites institucionales de la movilización social. Esto sí “ha funcionado” con la candidatura de Teruel Existe pero, en nuestro supuesto, teníamos en cambio un mensaje anti-partidos encarnado en un partido compuesto con otros partidos cobrando vida en mitad del campo semántico más partidario posible: el de listas, coaliciones, fichajes, dimisiones, marcas, logos, papeletas y encuestas.

En cuanto a la otra línea de inobservancia de esas reglas, buscaría en el ámbito de la ética, no como un código necesario ni como un juicio sobre la candidatura, pero sí como un conjunto de valores convencionales que orientan nuestras relaciones y nuestra forma de estar en el mundo. Una forma de entender una propuesta política, como por ejemplo una candidatura o un programa electoral, es la de una propuesta de relacionarse y estar en el mundo estandarizada conforme a determinadas claves comunicativas y jurídicas, de manera que, si la desnudamos de esa forma, imprescindible para que la propuesta se considere aceptable, nos queda el contenido ético del mensaje. 

A este respecto, el mecanismo de la representación es fascinante porque traba todo tipo de conexiones entre el mensaje y quien lo encarna. El feminismo hace esto hoy de manera muy eficaz, tanto cuando se trata de portavozas individuales, como de una marea de mujeres en la calle. Por su parte, creo que este era el punto en el que cortocircuitaba la propuesta de Más País. Un mensaje correcto pero dislocado de su candidatura, de modo que la idea de que había que pasar por ese voto para efectuarlo no sintetizaba. El mensaje de hacer fácil y desbloquear la política se compadecía mal con el rastro de intrigas palaciegas que estaba en la génesis de la candidatura. Cuando se dice que nadie gana en las disputas internas de los partidos lo que se quiere decir es que ni siquiera la absolución mediática elimina esas trazas.

"Una cosa es que negociar y pactar sean conductas aceptadas y otra que la gente no tenga ambiciones y deseos más allá de 'tener un gobierno como sea'"

Un psicólogo moral como Jonathan Haidt sostiene que los partidos de izquierdas solo atienden a algunas de las múltiples terminales morales de las sociedades y que estos incluyen también cuestiones como la lealtad, las relaciones con la autoridad o la reciprocidad, al tiempo que señala que además estas no operan solo de manera reflexiva, sino principalmente intuitiva. Así la priorización de principios políticos reflexivos sobre el resto de valores, esa autonomía ilustrada que ha estado en la base de la candidatura y de la propia modernidad, tiene un alto riesgo de percibirse como una transgresión ética. Es lógico que esto sea difícil de percibir en el ecosistema de clases medias intra-M30 pero tiene su peso en una escala general. Por ejemplo en mi caso, educado en una cultura jurídica, he tardado años en comprender que la gente percibe las reclamaciones formales de sus derechos como una ofensa, aunque lo que se reclame sea perfectamente debido y ese sea el modo más eficiente de hacerlo efectivo y esto ocurre porque tensa sus concepciones éticas, es decir, le hace sentir incómoda. Con esta afirmación de ciertos principios políticos abstractos sobre cualquier otro valor creo que ocurre lo mismo. 

Es costumbre para cualquiera negociar su propia personalidad con la de familiares y comunidades y que en ello tengan un peso notable valores como la lealtad o la reciprocidad y no solo la abstracta libertad personal. Este sentido común, que sí hace verosímil el mensaje del desbloqueo y de la crítica a los partidos hace inverosímil su encarnación en Más País, sobre todo porque tal mensaje debía pasar (diferenciación obliga) por la crítica a PSOE y Unidas Podemos, lo que reiniciaba todas aquellas incomodidades. Por otro lado, que la dimensión ética sea muy relevante y que un enunciado de desbloqueo coincida con la perspectiva pragmática de la mayoría no implica que esto se concrete siempre bajo el imperio de valores conformistas. Una cosa es que negociar y pactar sean conductas aceptadas y otra que la gente no tenga ambiciones y deseos más allá de “tener un gobierno como sea”, bien nutridos además por la dinámica inherente a una campaña.

"Jonathan Haidt sostiene que los partidos de izquierdas solo atienden a algunas de las múltiples terminales morales de las sociedades"

Por supuesto, los resultados electorales son mucho más complejos que estas consideraciones, que acarrean además el enorme defecto de tener una prueba muy difícil y que, por supuesto, no se aporta aquí, pero sí es interesante extraer un par de hipótesis de la aventura de Más País. La primera es que el principal régimen de veridicción de una propuesta política es de carácter ético, de manera que por ejemplo el manido eslogan de “el partido que más se parece a su país” se concreta en activar una sincronía con sus valores morales predominantes. La segunda es que esos vericuetos de la razonabilidad ética son distintos de los culturalmente hegemónicos y, si queremos entrar en polémicas, diría que más democráticos. Mientras que los segundos corresponden a la cultura de profesionales liberales de grandes ciudades y se cocinan en la aprobación mediática, los primeros son plurales y con frecuencia contradictorios pero son, y en eso se diferencian las elecciones de una tertulia radiofónica, mayoritarios.

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