Mi mundo se derrumbaba. Estaba al borde de un gran precipicio, preparada para saltar al vacío. Decidí dar un giro radical a mi vida. Dejé mi trabajo, hice las maletas y cogí un tren con dirección a Almería. Alquilé una casita en un pequeño pueblo llamado San Miguel de Cabo de Gata.

Todo iba perfecto hasta que un buen día el frigorífico dejó de funcionar. Un pequeño incidente doméstico, pensé. ¿Cómo iba a imaginar que gracias a ese “frigo” viviría el verano más ardiente y pasional de toda mi vida?

Llamé al servicio técnico, y esa misma tarde un empleado vino a repararlo. Nunca nadie consiguió causarme tan mala impresión como aquel tipo. Era un muchacho bastante rudo, fuerte, muy varonil, con facciones muy marcadas, frío, cortante; me atrevería a decir que incluso maleducado.

Esos ojos se clavaron en lo más profundo de mi ser y un pequeño cosquilleo recorrió todo mi cuerpo"

Esa misma noche fui al bar del pueblo a tomarme una copa. Cual fue mi sorpresa cuando encontré al técnico sentado en la barra. Estuve tentada a irme inmediatamente, pero algo me detuvo. Pedí un ron-cola y me senté en la mesa más alejada del local. Me sentía observada. Giré la cabeza y cruzamos la mirada. Esos ojos se clavaron en lo más profundo de mi ser. Un pequeño cosquilleo recorrió todo mi cuerpo. Toda la frialdad que percibí en nuestro primer encuentro se transformó en una intensa sensación de calor.

A la mañana siguiente me desperté sobresaltada. ¡Esos ojos! No podía apartarlos de mi mente. Salté de la cama, cogí el teléfono y llamé de nuevo al servicio técnico. Pedí que me enviasen otra vez al técnico. Al cabo de un rato sonó el timbre. Abrí la puerta. Frente a mí tenía nuevamente esos ojos. Sin mediar palabra, atrajo mi cuerpo contra el suyo. Me apartó el cabello hacia un lado y comenzó a morder y besar mi cuello como si se le fuese la vida en ello. Me quitó la ropa deprisa, muy deprisa. Recorrió con su lengua todo mi cuerpo, despacio muy despacio. Se abalanzó sobre mí y sentí su miembro en mi interior. Volví a sentirme viva. Esos ojos me devolvieron las ganas de vivir.

Parecíamos dos fieras en celo. Pasamos todo el verano amándonos, entregándonos cada mañana, cada tarde y cada noche a este loco frenesí.