Carmelo Encinas Asesor editorial de '20minutos'
OPINIÓN

Aeropuertos inhóspitos

Colas en el aeropuerto de Barajas, en una imagen de archivo.
Colas en el aeropuerto de Barajas, en una imagen de archivo.
Europa Press
Colas en el aeropuerto de Barajas, en una imagen de archivo.

La huelga del personal de tierra de Iberia ha trastornado los planes de miles de ciudadanos que tenían previsto volar estos días por turismo o para visitar a sus familias. Los retrasos y el caos de maletas han amargado la existencia de los viajeros que tenían su billete en vuelos programados. Horas de espera y en muchos casos la pérdida de enlaces con otros vuelos han puesto una vez más a prueba la paciencia y capacidad de sufrimiento. El trastorno se une al que ya padecieron quienes planearon viajar en alguno de los casi 500 vuelos que la compañía suspendió y que hubieron de buscarse la vida en otras líneas aéreas o acoplarse en diferentes medios de transporte.

Un aeropuerto es como una cadena de producción en la que intervienen profesionales den muy distinto pelaje: pilotos, controladores, auxiliares de vuelo personal de tierra y seguridad, entre otros. Basta que flojee un solo eslabón de esa cadena para que se desate el caos que siempre terminan pagando los usuarios.

No voy a entrar en la eterna polémica sobre el ejercicio del derecho a la huelga en aquellos sectores donde se usa a la ciudadanía como vector de presión, el asunto requeriría más espacio del que dispone esta columna, pero sí poner de manifiesto hasta qué punto los aeropuertos se han convertido en un lugar inhóspito para los viajeros. En condiciones normales, sin que haya conflictos laborales ni adversidades atmosféricas, pisar un aeropuerto te convierte en un ciudadano de segunda al que se le exige mucho y no siempre con educación. 

Cualquiera puede entender que la seguridad es indispensable y que hay que acceder a los requerimientos de quienes realizan los controles pertinentes para que nadie nos dé un susto en vuelo, pero con todo el dineral que genera la actividad aeroportuaria tiene que haber fórmulas para que los pasajeros se sientan seres humanos y no cabezas de ganado.

Una vez pasados los controles, se abre un mundo de propuestas comerciales y de restauración luminoso y variado, aunque solo en apariencia. La tónica general de los aeropuertos es que los precios en los comercios son desorbitados y la gastronomía, nefasta. Se come mal y caro y hasta en las máquinas de vending el botellín de agua cuesta el cuádruple que en un supermercado de la calle. Resulta inevitable el sentirse como un objeto manifiestamente ordeñable mientras sale tu vuelo.

De las colas para acceder al embarque y la escasa información cuando hay retrasos mejor ni hablar, especialmente en alguna línea low cost donde maltratan literalmente al viajero con los enredos del equipaje.

Lo cierto es que la gente cada vez viaja más, cada vez vuela más, el negocio tanto en tierra como en el aire es enorme y cabría esperar algo más de interés por quienes lo gestionan en hacer la vida de los viajeros algo más confortable. En los últimos días ha salido a la luz pública el trabajo de un arquitecto español que parece estar triunfando con los nuevos diseños de aeropuertos, principalmente en Estados Unidos. Su nombre es Luis Vidal, ha diseñado las nuevas terminales de Boston, Pittsburgh y Dallas e incluso trabaja en el futuro aeropuerto espacial de Colorado, pensado para los viajes suborbitales. Él dice que los aeropuertos son las catedrales del siglo XXI, y algo de razón lleva porque son tantas las exigencias que plantean y tanto lo que hay que mejorar para hacerlos más amables que el reto es ciclópeo. Vidal cree que algún día habrá pasillos para detectar metales sin desnudar a nadie y que en la nueva generación de aeropuertos el pasajero recuperará su libertad. Y si es posible, que nos traten como personas.

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