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Óscar Genao, con inteligencia límite, tras haber vivido en la calle: "Lo pasé fatal, la gente se aprovechaba de mí"

Óscar Genao vivió una temporada en la calle marcada por el consumo de drogas.
Óscar Genao vivió una temporada en la calle marcada por el consumo de drogas.
Foto cedida por el Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos
Óscar Genao vivió una temporada en la calle marcada por el consumo de drogas.

“Estuve viviendo en la calle. Lo pasé fatal, muy muy muy mal. La gente se aprovechaba de mí. No recuerdo bien, pero tendría 21 o 22 años”, cuenta Óscar Genao. Tiene 27 años y una inteligencia límite. “Lo que tengo es problemas para aprender. Yo las sumas y restas soy malísimo. Y lo de que se me quede algo en la cabeza también”, explica.

Eduardo Guevara es el responsable de la Unidad de Discapacidad Intelectual Límite del Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos (Madrid), lugar desde donde atienden a 20minutos. Eduardo explica que haciendo un baremo de capacidad de aprendizaje de la población general, Óscar está un poco por debajo de la media.

“A mí por la droga me dio un brote psicótico o paranoia y no volví a casa, no quería volver. Por la droga pensaba que me querían hacer daño y a mi familia también. En la calle aprendí muchas cosas de la vida que debí aprenderlas suavemente y no bruscamente”, cuenta Óscar. Eduardo está a su lado y dice que lo que vivió fue muy impactante.

“Drogarme fue lo peor, cogí esa manía, como una rutina, no tenía otra cosa que hacer y me jodía la mente. No estaba tirado en la calle, tenía un sitio donde estar. Era en El Escorial, en una casa abandonada, no tenía ventanas ni puerta. Podía entrar cualquiera y hacerme daño. Había basura, mosquitos, moscas. Me acostumbré y no tenía miedo. En invierno sí tenía miedo de dormirme por si me encontraban duro…”.

El niño de antes

La madre de Óscar lo iba a ver con regularidad, siempre ha sido su apoyo, pero él no quería volver a casa. “Porque estaba drogado y no le hacía caso”, explica. “Al final fui por mi propio pie a casa y de ahí a un centro de salud mental, lo consiguió mi madre”. Allí se desintoxicó y una vez limpio pasó al Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos, donde lleva un año.

En este centro tratan de desarrollar las capacidades de cada persona fijando para cada uno un objetivo vital y trabajando sus posibilidades de participación social. “Cuando me limpié y llegué aquí me di cuenta de que en la vida hay cosas más importantes. La de ahora es gente buena que me aporta cosas buenas”, dice Óscar.

En el centro trabajan con personas con discapacidad intelectual y trastornos de conducta. “Suelen ser casos de problemas de convivencia con los padres y se trata de reeducar hábitos inadecuados”, explica Eduardo. “Cuando Óscar llegó aquí le costaba asumir límites, seguir indicaciones y tenía más problemas de convivencia, pero desde el principio ha habido por su parte una colaboración total. Es respetuoso, cercano y cariñoso, se nota que lo han querido mucho en casa y eso lo transmite”, dice Eduardo mientras los dos se miran y sonríen.

Con la meta puesta en garantizar la calidad de vida de las personas como Óscar, en el centro trabajan con varones mayores de 18 años en distintas áreas: comunicación y lenguaje, desarrollo cognitivo, informática, sexualidad, talleres de cerámica o manipulados, talleres de vivero o mantenimiento, alimentación, vestido, higiene, etc. También tienen un plan de apoyo conductual para eliminar o minimizar los problemas de conducta que provocaron el ingreso en el centro.

“Eduardo nos da charlas de cómo vivir la vida, ¿verdad Eduardo?”, le pregunta Óscar. Mientras que Eduardo asiente, Óscar sigue: “También a veces vemos películas y reflexionamos sobre ellas y hacemos kárate para aliviar el alma”. Para la “regulación emocional”, apunta Eduardo. “Eso”, confirma Óscar.

Óscar lleva casi un año en el centro de Ciempozuelos, donde su vida ha cambiado radicalmente.
Óscar lleva un año en el centro de Ciempozuelos, donde su vida ha cambiado radicalmente.
Foto cedida por el Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos

“Yo vivo en el centro y los fines de semana –uno sí y uno no– voy a casa. De lunes a viernes trabajo en una lavandería muy a gusto”, dice muy contento. “Es un centro especial de empleo –del propio Centro San Juan de Dios–. Trabajando me siento una persona y antes no”, dice Óscar.

“Mil veces mejor vivo aquí que en la calle. La alegría que tengo ahora… Me siento Óscar, el niño de antes. Aunque sea un hombre, me siento un niño”, dice Óscar. Eduardo le dice que mire hasta dónde puede llegar con los apoyos necesarios. Puede llegar a tener una vida muy normalizada. Óscar le dice que sí y me cuenta que a él su discapacidad intelectual no lo limita, que no se acuerda de ella hasta que se la recordamos. “Yo puedo trabajar, recoger la basura, tengo brazos y piernas fuertes para hacer muchas cosas”, defiende con orgullo.

Le gustan los fines de semana que va a ver a su familia. “Estoy con ellos, saco al perro, salgo a dar un paso con mi hermana, limpio el patio a mi madre, recojo la cocina. También salgo solo”. Le pregunto si no le da miedo salir solo. Se queda pensativo y me dice que sí, que antes le daba un poco de miedo. “A ver qué me espera, pensaba, pero tengo que echar para delante y tengo que ir practicando porque sé que luego habrá cosas que voy a tener que hacer solo. De momento quiero vivir aquí, en el San Juan de Dios, porque todavía no estoy preparado para irme. Luego ya se verá si voy con mi familia o a un piso”.

En el centro está encontrando una vida que incluye la vena artística. “Soy autor, entre comillas, estoy centrado en la música”, dice contento. “Escribo poesía de amor pero no para ponerme triste. La escribo y la canto. Canto rap, sé un poco y todo es ponerse. Cuando escribo me siento aliviado, como que me quito un peso de encima. A veces escribo cosas de mi vida y otras me las invento”.

Hace poco hubo en el centro una jornada sobre discapacidad intelectual y salud mental, y Óscar cantó para los asistentes. “Me aplaudieron”, dice sonriendo. “He hecho algo bueno, era la primera vez que canto delante de mucha gente”. A Eduardo le llama la atención su vena artística. “Tiene mucha energía dentro y la saca a través de la música”, explica.

“Lo peor son las drogas, mi peor enemigo. Ahora tengo trabajo, mi madre está contenta y bien de salud. Tengo amigos nuevos y tengo dinero para comprarme mis cosas, estoy yendo al gimnasio, los hobbies. Cosas de persona”, concluye Óscar.

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