Borja Terán Periodista
OPINIÓN

Detrás de la imagen del emocionado adiós de Ellen DeGeneres

La última imagen de Ellen DeGeneres despidiéndose de su show
La última imagen de Ellen DeGeneres despidiéndose de su show
The Ellen DeGeneres Show
La última imagen de Ellen DeGeneres despidiéndose de su show

Ellen DeGeneres ha dicho adiós a su ya legendario show. Y lo ha hecho cerrando el círculo con la misma maestría que cambió la tele diaria norteamericana hace dos décadas. Entonces, regresaba a la televisión tras la cancelación de su serie y unos años de retiro por la estigmatización de la homofobia. Incluso algunos directivos de la pantalla de la época aseguraban que DeGeneres no funcionaría presentando un magacín diario, pues la gran mayoría de mujeres no se iba a identificar con una lesbiana. La ignorancia y los prejuicios son atrevidos. 

Pero la comedia de Ellen DeGeneres desmontó estigmas. Y hasta cambió la tendencia del tono sensacionalista de sus programas predecesores, que eran aquellos espacios de testimonios con conversaciones que escarbaban en un sentimentalismo de usar y tirar. El show de DeGeneres demostró que la audiencia agradecía en la franja diurna un show con monólogo inicial y entrevistas de primer nivel, que nada tenía que envidiar a los late nights. Hasta Obama hizo escala durante su campaña electoral en The Ellen DeGeneres Show. Poco a poco, DeGeneres acabó con el reinado de la gran dama de la televisión norteamericana, su amiga Oprah Winfrey, experta en moverse por las arenas movedizas de la más morbosas entrevistas en las que no faltaban sus discursos como telepredicadora.

Mientras DeGeneres y su equipo apostaron por un show más llano: travieso, con mucha luz y sin aparentes púlpitos. Así lo visualizó en el primer programa. Cuando con sólo una imagen, la primera imagen, el show realizó toda una declaración de intenciones. La puerta del decorado se abrió y se vio sentada en un sofá a Ellen DeGeneres. Estaba mirando la tele. Estaba viendo comenzar su propio programa.

En ese instante, DeGeneres se giraba y se encontraba con que estaba en el plató. Como con cara de sorprendida acudía hacia el aplauso del público. Con lo puesto. Una camisa rosa, unos pantalones blancos. Sólo le faltaban las pantuflas de andar por casa. El espacio, con decorado con mucha madera, plasmaba este gag de arranque aquello que pretendía ser: un hogar compartido entre Ellen y su audiencia.

Esta semana, Ellen DeGeneres ha despedido su show. En los últimos meses, ha intentado mantener su chispeante sonrisa pero, paradójicamente, transmitía pena. El formato se va con una imagen deteriorada por noticias que surgieron y pretendían denunciar un mal ambiente de trabajo en el equipo. La propia Ellen, muy afectada, salió a pedir disculpas. De nuevo, vendía socialmente y daba muchos clics en medios adictos a la viralidad convertir a una mujer y lesbiana en una maligna de película. Aunque los argumentos esgrimidos contra ella por los que querían devaluar su trayectoria no dejaban de ser flojos dimes y diretes. Incluso fáciles de rebatir. Pero en tiempos de redes sociales no suele existir la oportunidad a rebatir. Lo morboso arrasa con los matices de la verdad. 

Pero el show de Ellen se ha ido con la misma inteligencia televisiva que objetivamente ha desprendido en toda su trayectoria. Ha sabido cerrar la trama con coherencia, determinación, creatividad y complicidad. Tras dar las gracias, DeGeneres volvió a ese mismo salón donde comenzó el programa. Se cerraba el círculo narrativo. Se sentó en el sofá, frente a la televisión que ya no es cuadrada, ahora es plana. Pero, antes, se giró para ver por última vez a su plató, su equipo y su público. Sin prisa, con sensibilidad. Echando la vista atrás, en definitiva. La realización del show marcaba bien este último plano. En televisión es clave despedirse mirando y hablando a los ojos de la audiencia. El último plano es decisivo, pues es el que quedará en el recuerdo.

La propia imagen también habla mucho entre líneas. Ellen ya no es la misma de hace 19 años. Ya no va con una camisa rosa casera, ahora viste un elegante traje negro y en su muñeca se visibiliza un reloj caro. Muy caro. No lo oculta cuando se da la vuelta en el sofá. Al contrario, lo muestra con seguridad. Es otro acto de complicidad. Cada detalle cuenta, cada detalle dice. En dos décadas se cambia, incluso en dos décadas de éxito uno puede despegarse de la calle, pero la emoción que brota de los ojos de Ellen sigue manteniendo esa vulnerabilidad de la primera vez. Aunque con el peso de despedirse de tanto vivido. Así, sin que nadie lo haga por ella, Ellen apagó su propio televisor intentando reencontrarse con esa ingenuidad del origen al que, en realidad, ya nunca podremos volver. 

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