Espido Freire  Escritora

Nacional IV

Dos tímidos galgos en la protectora madrileña ACUNR quieren saludar a los visitantes que se acercan, pero no se atreven por las malas experiencias pasadas.
Dos tímidos galgos en la protectora madrileña ACUNR.
EDUARDO G. CUASIMODO / Archivo

El camión que me precedía en la Nacional IV realizó unos virajes extraños, como si el conductor hubiera perdido el control del vehículo, o algo (gravilla, hielo) le hiciera perder adherencia. Entonces invadió el carril contrario y vi que evitaba como podía a un gran galgo negro que corría desesperado en nuestra dirección; ahora era yo quien maniobraba para no atropellar a un animal que no encontraba la salida hacia el arcén y que huía sin collar, ciego de miedo, entre los coches que no podíamos detenernos para ayudarle y que, impotentes, reducíamos la marcha para que el posterior entendiera que algo anormal ocurría.

Tierra de caza, un perro cazador. Qué hacía allí, por qué, cuánto tiempo duraría son preguntas sin respuesta y que solo encogen el alma. Llamé inmediatamente a una protectora, que me remitió al ayuntamiento más próximo. Denuncié la situación con la esperanza (el ser humano aún sorprende) de que pudieran sacarlo de allí: con la Ley de Protección Animal ya sobre la mesa (pero no publicada aún), ese galgo se encontraba en un limbo legal similar a la tierra de nadie de la Nacional IV.

Era uno de los setecientos animales que se abandonaron ese día, uno de los 300.000 al cabo del año. Cuestión de tiempo que nos encontremos con uno de ellos. Las cifras son cifras, la ley, tan cuestionada por cazadores y criadores, todavía un papel sin un sello: el galgo, con los ojos desorbitados, en mi retrovisor, era real, carne, hueso y horror. Uno más de los setecientos que cada día corren hacia la nada. 

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