ENTREVISTA | Jesús Cintora: "Vivimos en un país en el que uno tiene que ser de Ayuso o de Sánchez, impepinablemente"

El periodista Jesús Cintora, con su nuevo libro.
El periodista Jesús Cintora, con su nuevo libro.
Carlos Ruiz

El periodista Jesús Cintora (Ágreda, 1977) tiene nuevo libro: No quieren que lo sepas (Espasa), una obra "de denuncia", como la define en varias ocasiones durante su conversación con 20minutos el que fuera presentador de magazines políticos como Las mañanas de Cuatro o Las cosas claras. Actualmente fuera de la televisión, aunque con proyectos entre manos y "por supuesto" dispuesto a volver, Cintora analiza la politización de instituciones como la justicia o la Agencia Tributaria y también la "futbolización" de la política de la mano de algunos medios que, dice, buscan "aprobar y firmar el BOE" y no solo informar.

El título de su nuevo libro es No quieren que lo sepas. ¿Qué es lo que nos quieren ocultar, y quién?

El libro parte de la convicción de que hay asuntos delicados de nuestro día a día de los que no se habla o sobre los que se pasa de puntillas. A la gente le están llegando recibos de la luz que pueden suponer hasta cuatro veces más de lo que pagaban no hace tanto tiempo, y se habla muy poco de cómo se privatizaron energéticas que están alcanzando beneficios récord a través de mecanismos que hacen que ganen cada vez más dinero, y que fichan a expolíticos que incluso estuvieron en esos procesos de privatización.

En el libro también hace mucho hincapié en la politización de la justicia.

Tenemos un país que ha avanzado mucho en democracia, pero tiene que avanzar en lo troncal. La justicia sufre una politización que es inasumible. Tenemos un número de aforados récord y un reparto político de los altos cargos en la justicia. El Greco, el Grupo de Estados contra la Corrupción, nos lo acaba de decir hace nada. Y hay miedo a la hora de tratar algunos asuntos, o directamente autocensura. El emérito es un tema, por ejemplo, del que no se ha hablado durante mucho tiempo, prácticamente durante décadas. Era una especie de tabú, y eso en buena medida también le protegió para sus manejos corruptos fuera de España. En este país hay inspectores que estaban investigando asuntos muy delicados sobre el rey emérito y se les ha apartado o se les ha llevado a otras comunidades.

¿Cree usted que, con esa politización que denuncia, la justicia es independiente en España?

Tenemos una justicia para robagallinas. Lo digo en el libro y lo digo después de haber con jueces, fiscales y juristas. En este país hay una correa de transmisión entre la política, donde hay un reparto de altos cargos judiciales, y la justicia. Recientemente, en el reparto del Tribunal Constitucional en el que estuvo el Gobierno, con PSOE y Podemos, y estuvo el PP, entró un tipo de la tapa de la talla de Enrique Arnaldo, relacionado con casos de corrupción y que hablaba con corruptos de cómo controlar la justicia por detrás. Y hemos tenido magistrados en el Consejo General del Poder Judicial que tienen en su currículum la corrupción, que cobraban a acusados para no meterlos en la cárcel.

En su libro cuenta que la politización llega también a la Agencia Tributaria. ¿Existe impunidad entre algunos defraudadores?

En la Agencia Tributaria hay funcionarios que hacen su trabajo escrupulosamente, afortunadamente, pero también existen nombramientos de libre designación en organismos como la Oficina Nacional de Investigación del Fraude (ONIF), donde se toman decisiones muy importantes y donde también hay conexiones con el poder político de turno. Y esto lo cuento en el libro después de hablar con gente experta que trabaja en la Agencia Tributaria. En este país se ha llegado a decir, en un juicio por un miembro de la Familia Real, que Hacienda no somos todos. Y se ha llegado a ver al frente de organismos como la Agencia Tributaria a gente que luego ha acabado en investigaciones policiales o que venían de casos de corrupción como Gescartera.

En su libro, cuenta que "el Gobierno de Sánchez se mostró incómodo con algunos programas de televisión por tratar la escalada del precio de la luz". ¿Ha tenido usted alguna experiencia de ese tipo?

A ningún gobierno le gusta que pongas el dedo en la llaga sobre estas cosas que estoy contando, ni le gusta que pongas en el foco asuntos que generan malestar a la ciudadanía. Y ahora mismo mucha gente está sufriendo por el encarecimiento del coste de la vida. Pero el papel del periodista es contarlo, y por eso digo en el libro que, a veces, el mero hecho de contarlo puede parecer hasta revolucionario. Yo creo firmemente en un periodismo y en una sociedad con un sentido crítico, porque creo que es la base para que mejoremos. Soy de los que cree que sin empuje no se avanza, pero esas presiones existen, es evidente.

Pero, ¿cómo funcionan esas presiones?

En la vida hay de todo, bueno o malo y regular, y eso también pasa en el periodismo y en los medios. Creo firmemente en la pluralidad de medios, y ojalá existiera también en las televisiones la pluralidad que hay en los digitales. Pero claro que existen conexiones, porque a fin de cuentas hay una relación con los poderes económicos que participan en los grandes grupos mediáticos, que invierten importantes sumas de dinero en campañas publicitarias, o que dependen a veces de las licencias de radio o de televisión que conceden los gobiernos. Eso se explica en el libro. Esto ocurre, además, en una situación de recorte de ingresos para muchos medios que les hace más vulnerables. Y la precarización de los profesionales, que temen perder su puesto de trabajo, provoca también la autocensura.

En el libro cuenta que algunos partidos le han querido imponer tertulianos y que usted no se lo ha permitido. ¿Con qué fin intentan los partidos hacer algo así?

El funcionamiento de una mesa de tertulianos es variopinto, y la empresa para la que trabajas tiene una línea editorial o unos intereses y decide. Yo siempre he sido consciente de que tengo una dirección que está por encima de mí. Pero sí, es cierto [que eso ha ocurrido]. En el libro cuento cómo mi vocación ha sido siempre dar presencia a caras no tan habituales, y pongo el ejemplo de cómo en 2013, si yo me hubiera dejado llevar por las quejas que hubo de algunos partidos políticos, en la primera mesa de Las Mañanas de Cuatro no hubiera estado ni Pedro Sánchez, que es ahora presidente del Gobierno. Porque no estaba entre los favoritos de aquella dirección [del PSOE] y les hubiera gustado que estuviera otro.

Critica también lo que llama la "futbolización" de la política. ¿A qué se refiere?

Hablo de esa polarización ridícula que lleva a que uno vea en la repetición que su equipo ha metido un gol de penalti injusto y se niegue a reconocer que el penalti no existía. Esto ha ocurrido con la política. Vivimos en un país en el que uno tiene que ser de Ayuso o de Sánchez, impepinablemente. Y la pandemia ha sido un buen ejemplo de este fenómeno. Se llevó a la ciudadanía a una simplificación, a hablar de si la culpa era de uno o de otro, cuando lo fundamental es analizar lo ocurrido y arreglarlo, porque hubo auténticos parásitos que se aprovecharon de las desgracias de la gente para hacer negocio. Estos comisionistas, que probablemente no han dado un palo al agua en su vida, son buitres que se aprovechan de la situación en un momento en el cual había ancianos en residencias que no recibieron asistencia médica.

¿Se ha teatralizado la política?

A veces sí se intenta hacer de la política una simple polarización, un circo, una teatralización de ver quién dice la mayor parida para aparecer en un medio. Y lo que se necesita, por encima de todo, es gestión, más que circo. Hay que superar la llamada 'política del relato', porque la gente necesita hechos y hay mucha gente que lo está pasando mal en este país.

¿Y los medios tenemos parte de la culpa de eso?

Un político no puede ser sólo un tertuliano. Un político tiene que tener capacidad de gestión, aunque también tiene que estar en los medios para explicar su proyecto y sus medidas. Pero es mucho más importante que esas medidas efectivamente se lleven a cabo. Lo que no puede hacer un medio es intentar aprobar y firmar el BOE: un programa político tiene que ser una ventana para que haya participación ciudadana y para que un político pueda expresarse. Yo no creo en quien, además de presentar un programa, luego intenta hacer política por detrás. Yo solo hago programas de televisión y radio.

Y, sin embargo, a usted se le señaló desde la cúpula de RTVE porque entendían que Las cosas claras, su programa, era "infoentretenimiento". ¿Le pareció justo?

Yo simplemente digo que hicimos un programa que nos encargó la televisión pública, que tuvo muy buena audiencia, que le gustaba al público y que tenía una tendencia positiva. Es un programa que fue riguroso, hecho por gente que teníamos experiencia en hacer programas de televisión. Eso es lo que tengo que decir. Yo defiendo el periodismo veraz, riguroso, también ameno, y el mejor respaldo del programa es que el público lo veía cada vez más. No me gusta responder a nadie personalmente: nosotros cumplimos un encargo con un resultado muy solvente.

Como titula usted el último capitulo de su libro: ¿Qué vida lleva? ¿Cuáles son sus proyectos?

Yo creo firmemente en la cultura del esfuerzo, en la gente que trabaja, en los que estudian. Es un homenaje, entre otros, a mi abuelo, que fue peón de albañil y se tuvo que ir a Francia después de la guerra para ganar un poco de pan, o a las calamidades pasadas por mi madre. Soy consciente de que me han dado hasta gente que ni me conoce ni se ha molestado en la vida en mirar lo que he estudiado o he trabajado, pero eso lo pongo en valor. Estoy ahora con el libro, me parece una buena ocasión de leerlo y de estar al tanto de lo que se cuece y no nos cuentan. Y, por supuesto, estoy preparado para volver y tengo ideas, proyectos y voluntad de trabajar, trabajar y trabajar. Yo la vida la concibo como como ese maratón en el cual puede haber contratiempos o gente que te da codazos, pero en el que siempre hay que tirar hacia adelante.

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