'Catfish' o cuando tu pareja virtual no existe: "No hubo fin económico ni sexual, ojalá, al menos habría una explicación"

El "catfish" es un tipo de engaño realizado mediante el uso de perfiles falsos de redes sociales a través de internet.
El 'catfishing' es un tipo de engaño realizado mediante el uso de perfiles falsos de redes sociales a través de internet.
Henar de Pedro

Una llamada a las 10 de la noche. Era la hermana del hombre al que había conocido por Facebook hace cinco meses y se había convertido en su pareja. Por fin iban a conocerse en persona en Nueva York, donde él trabajaba como fotógrafo, pero su hermana le comunicó, mientras lloraba, que acababa de sufrir un infarto y estaba en el hospital.

Colgar el teléfono, un "ataque de ansiedad" y una venda que se cae de los ojos. "Estaba con mi amiga delante y, entonces, de repente, no sé cómo, se me cayó todo, empecé a pensar: 'Hostia, esto no cuadra, es que no cuadra'", recuerda, cinco años después, Verónica -nombre ficticio-.

"Miré a mi amiga y le dije: 'Quiero que sea verdad que le ha dado un infarto, porque como sea mentira, mi realidad ahora mismo es como si viviera en Matrix, ya no es real nada'". Verónica acababa de descubrir que había sido víctima de catfishing, la persona con la que llevaba cinco meses construyendo una relación a distancia era un perfil falso de Facebook. Simplemente, no existía.

En 2010, un documental autobiográfico protagonizado por el fotógrafo estadounidense Nev Schulman, titulado Catfish -una especie de pez llamada bagre en castellano- puso nombre a un fenómeno que estaba empezando a nacer. La explosión de las redes sociales y la normalización de las relaciones virtuales abría la puerta a las suplantaciones de identidad y a los engaños mediante los perfiles falsos.

Algunos casos sonados, como el del jugador de voleibol italiano Roberto Cazzaniga, tenían una finalidad económica. La víctima llegó a transferir 700.000 euros a la que él pensaba que era su pareja, una mujer de 47 años que mantuvo un perfil falso durante 15 años con fotos de la modelo Alessandra Ambrosio. Otros casos, como el del propio Schulman, no esconden una estafa y sus motivaciones son mucho más complejas.

El primer contacto

Para Verónica, que ahora tiene 42 años, todo comenzó cuando un usuario de Facebook llamado Xavier empezó a compartir y comentar sus publicaciones. "Yo le pinché un día y empecé a ver que teníamos en común como 200 amigos, que eran todo el círculo de teatro alternativo de Madrid", relata Verónica, que es actriz de teatro. "Amigas mías eran amigas de él y hablaban con él, por eso, en un principio, yo no sospeché porque en su perfil solo hubiera una foto, igual era una persona a la que no le apetecía poner fotos y compartía más que nada cosas del teatro".

Era un momento vital complicado para ella. Acababa de regresar de vivir un tiempo en el extranjero, estaba buscando casa "desesperadamente" y padecía insomnio. "Lo que necesitaba era alguien que me dijera: 'Qué bien escribes, qué bien actúas, me parece maravilloso lo que haces'".

Xavier, que decía ser un fotógrafo mallorquín afincado en Nueva York, le daba eso y una conversación interesante que se fue haciendo, poco a poco, una rutina diaria.

Verónica conoció a Xavier, supuestamente un fotógrafo mallorquín que vivía en Nueva York, a través de Facebook.
 
  

Sara -nombre también ficticio- conoció a su particular catfish de forma muy parecida cuando tenía 33 años. En su caso, más reciente, fue a través de Instagram. Ella de A Coruña, él, la persona detrás de una cuenta con tan solo una fotografía, decía ser de Madrid, llamarse Jorge y trabajar en una asociación que ayuda a niños en exclusión social a través de la música.

"Me reaccionó a la primera historia, yo no le di mayor importancia, luego me volvió a reaccionar a otra, tampoco, y al final me reaccionó a una que me llamó la atención porque era una foto que yo subí y él me puso: 'Es un ejemplo claro de resiliencia'", declara Sara. "Esa palabra en mi entorno no era algo habitual, vamos, que la mitad de mis amigos no saben qué significa y esto me llamó la atención".

La conversación se volvió fluida y, no sin reticencias por parte de él, hubo intercambio de números. "Empezamos a hablar por Telegram y todo normal hasta que yo le mando un audio y otro y él, a mí, nunca me manda un audio. Pero yo tengo más amigos que no les gusta mandar audios, a todo esto le doy importancia ahora, en ese momento no".

Tampoco era para ella una buena situación personal. Una de sus mejores amigas tenía un cáncer terminal y la mayor parte de sus energías se dirigían a acompañarla durante las tardes y los fines de semana.

Sara estaba pasando por una difícil situación personal cuando un chico que decía llamarse Jorge la contactó por Instagram.
 
 

Víctima y perpetrador

El catfishing es un fenómeno aún muy poco estudiado por la psicología, por lo que resulta casi imposible establecer un perfil más habitual de las víctimas de este engaño. Más aún cuando, los pocos estudios científicos realizados hasta la fecha arrojan datos contradictorios.

"Hay personas que pueden tener cierta vulnerabilidad según el momento de su vida, si es un momento frágil donde en alguien encuentras ese cobijo, lógicamente, puedes caer más fácilmente, pero nunca olvidemos que, al final, está todo en la persona que lo hace, que está informando sobre cómo conectar contigo", explica Laura Baliña, psicóloga sanitaria en Center Psicología Clínica.

No existe un perfil claro sobre las posibles víctimas del catfish, más allá de una serie de características comunes detectadas en los pocos estudios que existen.
 
 

Algo más definidas están las características psicológicas de los perpetradores de catfishing. "Tiende a haber personas con rasgos narcisistas y antisociales, con mucha necesidad de que otros les admiren, les valoren o les refuercen y con una actitud prepotente", explica Baliña. "Sin embargo, toda esta capa suele enmascarar otra más insegura de la persona y puede encajar en una personalidad antisocial, en la medida que no tienen en cuenta los derechos de los otros".

Pero más allá del perfil, ¿qué lleva a alguien a hacerse pasar por otro y mantener una red cada vez más enrevesada de engaños durante meses sin solución de continuidad? Daniel Escandell es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y autor del libro Mi avatar no me comprende, en el que analizó distintos modelos de lo que llama "habitar otros cuerpos" a través de la red.

"(Un catfish) es ese tipo de persona que se queda atrapada en el personaje que no es, pero que, hasta cierto punto, necesita ser", declara Escandell. "En muchos casos, no empiezan por un deseo de engañar, ni de estafa, ni ninguna intención esencialmente maligna, sino de creerse la fantasía de ser otras personas y, quizás, tener un rato de felicidad".

Los catfish tienen características antisociales y llevan a cabo el engaño como vía de escape o exploración de otras facetas de su personalidad.
 
 

La relación

Durante varios meses, Verónica y Sara vivieron en una nube. La persona detrás del perfil que contactó con la actriz, el supuesto fotógrafo residente en Nueva York, le dijo abiertamente que quería ser su pareja. Nunca se habían visto, ni siquiera había oído su voz, pero la conexión entre ambos en las conversación de Whatsapp había sido tan real, que ella le dijo que sí.

"Yo estaba enamorada no, lo siguiente. Me acuerdo de quedar con mis amigas, contarles y que me dijeran que era la historia más bonita del universo que les hacía creer en el amor. Era como, haber encontrado a la persona con la que realmente tenía que estar porque era sensible, sabía qué tenía que decirme y cómo apoyarme en cada momento", declara Verónica. "En el momento en el que le conocí empecé a escribir más, a hacer fotos, a escribir mi primera obra de teatro, potenció toda mi creatividad".

"Era como, haber encontrado a la persona con la que realmente tenía que estar porque era sensible, sabía qué tenía que decirme y cómo apoyarme en cada momento"

Su amante virtual llegó a enviarle fotografías supuestamente de su autoría para una reunión de artistas destinada a recaudar fondos para los campamentos de refugiados saharauis. Para evitar que gastase dinero en imprimir, él encargó a su hermana, residente en Mallorca, que las imprimiera y las enviara por correo postal. Isabel recibió una llamada telefónica de la hermana para confirmar que las había recibido.

Sara, por su parte, empezó a intercambiar mensajes a diario con el chico madrileño que trabajaba con niños en exclusión social, Jorge. Él le mandó fotos de sus compañeros de trabajo y le habló de su compañero de piso, un amigo de la infancia.

"Yo le contaba mi vida y él me contaba la suya, congeniamos súper bien. Claro que era porque él se había estudiado mi perfil, pero, ilusa de mí, pensaba que era un chico maravilloso y estupendo. Era como una persona hecha a la carta para mi, todo lo que yo buscaba en una persona lo tenía".

"Era como una persona hecha a la carta para mi, todo lo que yo buscaba en una persona lo tenía"

Su apoyo, admite, le ayudó en un proceso muy complicado de su vida. Él aseguraba estar también en un momento personal difícil, con crisis de ansiedad y con una perspectiva laboral muy poco clara a causa de la pandemia. "A veces, le daban crisis de ansiedad y estábamos hasta las cinco de la mañana hablando. Hablábamos de irnos juntos de vacaciones, él me decía que me quería, que era la persona más importante de su vida, que solo yo le calmaba".

La sospecha

Un día, Sara, tuvo un problema médico. "Me agobié, le llamé, y el teléfono estaba apagado. Luego no me devolvió la llamada. Me dijo que estaba trabajando, y cuando trabaja siempre pone el teléfono en modo avión". Sus amigos empezaron a hacerle notar que la situación era un poco extraña. Ella dejó de hablar de Jorge.

"Él solo me mandó alguna foto, pero no la típica foto, la típica tontería en el espejo del ascensor, eso no, eran fotos que se veían que estaban como muy cuidadas. Me decía que esas fotos eran así porque tenía un amigo fotógrafo y que estaban hechas con una cámara buena", recuerda. "Ahora, contado, suena muy ridículo, pero te juro que en el momento era muy creíble".

Las incoherencias, finalmente, empezaron a ser evidentes incluso para ella. "Llega un momento que no quiere hablar conmigo por teléfono, no quedamos, no escucho su voz, las fotos que me manda… A ver, soy tonta, pero hasta cierto punto", declara Sara. Sin embargo, su catfish recuperó la mano con un nuevo movimiento: aseguró que le habían diagnosticado trastorno límite de la personalidad (TLP).

"Empezó a decir que no quería relacionarse con nadie, que no hablaba con sus amigos, que estar en casa era lo único que le calmaba, empezó a manipularme psicológicamente para que yo, en ningún momento, le dejase de hablar", describe Sara. "Él se relacionaba conmigo a través de la pena, y como a mi me daba pena le decía que no se preocupara que no pasaba nada".

"Él se relacionaba conmigo a través de la pena, y como a mi me daba pena le decía que no se preocupara que no pasaba nada"

A Verónica, el fotógrafo que respondía al nombre de Xavier sí le mandaba fotos por Whatsapp en las que se le veía haciendo actividades cotidianas. Incluso, el día de San Valentín, le envió flores a su trabajo. Una vez más, fue la hermana quien le llamó para confirmar que habían llegado. Siempre, eso sí, había excusas para no hacer videollamadas.

"Un día, le dije: 'Necesito oír tu voz, no puede ser que estemos aquí de fotos, sin habernos escuchado", recuerda la actriz. "Entonces me mandó un audio y el audio estaba distorsionado, sonaba raro, pero se le entendía. Me dijo que se le acababa de caer el móvil y que grababa mal. Sinceramente, creo que yo no quería ver".

"Sinceramente, creo que yo no quería ver"

El encuentro

Daban igual las sospechas, las incoherencias, el hecho de estar manteniendo una relación virtual con alguien a quién nunca había ni escuchado hablar con su voz, ella, que había dejado otras relaciones antes por ser a distancia. Estaba enamorada y estaba dispuesta a cruzar el Atlántico para perseguir una quimera.

"Le dije: 'Mira voy a ir a Nueva York a visitarte'. Ahí ya no tenía más salidas y me dijo: ‘Bueno, venga, vale, vamos a planear que vengas'", recuerda Verónica.

Él se ocupaba de todo. De comprar los billetes y de solicitar el visado. Solo necesitaba sus datos. Unos días antes del viaje, Xavier llegó a publicar en su cuenta de Facebook una foto de un hombre sentado en un banco con una sola palabra como título: "Waiting…".

Post publicado en la cuenta de Facebook de Xavier unos días antes del viaje previsto de Verónica a Nueva York para conocerle.
 
 

La historia de Sara no fue nunca tan idílica o, al menos, no es ese el aspecto que más subraya en su testimonio. El detonante que también le hizo decidirse a romper la baraja e ir desde A Coruña a Madrid a conocer en persona al chico con el que llevaba casi un año de relación virtual fue la muerte de su amiga a causa del cáncer.

"Su último mes de vida fue horrible, yo lo pasé fatal, se quiso morir en casa y fue algo muy intenso. Se muere y ya veo que ni me llama, ni viene ni nada", recuerda, aún con cierta indignación. "Ya dije, bueno, a ver, estoy un poco hasta aquí. Si puedes ir a trabajar y tal si mi amiga se muere después de todo lo que te estoy contando mínimo una llamada tienes que hacérmela. Entonces, ahí, es cuando le pongo un poco contra las cuerdas y él empieza a recular y dice que está muy mal, muy agobiado, todo está yendo a peor, que estar tan pendiente del teléfono le agobia".

Sus conversaciones se redujeron drásticamente y ella temió que pudiera llegar a suicidarse. "Le digo a una de mis amigas que me voy a Madrid, porque yo no podía más, o avanzamos o avanzamos. Me voy a Madrid porque el chaval está fatal, porque esto así no puede seguir, por lo menos voy a hablar con sus amigos o con alguien para que le ayuden, porque él poco más que me decía que se iba a suicidar".

"Le digo a una de mis amigas que me voy a Madrid, porque yo no podía más, o avanzamos o avanzamos".

La verdad para Sara

Sara emprendió su viaje a Madrid sin avisar a Jorge, aún convencida de que la persona con la que llevaba meses hablando era real. Todo empezó a desmontarse muy pronto. Su plan era llegar al pueblo de la periferia madrileña en el que, supuestamente, Jorge estaba trabajando en un campamento de verano para darle una sorpresa. Al llegar, no encontró a Jorge. Tampoco había ni rastro del campamento.

Decidió entonces escribirle y la respuesta fue aún más desconcertante. "Él le dio la vuelta, me dijo: '¿Cómo se te ocurre venir a mi trabajo? Yo trabajo con menores y me puedes meter en un problema'. Hizo que me sintiera mal por haber ido".

Llegó a Madrid, donde se quedó en casa de un amigo. Fue él el que le instó a ir al piso de Jorge, ya que conocía la dirección. Al llegar allí, todo encajaba. El edificio y el entorno se correspondían con las fotos que Jorge le había mandado alguna vez. Llaman al telefonillo. No hay respuesta. Dos chicas y un chico llegan al portal, abren, Sara y su amigo entran detrás.

"Ellos se quedaron en el buzón haciendo no sé qué, nosotros subimos al tercero, llamamos a la puerta y nadie abrió. Estos chicos empiezan a subir y van al tercero, nos ven delante de su puerta, iban a meter la llave para entrar y no nos dicen nada", relata Sara. Empieza entonces una conversación con toques surrealistas.

Ninguno de ellos conocía a ningún Jorge, pero respondían a los nombres de los supuestos compañeros de trabajo de los que Jorge le había hablado a Sara, aunque no eran los de las fotos que le había mostrado. Eran empleados de la asociación en la que Jorge decía trabajar, pero allí no trabajaba ningún Jorge. Ninguno de los tres reconocía a la persona de las fotos que Jorge le había enviado como propias.

"Me fui en shock. Imagínate, yo iba a allí a ver al amor de mi vida", declara Sara.

"Me fui en shock. Imagínate, yo iba a allí a ver al amor de mi vida"

Poco después, Jorge escribió. Estaba a la defensiva, echándole en cara que se hubiera presentado en la que decía que seguía siendo su casa. Dijo que sus compañeros de piso (de los que nunca antes había hablado) habían actuado así porque él les había advertido de su llegada. Nada encajaba. Sara volvió a Galicia y reconoce que con cierto sentimiento de culpabilidad.

Las conversaciones siguieron de forma intermitente durante unos días, pero las mentiras eran tan evidentes que no se sostenían. Fue el propio Jorge el que decidió acabar con ello. Se despidió de Sara, le deseó suerte, le bloqueó de redes sociales y borró la conversación común de Telegram. Nunca más ha vuelto a saber de él. Aún no sabe a ciencia cierta quién estuvo detrás del perfil falso durante todos esos meses.

"Yo creo que la persona que usurpó la identidad del chico de las fotos es uno de los dos chicos, o el chico o la chica que yo vi en esa casa. Mi terapeuta me dice que, lo más probable, es que sea la chica porque nunca mandó ningún audio de voz y por ciertos detalles de las conversaciones. Yo no lo sé. Obviamente, el chico de las fotos no existe, pero la vida que me contó sí que es de alguien".

La verdad para Verónica

Una semana antes de su viaje a Nueva York, Verónica recibió la llamada de la supuesta hermana de Xavier anunciando el infarto. Todas las incoherencias se cruzaron de pronto en su mente y el castillo de naipes que su catfish había construido durante meses se vino abajo en una noche.

Habló con otro de los contactos en común que tenía con Xavier en Facebook. Solo sirvió para confirmarle lo que ya sabía: Xavier no existía. Era un perfil falso que llevaba años hablando con personas vinculadas al teatro alternativo de Madrid. Por algún motivo, ella había sido la elegida para ser su pareja y, ahora, el personaje debía morir.

Por la mañana, una nueva llamada de la hermana. Entre lágrimas, le informa de que Xavier está mucho peor. "Le dije: 'Ya sé que es mentira, por favor te pido que no me castigues más, déjame en paz'". Iba de camino a la comisaría a poner una denuncia. No había delito en su relato, solo sirvió para que quedara constancia de que había entregado sus datos personales a un extraño en el caso de que alguien los empleara en el futuro.

"Le dije: 'Ya sé que es mentira, por favor te pido que no me castigues más, déjame en paz'"

Su catfish, a pesar de todo, quiso cerrar su obra. A lo pocos días, una amiga de Verónica le mandó una foto. Una esquela de Xavier en el Periódico de Mallorca: "Muerto en Nueva York a los 43 años. No se celebrará funeral de acuerdo a sus creencias. Has llegado a tu Ítaca, hijo".

Ella sí descubrió la identidad de la persona detrás de Xavier. Otro amigo en común que había mantenido una relación virtual con Xavier decidió investigar. La persona detrás de la cuenta de Facebook era la supuesta hermana. Una mujer de 60 años que trabaja como galerista de arte en Palma de Mallorca.

Esquela de Xavier, publicada en El Diario de Mallorca en enero de 2017, una semana después de su supuesta muerte.
Esquela de Xavier, publicada en El Diario de Mallorca en enero de 2017, una semana después de su supuesta muerte.
 

Sanar del engaño

¿Cómo se supera algo así? No es una muerte, no es una ruptura, pero es ambas cosas.

"Yo lo gestiono como si fuera una persona de verdad, que realmente lo es porque esta persona existe y yo he hablado con alguien que me ha estado apoyando durante un año en un proceso de mi vida que para mí fue muy complicado", explica Sara. "Fue como una ruptura, como si hubiera roto con una pareja de verdad, aunque no lo hubiera visto en mi vida. Es un poco surrealista, pero…".

"Fue como una ruptura, como si hubiera roto con una pareja de verdad, aunque no lo hubiera visto en mi vida. Es un poco surrealista, pero…".

La pregunta sin respuesta es siempre "por qué". ¿Por qué invertir tantas energías y saltarse tantas barreras éticas, manipular a una persona durante meses, sabiendo que, tarde o temprano, todo se vendrá abajo? En cierto modo, para la psicóloga Laura Baliña, el perpetrador también es aquí una víctima.

"No deja de ser un engaño, pero no siempre se hace con esa intención de hacer daño como puede ser una estafa, sino que se hace desde un plano más de necesidades personales, nunca jamás justificándolo", explica Baliña. "Hay personas que tienen dificultad de conectar con la gente o cuyas habilidades sociales no son buenas, entonces, en el mundo real, consideran que les resulta difícil y que tienen dificultades para aceptarse tanto físicamente como con su personalidad y utilizan otra personalidad totalmente ficticia".

Para Sara, todo es más reciente. No quiere saber nada de tener pareja. No vuelve a mantener una conversación virtual con alguien que no conoce en persona si no recibe audios de voz muy pronto. "Entenderlo no, no lo entiendo, me encantaría que me diese una explicación. No hubo ni un fin económico ni sexual ni nada, ojalá, porque al menos así le vería una explicación. Pero odio no siento, me da pena, tengo rabia por eso, pero creo que ahora lo he superado".

Verónica ha podido rehacer plenamente su vida, aunque admite que es mucho más desconfiada en las relaciones virtuales. Ahora está casada. Conoció a su pareja en un bar.

"En un principio, sentía mucha rabia porque te sientes engañada, mucha rabia, mucho dolor, mucha frustración por querer entender por qué lo ha hecho, por qué a mí, por qué yo", declara ahora, cinco años después. "Pero ahora siento que no tengo ningún rencor con ella. Si ahora mismo fuera un día a Mallorca y me pasara por la galería no sé si le diría algo, no tengo nada que decirle. Ya se lo dije en su momento: 'Deja de hacerme daño'". 

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