Perfil | Ángel Gabilondo, el candidato de las ideas y la moderación frente al ruido

Ilustración de Ángel Gabilondo.
Ilustración de Ángel Gabilondo.
Eulogia Merle

Mucho se ha hablado en los últimos meses del 'efecto Illa', la exitosa operación que convirtió al ministro en candidato y que, con una campaña moderada y sin estridencias, llevó al PSC a ganar unas elecciones al Parlament de Cataluña por primera vez en casi veinte años. Pero, si hay alguien que representa al pacificador que triunfa en medio de la confrontación, ese es Ángel Gabilondo.

Gabilondo (San Sebastián, 1949) no es un candidato como los demás. En sus discursos acostumbra a hablar de compromiso, democracia, valores e ideas. De los seis que concurren a las madrileñas del 4-M, el único que se presenta por tercera vez y el único que ha ganado unas elecciones. Tampoco es un político al uso: seguramente es el único que, en vez de tuitear entre acto y acto, ocupa su escaso tiempo libre con autores clásicos o poesía. Ese es el estilo Gabilondo.

Antes que Illa, Gabilondo ya venció en las urnas –en las madrileñas de 2019– con una receta basada en el diálogo, la mano tendida y las buenas formas, y que rehúye la crispación y los ataques personales. Cuatro años antes, en 2015, aceptó ser candidato tras la repentina destitución de Tomás Gómez, y mejoró los resultados del PSOE pese a la irrupción en la Asamblea de Podemos y Ciudadanos.

Esas mismas formas serenas son las que ha aplicado en la oposición, incluso en los peores momentos de la pandemia, cuando algunos socialistas se preguntaban si no era necesaria una oposición más contundente al PP. Él optó por una actitud constructiva y se mantuvo abierto a alcanzar acuerdos con Ayuso, aunque la presidenta no recogió el guante. En ocasiones, ni siquiera respondió a sus cartas. Gabilondo no entendió esos desplantes, pero tampoco cambió su proceder. “Es un hombre de convicciones”, dicen en su entorno.

Esas mismas convicciones son las que aplicó durante su etapa como ministro de Educación de Zapatero (2009-2011). Algunos de sus familiares –su hermano Iñaki y sus hijos– le advirtieron de que entrar en política era meterse en la boca del lobo, pero él se entregó a la causa e intentó alcanzar un acuerdo educativo con el PP. Estuvo a punto de lograrlo, pero su interlocutora, María Dolores de Cospedal, le dejó plantado a última hora. El intento, en cualquier caso, le valió el respeto del PSOE –él no tiene carné del partido– y de sus adversarios.

Tras esa primera experiencia en política, Gabilondo aprendió a sobreponerse a las decepciones y los contratiempos. El último, un adelanto electoral que pilló a contrapié a la candidatura socialista. Sin embargo, aceptó el reto tan pronto como supo que la moción de censura a Ayuso no prosperaría y que la cita con las urnas era ineludible. “Esta es una campaña sobrevenida y nos está exigiendo un esfuerzo extra. Tenemos unas ‘agendas locas’, pero él está fuerte y con sus convicciones intactas”, asegura uno de sus colaboradores.

Como Salvador Illa, es licenciado en Filosofía y Letras –con un expediente brillante– y también catedrático de metafísica. Es un tipo madrugador, que intenta hacer algo de ejercicio al amanecer –aunque su alergia primaveral se lo impide en las últimas semanas– y envía mensajes desde primera hora de la mañana. Después comienzan los actos y las reuniones, que a veces se alargan hasta bien entrada la noche.

La campaña le está robando tiempo para una de sus pasiones, la lectura, y para la mayor de sus alegrías en los últimos tiempos, su primer nieto, que nació a finales de enero, el día 26, que es también su número favorito. De hecho, esa cifra le ha perseguido a lo largo de toda su vida y suele utilizarla para recordar claves. En su equipo dicen que ser abuelo le ha dado un “extra de ilusión” y que le ven con más ganas que nunca de gobernar y cambiar las cosas.

En ese intento, Gabilondo se presenta como un tipo “serio, soso y formal”, porque “uno no puede aparentar lo que no es”, según sus propias palabras. En medio del ruido, confía en que los madrileños aprecien su temple y su moderación. No promete una revolución, sólo un Madrid con menos decibelios y mejor gestión. Si los resultados se lo permiten, quiere armar una mayoría transversal, alejada de los extremismos y con grandes pactos. Un Gobierno excepcional para superar un momento excepcional.

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