Hospital en el Congo
Quirófano del hospital del doctor Mukwege. (HERNÁN ZIN). HERNÁN ZIN

"Seis soldados entraron a nuestra casa. A mi tío le cortaron los brazos y lo pusieron sobre un tronco como si estuviera crucificado. A mis hermanos los dejaron ir. Y a mí me llevaron con ellos", comienza su relato Jeanne Mukuninwa, que acaba de cumplir 20 años.

Sólo uno de ellos tenía misericordia de mí y a veces me daba de comer un poco de harina

Durante un mes permaneció como esclava sexual de las milicias hutus del
FDLR, en la provincia de congoleña de Shabunda. "Me dejaban tirada fuera de la choza, a la intemperie, atada de pies y manos. Me violaban todos los días. Sólo uno de ellos tenía misericordia de mí y a veces me daba de comer un poco de harina de casava", continúa.

Cuando se cansaron de ella, la arrastraron hasta un camino cercano. Pero antes de liberarla, se enseñaron con su cuerpo en una tortura que practican de forma habitual a las mujeres violadas: introducirles objetos punzantes, desde cuchillos y machetes hasta palos afilados, en la vagina. Una manera de destruir la capacidad reproductiva, la base, de las poblaciones locales que intentan aterrorizar.

Curar las heridas

El daño que le provocaron es el responsable de que lleve tres años en el hospital de Panzi, situado a cientos de kilómetros de su casa, y en cuyas inmediaciones subsiste gracias los cigarrillos que vende a los transeúntes, sentada sobre la tierra roja.

Cada día recibimos diez nuevos casos de mujeres que han pasado por el mismo infierno

Hasta el momento le han realizado cinco operaciones para tratar de reconstruirle los órganos genitales. "Cada día recibimos diez nuevos casos de mujeres que han pasado por el mismo infierno que Jeanne", explica el doctor Dennis Mukwege, director del equipo de cirujanos. "Los que hacen esto no son seres humanos, son depredadores".

Comenzó a descubrir los primeros actos de violencia sexual en 1999, durante la Segunda Guerra del Congo. Al año siguiente vio cómo el número de víctimas se multiplicaba, superando el centenar. Un patrón se repetía en cada una de ellas. "No eran sólo violaciones, sino actos barbáricos", afirma.

Entonces se puso manos a la obra. En Bukavu creó el primer centro especializado para atender a las mujeres cuyos cuerpos se han convertido en el campo de batalla de las milicias en el Congo, entre las que se cuentan no sólo los hutus del FDRL, sino también los tutsis de Laurent Nkunda, los grupos locales Mai Mai y el propio ejército regular del país.

La atención del mundo

Reconocido a nivel internacional por su labor, el doctor Mukwege trabaja de manera infatigable. Duerme apenas cuatro horas al día. Y cuando no está en el quirófano se encuentra luchando en otro plano, en el de la sensibilización: a través de conferencias, artículos y entrevistas busca que la comunidad internacional se mueva para poner fin a la violencia en el Congo.

Mientras realizamos la entrevista, una joven entra al hospital. El rostro compungido por el dolor, por el miedo. Se llama Thérèse. Tiene doce años. El soldado que la violó la dejó embarazada.