Laura Freixas: "Las madres somos humanas, no divinas"

  • La escritora catalana se abre en canal en 'A mí no me iba a pasar: una autobiografía con perspectiva de género'.
  • "Si queremos igualdad, los hombres tienen que darle más valor a las relaciones personales", explica la autora.
  • "La maternidad se aborda en los libros de forma abstracta, pero falta tratarla como vivencia", defiende.
  • Laura Freixas: "Ya es hora de hacer una crítica ética y política del arte.
La escritora Laura Freixas publica 'A mí no me iba a pasar', un libro autobiográfico con perspectiva de género.
La escritora Laura Freixas publica 'A mí no me iba a pasar', un libro autobiográfico con perspectiva de género.
JORGE PARÍS

"Me convertí en una maruja de lujo". Así se autodefine la escritora y crítica literaria Laura Freixas (1958, Barcelona), en A mí no me iba a pasar: una autobiografía con perspectiva de género (Ediciones B), que sigue la línea de su anterior trabajo autobiográfico, Adolescencia en Barcelona hacia 1970 (Ediciones Destino, 2007). En su nuevo libro, la catalana deposita todos sus pensamientos –buenos y no tan buenos– y contradicciones, tras sumergirse en un proceso de reconciliación con su pasado: "El patriarcado te atrapa como una telaraña".

A mí no me iba a pasar... pero le pasó: escribe una confesión personal que refleja una situación común entre todas mujeres de nuestra sociedad. ¿Cómo vivió reconocer que se había fallado a sí misma?

Lo viví como un reto intelectual después de una mala época, del mal trago personal y la sensación de fracaso pasé al orgullo y liberación. Para entender qué me sucedió y por qué, entré en un proceso de reflexión y de lectura feminista, que me ayudaron a entender cosas como la trampa del dinero, que me daba muchas ventajas, excepto la fundamental: la autonomía.

Me costó dar con argumentos para contestar a mi marido, cuando me decía que era una privilegiada por tener mucho tiempo libre para escribir y que no podía quejarme. También reflexioné sobre el problema de la disponibilidad. Lo comparo con el trabajo de los bomberos, que no están 40 horas por semana apagando incendios, pero sí pasan todo el tiempo disponibles ya que, si hace falta, deben dejarlo todo. Yo trabajaba en casa durante mis ratos libres y no tenía disponibilidad. En cambio, mi marido siempre estaba para su trabajo.

Dice que el patriarcado nos mantiene en una situación de comodidad.

El patriarcado nos da muchas ventajas a las mujeres pero, a cambio, pagamos un precio muy alto. Por un lado nos coacciona y, por otro, nos seduce. Nos da la ventaja de la irresponsabilidad, vivir a la sombra de alguien, ser una niña eterna: pasar de ser la niña de tus padres a serlo con tu marido. Aunque esta es una visión de clase alta, la que yo experimenté.

Menciona a iconos feministas como Sylvia Plath y Virginia Woolf, ¿le inspiró alguno de sus trabajos?

Los diarios de Sylvia Plath (Diarios completos, 1982), porque son una autoexploración autobiográfica muy lúcida, inteligente y dura. Están escritos con la autenticidad de quien piensa que eso no se va a publicar nunca. En ese momento, la autora no era conocida y aún no había publicado nada.

¿Hay alguna experiencia que le costó especialmente recordar?

Cuando acepté que mis padres me pagaran 50.000 pesetas a cambio de no trabajar y hacerles compañía, eso me avergonzó mucho. También reconocer que tuve un amante cuando siempre me había indignado que los hombres se comportaran de esta manera, pero las mujeres no. Vamos, reconocer mis contradicciones.

En la editorial donde trabajaba se invocaba "el coño de Sofía Loren", pero nunca "la polla de Marlon Brando", ¿pasa lo mismo en la actualidad dentro de este sector?

Son bromas que se siguen haciendo en cualquier ámbito donde el poder lo tienen los hombres. Uno de los mecanismos para mantener su dominio es a través de bromas agresivas hacia los excluidos, para mantenerlos en su lugar: te toleran, pero no te incluyen en el grupo.

A punto de abandonar su trabajo, en su camino hacia la maternidad, admite: "Había intentado ser un hombre como los demás, pero había fallado".

Es una forma de decir que el modelo de trabajador, ciudadano o artista que la sociedad propone es, supuestamente, neutro. Pero, en realidad, es masculino, ya que da por supuesto que esa persona tiene a una mujer en casa ocupándose de todo lo demás, creando hogar. Las mujeres no tenemos a nadie que haga eso por nosotras, resulta incompatible. De alguna manera, cuanto te quedas embarazada y eres madre, esta situación te excluye y eso es algo que notas.

En el libro reconoce sentirse culpable, pero, ¿se culpabiliza la mujer demasiado por cosas que no dependen tanto de ella, sino del sistema?

Sí, tenemos que librarnos de la culpa, nosotras y ellos. Es más importante entender cómo funciona el patriarcado, que sentirnos culpables. Yo he estado enfadada con mis padres por lo de las pesetas, pero ahora ya no. En aquel entonces, ellos transmitían de manera inocente el mandato patriarcal a las mujeres, por ejemplo, dando prioridad a la familia. Se contradecían, porque querían que yo estudiara o me sacara una carrera pero, al mismo tiempo, buscaban que les diera nietos.

Es mucho más importante analizar que atribuir culpas. Darse cuenta es liberador: se trata de una situación en la que nos encontramos todos y todas y de la que no somos conscientes, porque el patriarcado está muy arraigado.

Explica con detalle cómo vivió su embarazo, ¿qué piensa de la gestación subrogada?

Me parece una instrumentalización, cosificación y mercantilización de las mujeres absolutamente incompatible con los derechos humanos. Quienes defienden la gestación subrogada altruista ven a las madres como unos seres sobrehumanos. Su imagen de la maternidad es la de la Virgen María. Las madres somos humanas, no divinas. También ven la maternidad como un proceso maquinal: indoloro, sin emociones, que no te cambia: tú prestas tu vientre, se hincha, tienes a un niño, lo entregas... y eso en realidad es un terremoto.

La maternidad no se entiende porque no se trata lo suficiente en la cultura. Por eso se piensa que hay mujeres dispuestas a quedarse embarazadas y donar al niño... y eso es como creer en los unicornios. En el libro lo menciono muy de paso, era algo que terminaba de aparecer, una cosa muy exótica. Es importante que debatamos sobre la maternidad, que ya se está empezando a hacer, pero poco.

¿Hay algún tema sobre la maternidad que no se trata lo suficiente en los libros?

No se habla de la maternidad como vivencia. Se aborda de una forma abstracta y falta entenderla como un proceso humano. Están saliendo algunos libros, son pocos pero valiosos. Yo los colecciono, son una docena: el de Nuria Labari, Silvia Nanclares, Jane Lazarre o Paula Bonet, que habla del aborto. Si, cada año, 200.000 españolas paren y 100.000 abortan, ¿por qué no se trata esto en la literatura?

Cuenta que usted ha crecido en una familia de clase alta. La escritora Marta Sanz dijo en una entrevista: "Tenemos que abordar las desigualdades de género desde las desigualdades de clase".

Tenemos que tratar la desigualdad de género sabiendo que hay denominadores comunes. Por ejemplo, la prostitución es un problema transversal desde el punto de vista de cómo nos afecta a las mujeres que no nos prostituimos. A todas nos afecta el hecho de que exista, porque afecta a cómo nos ven y nos tratan. Afortunadamente, algunas de nosotras nunca nos vamos a ver en la tesitura de prostituirnos, pero otras lo ven una opción para salir adelante. Es decir, parte de la discriminación es universal y varía de una clase a otra.

¿Qué opina sobre el feminismo liberal?

Tal y como lo enuncia Ciudadanos, es la oferta por parte de las mujeres privilegiadas de hacer un trato los hombres. Ellas dicen: "Dejadnos compartir algunos de vuestros privilegios y, a cambio, cerramos los ojos sobre opresiones que afectan a otras mujeres. Dejadnos estar en el consejo de administración y no diremos nada de las mujeres racializadas que se van a quedar en casa cuidando de nuestros hijos y, además, no nos opondremos a la instrumentalización de mujeres pobres como gestantes subrogadas. En resumen, es un supuesto feminismo que no se solidariza con las mujeres oprimidas por razón de sexo, clase social, raza u origen geográfico.

Un día escucha unas palabras que le afectan bastante: "Mi mujer tiene una gran capacidad para ser feliz", y entonces se vuelca en contentar a su marido para mejorar la relación, mientras descuida su propia felicidad.

En la distribución de roles, las mujeres se especializan en crear familia y en generar felicidad para todos; mientras que los hombres se centran en ganar dinero, obtener poder y en predicar la lucha por la vida. Esta situación sigue existiendo, lo he descubierto gracias a un ensayo que me ha influido mucho, La fantasía de la individualidad, de Almudena Hernando.

Si queremos igualdad, los hombres tienen que asumir su parte, que no es cambiar dos pañales de cada cuatro: deben darle más valor a las relaciones personales, reconocer el valor y la necesidad de los cuidados. Y eso que en ese rol hay mucha felicidad, y yo tampoco lo sabía. No veo como un castigo que haya que repartir la carga de los afectos y de las relaciones. En parte, son una carga, pero también algo maravilloso. Lo injusto es que nos toque de oficio a nosotras y que eso nos condene a la dependencia económica de un marido.

Antes pensaba que la distribución de roles era que ellos tenían el trabajo remunerado y ellas asumían el trabajo doméstico no pagado. Y creía que esa segunda parte se podía resolver con dinero, delegándolo. Pero luego vi que hay cosas que no se pueden delegar, como la responsabilidad por tus hijos, el ir a las reuniones de padres, buscar una psicóloga para tu hijo o consolar a tu bebé cuando llora. Eso no se puede resolver con 16 semanas de baja, dura muchísimos años y no se puede pasar a una guardería o a alguien a quien pagues.

¿Cuán importante es que el feminismo se reinvente?

Porque el patriarcado se reinventa constantemente. Es algo que he vivido en la historia de mi generación, que crecimos con unas leyes franquistas absolutamente indignantes. Por ejemplo, en un matrimonio, si la mujer se acostaba –aunque fuera solo una vez– con un hombre sin que su marido se enterase, legalmente y por decisión de este –era lo que se llamaba delitos privados– podía hacer que fuera a la cárcel hasta seis años. ¿Te imaginas? Solo por un polvo con otro hombre. Y,  además, como era un delito privado, el hombre podía quitarle la pena. En cambio, si el marido se acostaba con otra, no pasaba nada. Solo en caso de escándalo público, si tenía una querida le podían poner una multa.

Yo he crecido con estas leyes y echaba humo. Para frenar esta situación, las mujeres de mi generación pensábamos que bastaba con cambiar la legislación, no veíamos más allá: solo queríamos que se cambiaran –y se cambiaron, a partir del 78–. Esto fue un avance, pero después tuvimos que reinventar nuestro feminismo, porque en unas condiciones de igualdad legal como las que tenemos ahora, sin embargo, el patriarcado persiste, pero en otras formas.

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