Bake Off
Gus Hernández recibe la valoración del jurado por su plato, en un simulacro de 'Bake Off', programa de Cuatro. CUATRO

Ver a concursantes pasarlas canutas, estresados, nerviosos, superados... es lo habitual (y para los que tenemos un punto sádico) uno de los alicientes de los programas de cocina en los que se compite por completar un plato en un corto espacio de tiempo.

El que suscribe ya había estado viendo en directo cómo se graban estos programas, así que tenía una idea bastante cercana de cuán duro es ser concursante en estas competiciones televisivas, que bien podrían emplearse como prueba médica para descartar la propensión al infarto. O para provocarlos.

Pero, ¿cómo sería vivirlo? Cuatro estrena hoy a las 22.45 h el formato internacional Bake Off, en el que 12 aficionados a la repostería compiten por hacer el mejor postre, supervisados y juzgados por Betina Montagne, Dani Álvarez y Miquel Guarro y apoyados moralmente por Jesús Vázquez, que ejerce como presentador del espacio. Es un formato trepidante y con buen pedigrí: en el canal británico Channel 4 fue el programa más visto de la televisión de Reino Unido en 2015 y 2016.

Cuatro invitó a un selecto (aún no sé por qué me llamaron) grupo de periodistas para que jugara por un día a ser concursante del programa. La cosa comenzó en el más absoluto secreto. Los afortunados invitados no sabíamos ni qué prueba haríamos, ni qué receta, ni en cuanto tiempo. Antes de la competición hubo muchas especulaciones. La mayoría íbamos con la idea de tener que hacer un cupcake, la forma cara de llamar una magdalena hipercalórica, de las que te suben el azúcar y el ánimo.

Pero no fue así. Temprano un autobús nos traslada a la antigua fábrica de harinas de Torremocha del Jarama, un precioso complejo ahora dedicado a los eventos privados. Allí ha instalado Bake Off su plató, una amplia carpa de grandes ventanales en medio de un bucólico jardín.

El programa celebró su gran final el día antes, así que las cocinas donde se ha desarrollado el concurso están tal cual: vitrocerámicas, horno, lavabo y utensilios varios. Nada más llegar nos recibe un cátering con repostería fina, probablemente para hundirnos las esperanzas de hacer algo decente en comparación.

Bake off España, producido por Cuatro en colaboración con Boxfish, es una adaptación española de The Great British Bake Off. El espacio, estrenado por la BBC británica, se ha llevado tres premios Bafta, un premio Rose d'Or y tres National Television Awards.

"¡No podéis mirar aún!". Ser curioso (que no cotilla) es una de las virtudes de todo buen periodista, así que la organización nos tiene que pedir que no miremos las mesas, los ingredientes y las recetas que nos esperan encima de cada mostrador.

Nos presentan a los miembros del jurado, todas personalidades de referencia en el mundo de la repostería: Betina Montagne, que es un terremoto alegre y dicharachero. Adora enseñar repostería y reírse. ¿Cómo no quererla? Eso sí, pienso que seria debe dar 'miedete'.

Dani Álvarez, de carácter afable y aspecto hipster impecable, tiene los tatuajes que de no ser un cagado yo me habría hecho y disfruta enseñando trucos mientras sonríe comprensivo.

Y Miquel Guarro, el más serio y joven de los tres, es un maestro de los chocolates y nos da instrucciones y consejos previos cual profesor. Si me llega a dar una colleja, habría sido como revivir el colegio.

Por fin conocemos nuestro reto: hacer una tartaleta con compota de frutos rojos y chocolate. Tendremos una hora. Me pasa como con los exámenes cuando no los llevaba preparados: quiero que empiece ya para pasar rápido el mal trago.

No nos jugamos nada, no nos eliminarán, nadie verá nuestros postres perpetrados, y sin embargo siento nervios y un inesperado afán de competir contra los demás. Nos asignan mesas de cocina y comenzamos.

Nos han preparado todos los ingredientes ya medidos y nos han dado un papel con la receta. Lo primero que hago es pensar por qué me han dado una receta escrita en arameo antiguo. Al parecer, descubro poco después, está escrita en español, pero no entiendo nada. Si los alemanes de la II Guerra Mundial lo hubieran conocido, habrían cifrados sus comunicaciones con lenguaje técnico repostero. ¿Pectina, azúcar invertido? Lo único que entiendo es la palabra chocolate. 

Me repongo y trato de seguir los pasos que poco antes nos han explicado los miembros de jurado, que van pasando por las mesas dando consejos como el que pastorea una bandada de pollos sin cabeza. Es una simple tartaleta rellena y aún así tiene muchos pasos y elaboraciones. Y un orden determinado. Y unas temperaturas y cantidades exactas. Hay que hornear, confitar, elaborar el chocolate, montarlo... El caos no congenia con la repostería.

Sigo la receta como puedo, miro alrededor, esperando ver que mis compañeros no lo hacen mejor para no sentirme el más torpe. Dani Álvarez se acerca y me ve peleando con unos arándanos, tratando de decorar mi tartaleta. "Pásalos por azúcar y así brillarán como si tuvieran cristalitos", me dice. Sólo por eso le amo. ¡No tenemos paletas! Betina llega presta y reparte a todo el mundo.

No tenemos reloj. Pregunto cuánto queda. Lo pregunto a los cinco minutos. Lo pregunto a los diez minutos. Evito volver a preguntarlo para no ser agredido por la organización, que estaría en su derecho. Me entra el agobio.

Pienso en los concursantes de Bake Off. Hacen esto durante semanas todos los días. Varias veces al día, pueden estar cerca de 12 horas de grabación, nos cuentan. Y elaboraciones complicadas de verdad, sin facilidades. Debería poner un póster suyo a modo de motivación en mi redacción.

En contraposición a la histeria veo que voy bien de tiempo, la tartaleta está casi acabada y me vengo arriba. Perpetro una flor con una rodaja de kiwi apuñalada y una mora. No es la cosa de la que más orgulloso me siento, pero al final el resultado general no me parece del todo malo. Por lo menos no me avergüenza.

Llega el momento de exponer los platos al jurado y me tiemblan las canillas. La mayoría de mis compañeros van pasando antes que yo y el jurado les pone peros y les hace halagos por igual. Intentan poner cara seria y ser duros, pero se les nota la penita que sienten por ese hatajo de novatos que les han llevado para cocinar.

Es mi turno. Llevo agua a la mesa del jurado, además de mi plato, con la única finalidad no oculta de hacer la pelota. Lo miran, lo prueban. Intento hacer chistes al respecto con el ánimo manifiesto de distraerles en la cata. No son demasiado duros: eso sí, me advierten de que los cacahuetes picados de decoración que he puesto, mejor tostados y no al natural. Evito explicar que los he puesto porque me los he encontrado en un bote (no sé si de decoración) que había por el plató.

Fin de la prueba y de la cita. Siento un enorme alivio unido al bajón de cuando la adrenalina baja. Dos conclusiones: La primera es que concursar en Bake Off es muy, muy complicado y a la capacidad de cocinar hay que añadirle una fuerza de voluntad digna de héroes. La segunda, que me apetece ver Bake Off.