Enrico Baj, Roberto Crippa, Gianni Dova, Erro, Jean-Jacques Lebel, Antonio Recalcati. Grand tableau antifasciste collectif, 1960
Enrico Baj, Roberto Crippa, Gianni Dova, Erro, Jean-Jacques Lebel, Antonio Recalcati. Grand tableau antifasciste collectif, 1960. Óleo sobre lienzo. Fonds de dotation Jean Jacques Lebel. CORTESÍA MUSEO REINA SOFÍA

"El genio francés necesita a los extranjeros para funcionar". Esta frase, pronunciada en 1945 por el crítico Michel Florisoone, define con gran acierto la esencia de una ciudad, París, ligada eternamente a la creación artística que -especialmente en el siglo pasado- recibió con los brazos abiertos a cientos de artistas procedentes de todo el mundo.

Su espíritu cosmopolita y esa amalgama de creatividad provocaron el caldo de cultivo perfecto para romper con las estéticas conservadores y dar pie a las vanguardias. La llamada Escuela de París provocaría en el periodo de entreguerras el esplendor del posimpresionismo, el expresionismo, el surrealismo o el cubismo. Hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial y con ella el auge del fascismo y la ocupación de Francia, dando lugar a la huida de muchos de estos creadores al otro lado del Atlántico.

Y aunque aquí empieza otra historia muchas veces olvidada o relegada a un segundo plano en los libros de Arte, lo cierto es que París siguió viva, luchando por mantener ese título de capital del arte que había ostentado hasta entonces y recibiendo con los brazos abiertos a una nueva oleada de artistas.

A ese momento concreto está dedicada la nueva exposición que el Reina Sofía acaba de presentar en sociedad: París pese a todo. Artistas extranjeros 1944-1968, que se sumerge de lleno en la compleja escena artística que resurgió tras la guerra.

La exposición reúne más de 200 obras -muchas de ellas nunca vistas hasta ahora- de un conjunto de más de cien artistas llegados a la Ciudad de la Luz desde los más diversos rincones y que practicaron también los más diversos estilos y formatos (se estima que en 1965 vivían en París unos 4.500 artistas foráneos).

Todos ellos llegarían a la capital francesa atraídos por los mismos encantos que habían seducido a sus predecesores: el ambiente bohemio, una escena artística libre de prejuicios y propicia para la experimentación, bares y clubes de jazz donde encontrar la inspiración... Y a cambio, participaron de forma activa para que la capital recuperara el esplendor creativo que le había hecho mundialmente famosa.

Dividida en doce espacios y de manera cronológica, la muestra toma como punto de partida 1944, el año en que moriría Kandinsky, uno de los grandes acogidos en París (solo dos días antes de la clausura de su última exposición individual); y en el que se produciría la resurrección de otro gran hijo adoptivo, Pablo Picasso, en el Salón de Otoño. Y suma a otros muchos que llegaron progresivamente durante esas más de dos décadas huidos de sus países por motivos de discriminación racial, homófona, de índole política o simplemente porque aspiraban a la gloria artística en el mejor de los escenarios.

"En un momento en el que la deportación es normal y Europa no parece saber qué hacer con sus fronteras y con la inmigración merece la pena recordar que París fue capital europea de la cultura gracias a los extranjeros", señalaba el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, durante la presentación.

Los trabajos de artistas tan diversos como Eduardo Arroyo, Claire Falkenstein, Sam Francis, Mohammed Khadda, Loló Soldevilla, Nancy Spero, Pablo Palazuelo, Roberto Matta, Rufino Tamayo, Ed Clark, Sao Wou-Ki, Karel Appel o Shinkichi Tajiri son solo algunos buenos ejemplos de lo que se incluye en la exposición.

La ciudad recuperaría, en cierta manera, el esplendor perdido pero huiría del discurso unitario para reflejar los conflictos y cambios más importantes de la época: la Guerra Fría, la consolidación de la sociedad de consumo o los movimientos antiimperialistas y anticolonialistas. Y si al otro lado del Atlántico el expresionismo abstracto se llevaba el gato al agua, en París habría propuestas para todos los gustos: el realismo socialista, el eterno conflicto entre abstracción y figuración, el arte crítico y comprometido o el op art y el cinetismo.

En 1964 el estadounidense Rauschenberg ganaría el León de Oro en la Bienal de Venecia. Sería el primer paso hacia el final de la supremacía cultural parisina en el mundo. Poco a poco el arte en París se haría más político y más crítico con la sociedad de consumo y el capitalismo. Mayo del 68 estaba a la vuelta de la esquina. La ciudad y el propio arte cambiarían para siempre.