Hay una certeza que casi se olvida: ser poeta es como la humildad, no se dice, se demuestra. Y no de infinitas formas, pues da igual el traje o perfume que uses, los barrios que alternes o las amistades. Ser poeta se demuestra escribiendo con una voz poética reconocible, destacada, propia.

Ida Vitale, Premio Cervantes 2018 precisamente por "su lenguaje, uno de los más destacados y reconocidos de la poesía hodierna en español", pertenece a ese selecto club en el que bastan un par de versos para saber su origen. Una mano de mujer que se convierte en la quinta en recibir el galardón desde que fuera creado en 1972.

Vitale, nacida en Montevideo en 1923, pertenece a la Generación del 45, la misma que engrosan otros nombres como Ángel Rama (su primer marido, con quien tuvo un hijo y una hija), María Inés Silva Vila, Mario Benedetti, Idea Vilariño o Juan Carlos Onetti. También crítica y traductora especializada en francés e italiano –así nos han llegado algunas obras de Simone de Beauvoir o Luigi Pirandello–, formó parte del consejo asesor de la revista Vuelta, fundada por el mexicano Octavio Paz, dirigió el diario Época y ha colaborado con otros medios como Marcha, Jaque o Maldoror.

"¡Pero qué locura!", eran sus primeras palabras antes de las nerviosas risas y después de que el ministro de Cultura y Deporte, José Guirao, le comunicara el fallo del jurado por teléfono. Toda sencillez, como sus versos, muy podados, hasta que queda una esencia que destensa incertidumbres.

"De la memoria solo sube / un vago polvo y un perfume. / ¿Acaso sea la poesía?", escribió en Parvo reino, de 1984. Y así se define toda una profesión, con una pregunta.

Porque el recuerdo es un pilar para conocerse, Ida Vitale es capaz de abrirse con un ángulo muy íntimo para que el resto se reconozca en ella. "La poesía requiere una cierta intimidad aunque coincida con la intimidad de los otros". Y en eso ha basado su savoir faire.

Escritora incansable

Más de una treintena de libros componen una estantería con su reconocible apellido tallado. El primero, La luz de esta memoria, lo publicó con 26 años. Le siguieron otros como Palabra dada (1953), Cada uno su noche (1960) o Paso a paso (1963). Luego, tras Oidor andante, llegó el exilio.

México la acogió en 1974 cuando huyó de la dictadura. Apenas regresó a Uruguay, volvió a marcharse: hasta 2016 vivió en Austin (Texas, EEUU) con su segundo marido, el también poeta Enrique Fierro, hasta que murió.

Ahora, ya de nuevo, reside en su Montevideo natal, con el tiempo destinado a seguir formándose como poeta quizá del único modo posible, leyendo –que inspira–: "No tengo nada claro cómo viene ese relámpago; sobre todo el primer verso es mágico, porque los demás vienen arrastrados".

Durante todo este tiempo su pluma no ha dejado de moverse, como si cada viaje fuera una forma mantenerse en pie. Jardines imaginarios (1996), Un invierno equivocado (1999) o Mella y criba (2010), publicado en España, atestiguan que aquello que predijo Juan Ramón Jiménez al incluirla como una de las grandes voces jóvenes en un acto en Buenos Aires, cuando todavía era una desconocida, fue tan acertado como posible combustión de lo que estaba por llegar.

Un universo propio

Ida Vitale comenzó a escribir tras leer a Gabriela Mistral o María Eugenia Vaz Ferreira, al propio autor de Platero y yo o al tener como profesor a José Bergamín. Fueron sus referentes hasta llegar a una poesía que va del átomo a lo social, atestiguando que desde lo individual se cambia el mundo.

Un universo interior que ha mostrado y demostrado todo, porque Todo pronto es nada, como tituló la antología que se publicó cuando recogió el premio Reina Sofía de Poesía. No ha sido su único reconocimiento de España ("segunda patria") a su profunda voz: también se alzó con el Federico García Lorca.

Con su Premio Cervantes, Vitale sucede a María Zambrano (1988), Dulce María Loynaz (1992), Elena Poniatowska (2013) y Ana María Matute (2010). En 2018, con este fallo, el 60 % de los premios nacionales han recaído en mujeres. Además, se rompe la ley no escrita que reparte alternativamente el premio entre Latinoamérica y España, ya que el año pasado lo ganó el nicaragüense Sergio Ramírez.

"Pese a las dificultades por las que atraviesa el mundo hoy –las prisas, el poder o el protagonismo mortal del dinero–, la poesía perdurará y se leerá siempre", opina, para que no se olvide lo que han sido 95 años.

Aún hoy, quizá ahora, está escribiendo. O sorprendiéndose recordando sus versos, cuando decía de las palabras "infinito" y "misterio": "¿Es más que su sabor el gusto de la vida?".