Mohamedou Ould Slahi
Mohamedou Ould Slahi, autor de Diario de Guantánamo, un relato sobrecogedor que relata torturas en la prisión. Wikimedia Commons

Mohamedou Ould Slahi atiende al teléfono desde su localidad natal, Nuakchot (Mauritania), donde sigue sintiéndose de alguna manera "preso", un año después de ser liberado de Guantánamo El Gobierno de su país —que aceptó su vuelta cuando un juez federal de EE UU dictaminó que no había pruebas que le incriminaran como terrorista— aún no le ha expedido sus documentos de identidad. 

Este exdetenido se hizo mundialmente famoso tras publicar el 'best-seller' Diario de Guantánamo, unas memorias en las que Slahi retrata, sin amargura y con múltiples pinceladas de humor negro, los catorce años que duró su internamiento en una prisión que destaca por las incontables vulneraciones de los derechos humanos.

Cuando se cumplen 16 años de la llegada de los primeros presos a Guantánamo —una cárcel para sospechosos de terrorismo islamista todavía operativa— se escucha a Slahi reír al otro lado de la línea telefónica si se le pregunta qué piensa de que el Gobierno de EE UU una vez presumiera refiriéndose a él de haber cazado al "detenido más relevante" en la lucha contra Al Qaeda.

"Es que suena a una broma, pero si yo fui el que se entregó", recuerda de aquellos días de 2001. "La Policía ne llamó y me dijeron que venían a detenerme, que EE UU me buscaba. Yo les dije que no hacía falta que vinieran, que ya iba yo. Cogí el coche y me presenté. Me detuvieron. Yo pregunté que por qué detenían a un ciudadano... y ya no me dejaron preguntar nada más".

La Inteligencia de EE UU le consideraba el hombre que creó la célula terrorista de los autores materiales de los atentados de Nueva York del 11-S. Él, que sí admite que se enroló en Al Qaeda siendo adolescente y estuvo en Afganistán, había dejado la organización antes.

El resto de su periplo lo ha denunciado en su libro. Slahi afirma que fue víctima de tortura o tratos crueles, inhumanos y degradantes tanto en Jordania, como en la base aérea de Bagram (Afganistán), como después en Guantánamo y durante los traslados, y que debido a ello realizó confesiones autoinculpatorias.

Gracias a la implicación de organizaciones de derechos humanos Slahi consiguió ser escuchado por un juez federal. Este consideró que su autoinculpación se debió precisamente a las torturas que le aplicaron. Su abogada cuenta que "le pegaron, le privaron de sueño, despertándolo cada dos horas, y le amenazaron con encarcelar a su madre. Cayó enfermo, escuchaba voces debido al trato recibido", denunció en una entrevista con Amnistía Internacional.

Tras su liberación, Slahi no recibió ni siquiera una disculpa por los años robados y el daño causado. Solamente le dieron vía libre para retornar a su país, a Mauritania. "No. Nadie me ha pedido perdón por secuestrarme y encerrarme. Pero es que en EE UU existe la premisa de que el poder nunca se equivoca. Además, en ese país, y en el mundo, es que si eres latino, negro, musulmán o incluso blanco pero pobre, tú no vales nada, y nunca eres del todo inocente", asegura.

No hay en esa prisión ni un solo condenado por los jueces, solo gente detenida al azar en virtud de su nacionalidad, etnia o religión  A día de hoy —y tras varios intentos infructuosos por parte de la comunidad internacional e incluso una promesa de Barack Obama de cerrar Guantánamo— 41 hombres siguen recluidos en este campo de detención de EE UU y todos llevan más de diez años dentro. "La mayoría están sin cargos y no han sido procesados, mientras que otros han sido juzgados sin garantías por comisiones militares", denuncia Amnistía Internacional.

Slahi está en disposición de asegurar con rotundidad que en esa prisión sigue habiendo inocentes. "Cuando yo salí al menos había otros dos hombres, un marroquí y un argelino, que no debían seguir ahí. Pero uno estaba porque la persona de su embajada que tenía que firmar la autorización de su salida ese día no fue al trabajo y cuando quiso aportar su firma le dijeron que ya no valía, que era demasiado tarde".

Slahi sobrevive de los beneficios que le reportan sus memorias sobre Guantánamo, un diario que pudo publicar, pese a la censura, gracias a las cartas que enviaba desde 2005 desde la prisión a su abogado. Porque todos los cuadernos que escribió en su celda se los quitaron en el último cambio de módulo, a un año de salir de allí. A día de hoy nadie se los le ha devuelto, ni cree que lo hagan jamás.

Aunque reza a diario por el cierre de Guantánamo, no piensa que sus ojos lo lleguen a ver. "La gente dice que hay que cerrar Guantánamo. Pero ya está cerrado y con gente dentro. Lo que hay que hacer es abrirlo y liberar a los que están dentro", puntualiza.

"No hay en esa prisión ni un solo condenado por los jueces, solo gente detenida al azar en virtud de su nacionalidad, etnia o religión para convencer al pueblo estadounidense de que viva feliz porque está a salvo. Y esa es la gran equivocación. Ningún estadounidense puede creerse que está a salvo porque exista Guantánamo. Eso es una locura", espeta mientras elabora su teoría de que el ciudadano medio estadounidense no desea que la polémica prisión siga abierta, pero que los grupos extremistas neonazis del país y la economía que rodea a la seguridad nacional nunca permitirán al presidente de EE UU su cierre.

"Una vez con Obama los detenidos sí pensábamos que el cierre estaba cerca, pero un alto oficial de la inteligencia se encargó de quitarnos la idea. Nos dijo que eso nunca sería posible". Para Slahi, solo una mayor presión de los gobiernos con capacidad de negociación con EE UU podría conllevar el cierre de Guantánamo.

Cuando le dijeron que saldría de aquella prisión con vida, después de evitar una condena a muerte, múltiples torturas y un trato indigno, lo primero que sintió fue "miedo a la libertad". Un año después, en Mauritania, sigue con pesadillas algunas noches, sin papeles, no encuentra trabajo y sobrevive esquivando el dolor que le causa la vida que se perdió durante catorce años, momentos tan importantes como el funeral de su madre o el de un hermano, fallecidos durante su cautiverio. Pero sigue escribiendo sobre ello y denunciando que mientras haya personas consideradas de segunda en territorios sin ley él no se sentirá del todo un hombre libre.