Edgar Degas (French, 1834–1917). Heads of a Man and a Woman (Homme et femme, en buste), c. 1877–80
'Cabezas de hombre y mujer', un monotipo de Edgar Degas British Museum, London. Bequeathed by Campbell Dodgson

Es razonable que Edgar Degas (1834-1917) sea enlazado con muchachas desnudas en medio del aseo diario, bailarinas, prostitutas en los burdeles del libertino París, acróbatas y caballistas circenses, niñas con tutú y aspecto rígido y elástico y bebedores de absenta. El artista francés, uno de los cofundadores del impresionismo a finales del siglo XIX —aunque no le gustaba nada el término y prefería presentarse como realista—, es admirado, querido y alabado como un creador de gran delicadeza que supo explorar, durante medio siglo, casi todas las posibilidades expresivas del cuerpo humano, tanto en reposo como en movimiento.

La faceta que nos acerca ahora el MoMA de Nueva York es bien distinta: un artista moderno, improvisador, arriesgado y experimental capaz de abandonar el decoro, olvidar la mínima disciplina cotidiana, dejar que el cabello le creciese durante meses de encierro en el estudio y entregarse por entero a teñir su obra de zonas oscuras, unicolores, planas y cercanas a la abstracción con años de adelanto sobre el nacimiento académico del estilo.

'Pintar lo que nadie más que tú ve'

La exposición Edgard Degas: A Strange New Beauty (Edgar Degas: una nueva y extraña belleza) despliega las etapas y la producción del avatar salvaje del artista, cuando, gracias a la técnica del monotipo, una clase de grabado especialmente cruda, logró mostrar lo que bullía dentro de su mente.  "Está muy bien copiar lo que ves, pero es mucho mejor pintar lo que nadie más que tú ve, porque lo llevas dentro: transformar los recuerdos y las ideas mediante la imaginación", decía.

"Degas es el más moderno, el más experimental, el más improvisador, el que toma más riesgos en su trabajo", dice Jodi Hauptman, responsable del museo neoyorquino para la exposición, programada entre el 26 de marzo y el 24 de julio. No es casualidad que la pinacoteca, comprometida habitualmente con la creación de riesgo y lo contemporáneo, se aparte de su habitual política para mostrar a un pintor milenarista de entre el XIX y el XX: los grabados de Degas, de no ir firmados, podrían pasar por obras de ahora mismo.

'Destrozar' su estilo

La sombra de los monotipos de Degas se alarga hacia artistas de un siglo más tarde como Anselm Kiefer o el español Miquel Barceló, neoexpresionistas descarnados y agresivos que parecen brotar de las raíces broncas del Degas alucinado de los 130 monotipos que integran A Strange New Beauty. Las obras están colocadas en contraste con otras 50 —óleos, dibujos, bocetos— que permiten comprobar con qué furia se dedicó el creador francés a destrozar su estilo para convertirlo en un contraestilo, una especie de duplicado en negativo, ya que en ocasiones repintaba los monotipos con acuarelas, pastel o tiza.

En sus dos etapas como grabador Degas hizo 300 monotipos Aunque sólo se dedicó al monotipo durante dos periodos —en la década de 1870 y luego en la de 1890—, Degas se entregó al anticonvencionalismo con un entusiasmo que rayaba la manía. Con la ayuda de su amigo, el artista experimental Ludovic-Napoleón Lepic (1839–1889), que le enseñó los manejos, técnicas y trucos del estilo de grabado, Degas, dueño de una paleta multicolor y vibrante hasta ese momento, se entregó a la expresiva hondura del negro. Al finalizar su par de etapas como grabador, había culminado nada menos que 300 obras.

Aunque no inventó el grabado al monotipo, que había sido tanteado por Giorgione, Rembrandt y William Blake, el francés fue el artista que lo usó y desarrolló en mayor grado. La técnica tiene unos resultados más espontáneos que otros modos de grabado y se parecen más a los dibujos.

Dibujar en tinta negra sobre una place de metal, rayar, punzar, raspar... A grandes rasgos, el método se basa en dibujar en tinta negra sobre una placa de metal empapada en grasa que puede ser raspada, punzada o rayada con instrumentos afilados o cortantes mientras se extienden más capas de tinta con un trapo. El paso a un papel húmedo se realiza mediante una prensa clásica y por lo general sólo se puede obtener una impresión de cada obra.

'Huellas dactilares'

Degas se entregó con pasión al sistema —hasta el punto de abandonar el dibujo clásico— y existen testimonios que describen al artista virtualmente empapado de tinta negra mientras trabajaba febrilmente. Su trabajo como grabador "revela el verdadero alcance de su creatividad inquieta, mezclando técnicas y trucos para producir efectos no convencionales" y estaba "cautivado por el potencial del medio", que condujo a "nuevas y radicales alturas", dicen en el MoMA. Las láminas muestran las "huellas dactilares" de Degas, que empujado por la espontaneidad no se preocupaba de añadir a las obras las marcas de raspados, arañazos o intentos de limpieza.

Las obras resultantes muestran formas enigmáticas y mutables, pasajes luminosos que emergen de una oscuridad profunda y una mayor sensación de tacto. Además de ser reflejo del espíritu de invención e improvisación de Degas y de su profunda curiosidad por el comportamiento de los materiales, los monotipos colocan al artista como uno de los primeros en explorar las estrategias de repetición y serialidad, al elaborar muchas pruebas sobre un mismo tema.

Lego mis grabados a todos  sin pedir permiso También es pertinente mencionar que el artista se adelantó a las discusiones sobre la autoría, al afirmar que sus grabados eran "resultados de la libertad de la tinta y el trapo" y, por lo tanto, resultaba absurdo reclamar el "control exclusivo" de las obras. "Lego mis grabados a todos los artistas y editores sin que tengan que pedir permiso o solicitarlo", afirmó.