Francis Picabia (1879-1953), Portrait de Tristan Tzara, 1918
Picabia dibuja un retrato de su amigo Tristan Tzara en 1918 Paris, Centre Pompidou - Musée national d'art moderne - Centre de création industrielle © ADAGP Paris 2014. Photo © Centre Pompidou, MNAM-CCI, Dist. RMN-Grand Palais / Georges Meguerditchian

"Sigan. Hagan el amor y rómpanse la cabeza". "Nosotros desgarramos y preparamos el gran espectáculo del desastre". "Buscamos un conocimiento ridículo de la vida". "Una obra de arte jamás es bella, ni clara, ni oscura (...), la crítica es por lo tanto inútil. Un caballo de madera para cada uno". "Destruyo las gavetas del cerebro y las de la organización social: desmoralizar por todas partes y echar la mano del cielo al infierno". "El arte es diarrea confitada (...), una PRETENSIÓN recalentada en la timidez de la bacinilla urinaria". "La limpieza del individuo se afirma después del estado de locura, sin organización: la locura indomable".

Nunca ningún movimiento artístico parió tantas verdades indecentes —y, por tanto, saludables: toda amoralidad contiene un afán de superación y derribo— como el dadaísmo. Es revelador que sea el útero del paradigma del antiarte donde fue concebida la gran ruptura creativa del siglo XX. Los enunciados del párrafo anterior, entresacados casi al azar —manejo que el dadaísmo preconizaba como el único válido y creativo— de los manifiestos [versión en PDF de siete de ellos en el Internet Archive] de la irracional escuela que proclamaba aullando que la vida es "infinitamente grotesca" y acuñó a puñaladas un término para combatir esa molicie y emplear como enseña de guerra: mimportacarajismo.

El Café Voltaire

El 5 de febrero de 1916, según una fecha aceptada históricamente aunque imposible de precisar al detalle, una pandilla de artistas, agitadores, diletantes y deliciosos lunáticos, parieron a Dadá en el Cafe Voltaire de Zúrich, un local de tertulias bohemias y encendidas situado en el centro de la ciudad suiza, en la calle Spiegelgasse —el local sigue existiendo y es un punto de referencia para las excursiones de turistas—.

El exiliado ruso Lenin iba a jugar al ajedrez al Café Voltaire La cafetería era un centro de encuentro de gente diversa —incluso el exiliado ruso Vladímir Ilich, Lenin, se pasaba por allí a jugar al ajedrez— pero con una característica común: todos se sentían mancillados por la I Guerra Mundial (1914-1918), que estaba dejando las campiñas de la culta y romántica Europa Central sembradas con una cosecha atroz de 15 millones de cadáveres.

'La continua contradicción'

El centenario del nacimiento de la vanguardia más radical del siglo XX —cuyos postulado central era estar "a favor de la continua contradicción"— se celebrará en la ciudad helvética con giras de exploración, exposiciones, fiestas y otros actos. Todos tienen un deje carnavalesco que no haría demasiada gracia al núcleo fundacional de un movimiento que hace cien años asustó a casi todos y provocó anatemas con aire de inquisición. El dadaísmo es "la más enferma, paralizante y destructiva idea nacida de un cerebro humano", escribió entonces algún crítico.

Aunque se tratase de un movimiento colectivo y casi coincidente en varias ciudades, con células o lobos solitarios en Berlín, Colonia, Nueva York, París..., el hombre que se ha ubicado en la historia como gran entrepeneur —abofetearía a cualquiera que usase el término— del dadaísmo es Tristan Tzara (1896-1963), un rumano de sangre judía que en 1915 cambió su nombre de registro, Samy Rosenstock, por el de Tristán (por triste) y Tzara (patria). Dejó su país, donde ejercía como editor y poeta simbolista, porque era antibelicista y ferozmente antinacionalista y Rumanía había entrado en la guerra.

Independencia, que desciende a las minas de flores de cadáveres Los homenajes más sobresalientes que recuerdan el centenario del dadaísmo —el término es una reacción burlesca contra el Cándido de Voltaire, obra cumbre sobre el optimismo de la razón, un cuerpo filosófico que repelía a todos los fundadores— se celebran, por supuesto, en Zúrich, la ciudad que cobijó a los transgresores, idólatras, nihilistas y anarquizantes creadores que reclamaban "una necesidad de independencia, aquella que desciende a las minas de flores de cadáveres y de espasmos fértiles".

Digitalización en alta resolución

El museo de arte moderno de la ciudad suiza, la Kunst Haüs, acaba de anunciar el final de los trabajos de restauración y digitalación de la colección de obras dadaístas más importante y profusa del mundo tras las de Berlín, París y Nueva York. Los fondos de la pinacoteca, 700 documentos históricos y obras de arte —pinturas, fotografías, dibujos y grabados, libros, revistas, folletos, panfletos y manuscritos—, estarán en línea en un microsite especial a partir del 5 de febrero, escaneados en archivos de formato TIFF y a 400 puntos por pulgada de resolución.

Originales en condiciones muy frágiles dada la mala calidad del papel usado en la época Muchos de los objetos originales, sobre todo el material impreso, estaban en condiciones muy frágiles dada la mala calidad del papel usado por las restricciones derivadas de la guerra y el museo quiere garantizar la estabilidad de las obras para el público y los investigadores.

Medio centenar de creadores

En la colección —una parte puede verse en el sitio web de la biblioteca del museo, que arroja 750 títulos tras la búsqueda del termino dadá— aparecen los nombres de más de medio centenar de creadores de todas las disciplinas, entre ellos el núcleo duro del movimiento: Jean Arp, Erwin Blumenfeld, André Breton, Marcel Duchamp, Paul Eluard, Max Ernst, Raoul Hausmann, John Heartfield, Hannah Höch, Francis Picabia, Man Ray, Hans Richter, Kurt Schwitters, Philippe Soupault, Hugo Ball y, claro, Tzara.

Garantizar que no van a necesitar ser digitalizadas de nuevo Aunque fugaz —sólo consta como movimiento estable entre 1916 y 1925—, el dadaísmo se mantuvo activo merced a la mutación en diversas etiquetas, acciones y registros. Entre el material restaurado hay obras, revistas y catálogos datados en torno a 195o. Los encargados de la rehabilitación han explorado las piezas en su totalidad, para "garantizar que no van a necesitar ser digitalizadas de nuevo en un futuro próximo", dicen desde el museo. Los trabajos han sido coordinados por Raimund Meyer, considerado el mayor experto mundial en dadaísmo.

Luego irá al MoMA

El museo también anuncia, del 5 de febrero al uno de mayo, la exposición Dadaglobe , que reconstruye la colección de 200 objetos enviados por 30 artistas respondiendo a una petición de Tzara en 1921. Autorretratos, fotomontajes, collages, bocetos de diseño y otros materiales fueron remitidos al artista por correo. La recopilación ha sido compleja, porque las obras estaban desperdigadas en colecciones públicas y privadas de varios países. Después de Zúrich, la muestra viajará al MoMA de Nueva York.

En Estrasburgo, mientras tanto, se exhibe Tristan Tzara, l'Homme approximatif (Tristán Tzara, el hombre aproximativo). En cartel hasta el 17 de enero en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de la ciudad alsaciana (MAMCS en sus siglas en francés). La exposición ofrece una lectura cronológica de la vida de Tzara a través de 450 obras de artistas que pertenecían a su círculo de amistades y contactos. El escritor atesoró una gran colección de creadores contemporáneos y de arte indígena de África, Oceanía y las Américas.

Apoyó a la República Española y fue combatiente antinazi Tzara es definido por los organizadores como "un testigo importante de su tiempo, pero igualmente un actor clave del siglo" XX. El hombre del monóculo, descrito por el poeta Huelsenbeck como "un genio cruel" por el poeta, "trabajó incansablemente en el desarrollo de su compromiso poético y político", añaden, en referencia al paso de Tzara a la militancia en el Partido Comunista francés, su defensa de la República española y la actividad en la resistencia antinazi. La afinidad con el régimen soviético no le impidió criticar la intervención militar de la URSS en Hungría en 1956.

En la muestra de Estrasburgo se repiten muchos de los artistas del semillero dadaísta y aparecen otros con los que Tzara tuvo relaciones, entre ellos Chirico, Dalí, Delaunay, Giacometti, Juan Gris, Klee, Kertész, Germaine Krull, Masson, Miró y Picasso.