Como Jano, el dios bifronte romano, Podemos ha mostrado durante su congreso fundacional, celebrado este fin de semana en Madrid, su doble rostro. Un partido cimentado desde abajo por una nutrida y movilizada base asamblearia, los llamados círculos, y diseñado desde arriba por una élite académica educada en la escenografía mediática del poder.

Con la propulsión de los cinco eurodiputados logrados en las elecciones europeas, la formación encabezada por Pablo Iglesias –que pulió su carisma ante 8.000 simpatizantes entregados con entusiasmo a la "causa popular" de sus silencios y sus metáforas deportivas– ha emprendido el camino empedrado de la profesionalización.

La formación Podemos ha exhibido su potencial músculo político durante dos días en Madrid Podemos ha exhibido durante dos días su potencial músculo político, la "esperanza" en la victoria y una retórica maniquea donde la "casta" es lo contrario del "pueblo" y la virtud ciudadana es la antítesis de la corrupción de sus élites. Como proclamó el ponente de uno de los equipos –los diferentes círculos que presentaron propuestas éticas, organizativas y programáticas– "hagamos de Podemos el Caballo de Troya que abra las puertas del régimen".

La asamblea ciudadana ha condesado en dos días la esencia de Podemos. Una masa de simpatizantes sin bandera, encariñados con la figura de Pablo Iglesias ("nunca había sentido algo así por un político", se oía en las gradas de la plaza Vista Alegre cuando el sábado por la mañana irrumpió en el ruedo) y pequeños grupos militantes, que analizan cada propuesta y que vigilan con celo todas las mutaciones que la formación emprende.

Mientras fuera del recinto el ambiente fraternal se prolongaba en corrillos optimistas e improvisados puestos de libros donde las copias del Manifiesto Comunista se contaban por decenas, quién sabe si como guiño a la referencia a tomar el "cielo por asalto" que hizo Iglesias, en el interior del recinto la "fiesta democrática" sin banderas oscilaba entre los "sí se puede" cuando los ponentes mencionaban términos fetiches y los tímidos aplausos en las intervenciones más áridas.

Entre el mitin y la asamblea 15-M

El Congreso, a medio camino entre un mitin (así lo parecía cuando intervenía el núcleo dirigente formado por Iglesias, Juan Carlos Monedero e Iñigo Errejón) y una asamblea con guiños al movimiento 15-M (cuando la oratoria exaltada dejaba paso al amateurismo técnico), puso de manifiesto el enfrentamiento teórico entre dos formas de concebir la naturaleza del partido.

Por un lado, el equipo Claro que podemos (el liderado por Iglesias), partidario de convertir Podemos en un partido de corte clásico, con un secretario general único, lo que vendría justificado –según el europarlamentario y profesor de la Universidad Complutense– en la necesidad de triunfo: "Con tres secretarios generales no ganaremos unas elecciones a Rajoy". En el otro espectro, la propuesta del equipo liderado por Pablo Echenique, también eurodiputado, que aboga por una organización menos vertical, más colegiada, donde el peso no recaiga tanto en personalidades aisladas, sino en la asamblea y el resto de órganos de dirección.

Pabo Iglesias: "Con tres secretarios generales no ganaremos unas elecciones a Rajoy"Esta disputa, que los protagonistas del congreso no se esforzaron en disimular, no se resolverá todavía, pues tras la asamblea se abre un plazo de votación de una semana para que los simpatizantes –alrededor de 132.000 personas– repasen y voten las propuestas de cada equipo, que versan principalmente sobre cómo atajar la corrupción, cómo resolver el problema de la deuda (planteando una "auditoría ciudadana" y quitas selectivas) y cómo revertir los recortes en educación y sanidad.

El congreso, que comenzó el sábado con largas colas alrededor del recinto, un cierto caos organizativo y problemas con los sistemas de sonido, ha logrado mantener durante dos días el vigor de las intervenciones iniciales (prueba de ello son las más de 150.000 personas que han seguido el acto por streaming e interactuando en redes sociales). El acto final se reservó para la intervención de un nonagenario que conectó su pasado político con la sed de cambio del presente. Tras él, abrazos en el escenario y las estrofas –muy tarareadas, pero poco cantadas– de L’Estaca de Lluis Llach dieron la medida exacta de un acto de reafirmación colectiva.