Proclamación del rey Felipe VI
Felipe VI saluda a los madrileños que se asoman a los balcones en la Gran Vía. Á.C.

Las calles de Madrid dieron este jueves una bienvenida contenida a Felipe VI. A pesar de la expectación generada por el relevo en la Jefatura del Estado, el recorrido que hicieron el nuevo monarca y la reina Letizia no solo no se llenó, sino que mostró grandes claros en todos los puntos clave.

Los 7.000 efectivos de seguridad desplegados por la Policía y la Guardia Civil tomaron las calles antes de las 8.00 horas. "¿No puedo ni pasear al perro?", protestaba un vecino de Argüelles al que los agentes cacheaban antes de permitirle el paso hacia la Plaza de España. Sobre él, una pancarta rezaba: "Referendum Real Ya".

Con el centro blindado y sometido a vigilancia, pocos madrileños circulaban sin dificultades. "Tengo que ir a trabajar. He dejado la moto en Ferraz y llevo media hora dando vueltas", clamaba Raúl junto al Senado. Las amigas de Esther no conseguían llegar a la calle Conde de Lemos para encontrarse con ella: "Hemos quedado para verlo por la tele, pero no les dejan cruzar por Ventura Rodríguez. Les dije que tenían que madrugar...".

Cacheo para llegar a palacio

A las 9.30 horas, Don Juan Carlos imponía a su hijo el fajín de Capitán General en el Palacio Real. A la misma hora, Elena subía la Cuesta de San Vicente para coger sitio junto a sus hijos: "Hemos venido desde Sevilla a propósito. ¡Nos hace mucha ilusión ver al nuevo rey!".

Lo hemos visto muy bien y en primera filaCentenares de personas se perdían el Barrio de los Austrias tratando de alcanzar la calle de Vergara, único punto de acceso a la Plaza de Oriente y al balcón desde el que Sus Majestades saludarían al pueblo horas más tarde. La entrada, flanqueada por arcos de seguridad, era custodiada por personal de la Casa Real que cacheaba a los asistentes.

A pesar del fervor monárquico, Don Felipe y Doña Letizia desfilaron en coche hasta el Congreso por una Gran Vía prácticamente vacía. A su salida, el ya proclamado rey encontró un recibimiento caluroso, pero discreto.

Ni los interesados en la Corona ni los escépticos sufrieron para deambular por el Paseo del Prado y la Plaza de Cibeles o para acceder a las tiendas de la Gran Vía. Ni siquiera, en el momento en el que la Guardia Real abrió paso al Rolls Royce en el que Felipe VI, en pie, recibía el aplauso de los ciudadanos. "Lo hemos visto muy bien y en primera fila", comentaban Antonio y Paquita, jubilados. "He visto más gente cuando se celebran títulos de fútbol", les respondía Nicola, estudiante.

Enseñas republicanas

La mayor concentración de partidarios de la Corona en esta zona se produjo en Callao, donde Fede y Kuniko distribuían parte de las 120.000 banderas adquiridas por el Ayuntamiento de Madrid para amenizar el evento: "No nos importa ayudar. Somos voluntarios y nos llaman para todo. Esto es histórico". Herb, un turista belga, recogía una de ellas: "Hace mucho calor, pero merece la pena venir ya que estamos en Madrid".

La policía advirtió de que requisaría las banderas tricolores presentes en el recorridoLa experiencia de Guillermo, Lucía y su hijo fue muy diferente. Siete antidisturbios les rodearon nada más salir del metro para arrebatarles sus enseñas republicanas, las mismas que podían verse colgadas en contados balcones: "Nadie va a atropellar nuestro derecho a expresarnos. ¿Qué país es este donde no podemos defender nuestras ideas?". La Policía, que había amenazado requisar cualquier bandera tricolor presente en el recorrido, detuvo a tres personas por negarse a entregarlas.

La comitiva encaró Bailén sin dificultades. Una botella de agua despeñada desde la azotea de uno de los edificios de la calle —y que se precipitó a escasos metros del cordón policial— despertó las suspicacias de los tiradores de elite encaramados en el palacio, aunque sin consecuencias. Desde abajo, Don Felipe saludaba a vecinos, curiosos y fotógrafos de las revistas del corazón.

Una vez en el balcón de su residencia oficial —reservada, en realidad, para actos de Estado— los reyes recibieron la ovación de una Plaza de Oriente que no alcanzó un tercio de su capacidad. Dentro, Ann se perdía entre un grupo de turistas chinos que no quería perderse la proclamación: "Lo hemos conseguido. Hemos entrado. Es un rey muy guapo".

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