Everest
Policías nepalís y miembros de los servicios de rescate transportan el cuerpo de uno de los escaladores fallecidos en el Everest. EFE

Dos alpinistas perdieron la vida esta semana en el Everest. La noticia ha levantado una gran polémica, pues se produjo en pleno atasco hacia la cumbre, colapsada por cerca de 200 montañeros en una jornada. El dato sorprende además teniendo en cuenta que la masificación no es un concepto que suela relacionarse con una cima cuyo mito tiene que ver con lo inaccesible. También puede hacer pensar en la ascensión como una actividad lúdica más y perder la vista que el escalador está arriesgando su vida y puede poner en peligro las de quienes le rodean, incluso antes de vislumbrar la cima.

Un número tan elevado de alpinistas ralentiza la actividad y por tanto, aumenta los riesgos en una zona ya de por sí peligrosa, con un clima extremo (con máximas de -19º y mínimas de -60º en la cumbre), grietas ocultas por la nieve y poco oxígeno. No conviene por tanto permanecer allí más tiempo del necesario ni, muchísimo menos, sin tomar todas las precauciones necesarias.

El acceso a la cima del Everest se produce principalmente desde dos puntos: por el sur, desde Nepal (considerada la más sencilla) y por el norte, desde el Tíbet. Antes de atacarlo, es necesario llevar a cabo un proceso de adaptación, permaneciendo en altura durante días e incluso semanas. Así se consigue aumentar la cantidad de glóbulos rojos en sangre, fundamentales para transportar el preciado oxígeno.

A partir de los 8.000 metros (la cima está a 8.848) hay que atravesar la denominada ‘zona muerta’, donde no se respira ya suficiente cantidad de oxígeno en aire. El tiempo para permanecer en ella es limitado, por tanto. La falta de oxígeno puede producir hipoxia y derivar en alucinaciones o incluso en euforia, que puede engañar al escalador respecto a su estado real. De hecho, desde los 2.400 metros se corre ya el riesgo de padecer el llamado ‘mal de altura’: mareo, dolor de cabeza y estómago, fatiga... Puede llegar a provocar la muerte si se acumulan fluidos en los tejidos del pulmón y el cerebro.