'Tata' Martino
Gerardo Martino, cabizbajo en el partido entre el Barça y el Getafe. EFE

Si a un aficionado al fútbol le comentan, asépticamente, que hay un entrenador que ha ganado dos títulos en dos temporadas con dos clubes distintos,  seguramente piropee sus dotes como técnico. O asienta con el cabeceo pausado del reconocimiento. Pero si se desvela que ese entrenador es Gerardo Tata Martino, que pasó del Clausura con Newell's Old Boys, el primero rosarino en 10 años, a la Supercopa de España, seguramente tuerza el gesto. Tal es el poso que deja Martino en Barcelona Un Martino que ha cumplido todo lo anunciado en su presentación (donde no prometió títulos) y con buen ojo para el vaticinio; tras la Supercopa afirmó: "Me quedo con lo del Atlético para sacar conclusiones, es un equipo que tranquilamente puede pelear con nosotros el campeonato". Tuvo tino.

Me quedo con lo del Atlético para sacar conclusiones, es un equipo que tranquilamente puede pelear con nosotros el campeonato

El Barça gestionó lo más rápidamente que pudo la repentina renuncia de Tito Vilanova por una recaída en su enfermedad. Tras guardar las formas durante cinco jornadas y aparecer el nombre de Luis Enrique en el proceso, el club confirmó la llegada del Tata, quien firmaba por dos temporadas entre mucha expectación. Un discípulo del otrora pretendido Marcelo Bielsa. Venía de campeonar, siendo el único en la historia que había sumado título con Newell's tanto como jugador como técnico. Un icono; hasta una tribuna del estadio de Newell's lleva su nombre como homenaje a sus 505 partidos con esa camiseta. Martino se distinguió por ser un buen centrocampista ofensivo en Suramérica con un paso fugaz por el Tenerife. Sin embargo, asumía el reto sin experiencia como técnico en Europa y tras curtirse en los fútboles argentino y paraguayo; en Paraguay ejerció más de un lustro como seleccionador. Una apuesta de Andoni Zubizarreta que desembarcaba en el vestuario de estrellas de una entidad gigantesca, mediática y exigente. Su ideario: disciplina, seriedad, ética y honestidad. 

Llegó fuerte Martino, que tenía que cuidar a Messi  y no descuidar a Neymar. Quedaban aún lejanos el estallido del conflicto con Hacienda del primero o los jaleos varios y ramificantes del segundo. Pero a Lionel le buscó un primer lío al afirmar antes de partir hacia Barcelona que estaba seguro de que su llegada al club tenía mucho que ver con la aprobación de los Messi. ¿Cómo podría sentar eso en el plantel?  Leo lo desmintió días después.  "No tengo nada que ver con el fichaje de Martino. Es cosa del presidente y los responsables del club", comentó antes de cortar con un "No tengo por qué dar explicaciones". Esto sucedió un 27 de julio. Dialécticamente, Martino tenía un pie atrapado en un agujero; pero el otro lo tenía libre. Y a los pocos días también lo metió en un nuevo charco. En una de las entrevistas protocolarias por las radios llegó a afirmar: "Los números del fichaje de Bale son una falta de respeto para el mundo". Podría tener razón, pero dirigía a un club que no había pagado poco por Neymar.

Menos a la fuerza de lo que se pudiera pensar, se templaría el argentino; siempre afable en el discurso, bromista e irónico cuando tocaba, y serio y sincero cuando no. Las circunstancias influyeron, sobre todo la temprana pérdida de su padre. El Barça en los últimos años es un estilo. Y esa cuestión preocupa ante cualquier novedad. En su presentación, al respecto, ya anunció que si tenía que hacer cambios, los haría. "Vengo a continuar una idea", comentó primero. "Insistiremos en cuestiones que van a ser un aporte", aportó después. "Lo que más le escuché fue la idea de escuchar y aprender, pero aportando lo suyo", le sustentó Zubizarreta. Un aviso.  La andadura por el campeonato y la Champions darían después sobradas muestras de mutación. Llegaban goleadas importantes, victorias contundentes, incluso un récord nada baladí como el arranque con siete triunfos consecutivos que mejoraban los números de Guardiola. Pero también se percibía espesura, menos asociación y más envío largo, presión más aleatoria, relajaciones sobrevenidas...

Una goleada sin mandar en la posesión cimenta el giro

El Barça era un pegada multimillonaria con margen para el tropiezo. Y para los altibajos. No dudaba en encabezar la responsabilidad de los errores entonando el mea culpa. Mejor vara de medir que los clásicos esta temporada, imposible. Porque el Tata de Martino fue capaz de ganar al Real Madrid de Carlo Ancelotti tanto en el Camp Nou (2-1) como con cierta polémica en el Bernabéu (3-4) en los partidos de Liga. Pero en la final de Copa naufragó, ahogándose en una posesión sumamente improductiva y una carrera frenética de Bale para sentenciar el título copero. Como, en cierta manera, en la Champions contra el Atlético. Para esas alturas la plantilla había asimilado ya la baja importante de Víctor Valdés, lesionado un mes antes, y desprendía un clima extraño, como demasiado expuesto a lo extradeportivo. La Supercopa, el primer título del Tata en Europa, poco lustroso pero título al fin y al cabo, había llegado demasiado pronto  para sacar conclusiones... "Parece que exista la necesidad de crear una crisis semanal", se cuestionaría en octubre.

No he podido volcar mis intenciones en el equipo, no hemos tenido regularidad y solo pudimos ofrecer la mejor versión en momentos puntuales

El momento fundacional de la "nueva y criticada era" llegó en Vallecas. El compromiso liguero ante el Rayo, en septiembre, supuso la asunción de algo nuevo. El primer partido en muchísimo tiempo que el  Barça no ganaba la posesión. Venció el partido (0-4), pero el Rayo de Paco Jémez tuvo más el balón. Cinco temporadas y 315 partidos oficiales después. La posterior lesión de Messi, quien ya había sufrido problemas físico en el arranque del curso, privó al equipo de magia y efectividad goleadora; y la gestión de los partidos se encalló. Las derrotas frente al Ajax, en la Champions, y frente al Athletic, en la Liga, reavivaron los cuchicheos. Que si su política de rotaciones, que si la incomprensible falta de minutos de algunos jugadores resolutivos, que si el juego más directo... El Tata no era querido; simplemente era el que estaba. Hasta Andrés Iniesta, poco dado a las florituras en sus manifestaciones y defensor del trabajo del argentino, se permitió el honor de mandarle algún recado después de que fuera sustituido frente al Atlético en la Champions: "Me sorprendió el cambio".

Sin la Copa, sin la Liga de Campeones y con una pugna dura con el Real Madrid y el Atlético por el liderato,  un par de tropiezos en San Sebastián y Valladolid y otro posterior en Granada lastraron los esfuerzos culés. El Barça se desenchufó de la Liga. O lo pareció en actitud. Y en momento donde parecía más una autogestión que un trabajo de autor. "Cada vez que perdemos, me preocupo", se sinceró tras caer con el Valencia un tiempo antes."En el Barça hace cuatro años que no decide el entrenador", le echo una mano dialéctica Johan Cruyff. La prensa catalana, a lo suyo, comenzaba a publicar fisuras supuestas, dimisiones supuestas y posibles recambios, también supuestos. El Tata, centrado en lo deportivo, con algún momento más tirante, y también resignado, reaccionó. El argentino pasó del "nos hubiera gustado llegar con posibilidades" tras empatar en Getafe, donde pareció dar por perdida la Liga, al "vamos a luchar la Liga hasta el final" de las dos últimas semanas. Con más apoyo en los errores ajenos que en los méritos propios, tragando saliva con el empate en Getafe posterior a la muerte de Tito Vilanova, el Barça aguantó el sprint. Pero no cerró la Liga el día más importante.

La décima del Atlético de jornadas precedentes no se transformó en la primera de un Tata que casi inmediatamente anunció su marcha. El Tata ha acabado no estando cómodo en la Ciudad Condal, pese a algún guiño público y tardío (acaso mero formalismo) surgido en la plantilla; y ha acabado perplejo ante la connivencia del club con su virtualidad en el cargo y lo que el llamó "el periodismo de camiseta". Quizá no gustó en Can Barça que calificara como "un fracaso", días antes de la Copa, la eliminación de la Champions. Ahora Martino no se pronuncia si Zubizarreta acude a casa de Luis Enrique como el que visita a un excompañero, que también. Y se marcha con un título. "Sería un fracaso absoluto no ganar un título esta temporada porque es un club que está acostumbrado a ganar y lo que ofrece su plantel es de lo mejor", comentó durante su presentación. Se cumplió. Pero de su balance final mucho quedó plasmado entre líneas tras el empate de Getafe. "No es temporada buena ni en lo personal ni tampoco para el Barcelona. Ha sido una temporada muy difícil, con muchas cuestiones extrafutbolísticas. No se trata de felicidad. No he podido volcar mis intenciones en el equipo, no hemos tenido regularidad, ni pudimos ofrecer la mejor versión del Barcelona, salvo en momentos puntuales. Hemos estado lejos de ese fútbol".