Los hechos ocurrieron una noche de mediados de abril de 2002 (si bien no ha sido posible concretar cuál de ellas), después de que la acusada, María Teresa P.P., y su hijo mantuvieran una fuerte discusión. El niño se fue a su habitación, su madre entró a medianoche creyendo que su hijo dormía, se metió en su cama y le violó.
Un año después, cuando el menor vivía con su padre y con la actual pareja de éste, el chico explicó lo ocurrido, tanto la agresión sexual como el incendio que se produjo en casa de su madre pocos días después. Los psicólogos justificaron la tardanza en base a "un intenso sentimiento de culpabilidad y vergüenza", pues el chico estaba "emocionalmente muy afectado por la relación aversiva" que tenía con su madre.
La mala relación con la acusada y los abusos que sufrió derivaron en problemas psicológicos, como aislamiento social, dificultad de aprendizaje por falta de atención y altos niveles de ansiedad, aunque los especialistas dieron total credibilidad al relato del chico, que tuvo que seguir un tratamiento psicológico.
En cambio, la Sección Vigésima no creyó la versión de María Teresa P.P., quien, durante el juicio, aseguró que era imposible haber abusado de su hijo porque en esa época tenía la pierna escayolada. La Sala recuerda en la sentencia que la mujer no presentó ningún informe médico al respecto.


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