Scilingo, un mal actor

Prisioneros inyectados con somníferos, arrojados vivos al mar desde aviones. Quizá ese Scilingo medio desmayado ante el Tribunal que le iba a juzgar estaba representando, en una mimesis involuntaria, la figura inerme que componían las víctimas de aquel horror cuando iban a ser lanzadas al abismo. ¡Qué personaje! Primero declara a la prensa su participación en los vuelos de la muerte y escribe hasta un libro para contarlo. Luego se viene a España para explicárselo a Garzón, pensando ganar el jubileo de los arrepentidos. Pero le sale mal y le mandan al purgatorio de la prisión preventiva. Al ver frustrada su pretensión, se declara en huelga de hambre y cuando le llevan a juicio aparenta estar desvanecido. A los dos días se espabila y cambia radicalmente la versión anterior, negando su participación en los hechos. De verdugo a reo, pasando por cronista, denunciante, y testigo de cargo; toda la escala judicial. Pero demasiados personajes para un mal actor. Conciencia torturada, deseo de protección, búsqueda de impunidad, afán de notoriedad, cualquiera pudo ser la razón que le impulsó para salir a escena. Ahora no sabemos si lo que empezó en tragedia acabará en farsa, pero el final para él será siempre dramático. Porque aunque es posible que le absuelvan –ni nombres, ni testigos, ni vestigios– tendrá que vivir huyendo de unos y de otros, por lo que su futuro está en cualquier caso condenado al mundo de las sombras.