Borja Terán Periodista
OPINIÓN

Eurovisión 2024: fortalezas y debilidades de la escenografía de Malmö

Escenario Eurovisión 2024.
Escenario Eurovisión 2024.
UER
Escenario Eurovisión 2024.

Malmö ya acoge los ensayos de Eurovisión 2024. Todo está casi listo para un festival con el que Suecia intenta volver a mostrar su modernidad al mundo. Pero cada año Eurovisión lo tiene más difícil, pues el salto de las paredes de leds han propiciado que las escenografías televisivas se parezcan demasiado entre sí. Todas tienen el mismo fondo estético. Y, para seguir siendo un acontecimiento internacional, el eurofestival debe demostrar que va por delante de cualquier franquicia de talent show de televisiones nacionales.  

Con el objetivo de paliar esta posible debilidad, la UER y los suecos están siendo hábiles en fusionar tecnología actual con espacios creativos dignos de la televisión de los ochenta. Porque el decorado de Eurovisión 2004 recuerda a aquellos sets ochenteros que jugaban con los neones en el techo para otorgar más perspectiva a los espectáculos.

De hecho, la gracia de la escenografía de Eurovisión 2024 no está en necesitar un gran escenario, que tampoco es tan gigante como en otras ocasiones, sino en centrar la creación de una atmósfera única a través de la estructura suspendida desde la cubierta del auditorio. Desde allí, cuelgan unas cajas de pantallas y luces que buscan dar al espectáculo el tono de portentoso acontecimiento.  

Como todos los talents ya tienen un pantalla de led en el fondo y en el suelo para envolver sus números visuales, si quieres triunfar en la televisión de hoy hay que tirar de atrezo clásico para marcar la diferencia. En La Voz son las sillas giratorias rojas, en Tu cara me suena el ascensor-clonador, ¿y en Eurovisión? Depende del año. Eurovisión 2024 ha apostado con la efectista coreografía de cubos que van y vienen encima de los cantantes. El formato se vende a esta peculiaridad como elemento reconocible que da unidad a las galas y, además, es versátil, pues las proyecciones de las cajas, sus movimientos y sus haces de luz se adaptan al ímpetu que merece cada momento. 

El problema está en que los cubos se verán especialmente en los planos generales. Y la emoción en televisión se construye con la expresividad en primer plano. Habrá que ver si esos primeros planos de los artistas son enriquecidos con una profundidad de imagen que no remita a sólo la pantalla plana que preside el plató, al igual que cualquier talent show de andar por casa. Porque el buen escenario de tele es el que está pensando para el gran plano general y, también, para el primer plano. Porque no es lo mismo la escenografía de un programa de televisión que la escenografía de un concierto, donde los ojos del público siempre tienen el contexto de todo el lugar. Ahí si son infalibles unos cubos que caen de las alturas. Pero Eurovisión no es ir a un concierto de Beyoncé, su estética debe pensar más en la riqueza de la imagen que llega al espectador que en los asistentes en la sala. 

Quizá este año Eurovisión se han vendido en demasía al más grueso plano general, que podría ser una alegoría de nuestro tiempo, y se ha descuidado el matiz, más metáfora de nuestro tiempo. Ese detallismo que logra que la pantalla del fondo no sea sólo otra pantalla de fondo. El diseño de luces y la realización de cámaras será al final determinante para que Eurovisión 2024 no se sienta repetitivo y vuelva a movilizar nuestros sentidos con la experiencia de asistir a la inmensidad de lo inesperado, del todo puede pasar en directo. Porque de eso también va la adrenalina de esta competición entre países: de pillar por sorpresa a la audiencia motivando su creatividad, a través de la fusión de artes musicales y artes televisivos. Transformarse en una fábrica en cadena visual sería el final, porque Eurovisión será 'orfebrería' o no será. 

Periodista

Licenciado en Periodismo. Máster en Realización y Diseño de Formatos y Programas de Televisión por el Instituto RTVE. Su trayectoria ha crecido en la divulgación y la reflexión sobre la cultura audiovisual como retrato de la sociedad en los diarios 20 minutos, La Información y Cinemanía y en programas de radio como ‘Julia en la Onda’ de Onda Cero y 'Gente Despierta' de RNE. También ha trabajado en ‘La hora de La 1' y 'Culturas 2' de TVE, entre otros. Colabora con diferentes universidades y es autor del libro 'Tele: los 99 ingredientes de la televisión que deja huella'.

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