Gabriel Rufián, el inconfundible diputado de Esquerra Republicana en el Congreso, no es el autor de ningún tratado de alta política. Su estilo es de vuelo rasante y luces cortas. Sin embargo, cuando se escriba la historia del proceso independentista, Rufián tendrá su hueco por ser el autor de un breve tuit que hizo fortuna y que, en buena medida, fue el detonante de muchas de las desdichas que se han producido después.

El 26 de octubre de 2017, el entonces presidente de la Generalitat tenía previsto comparecer a mediodía para anunciar la convocatoria de elecciones autonómicas. Días antes, el 10 de octubre, Puigdemont había declarado la independencia para dejarla en suspenso ocho segundos después, en uno de esos actos dignos de figurar en un hipotético hall of fame de las decisiones políticas absurdas. Las idas y venidas con la proclamación de la república llegaron a ese 26 de octubre, cuando Puigdemont se dio por vencido y tenía tomada la decisión de convocar elecciones. Pero no se atrevió: Rufián se convertía en el altavoz más sonoro de quienes acusaban al presidente de la Generalitat de ser un traidor a la causa soberanista con unos pocos caracteres en su cuenta de Twitter: «155 monedas de plata».

Asustado de su propio éxito, Rufián quiso explicar después que no acusaba de traidor a Puigdemont. Pero como el resto de la humanidad también tiene cerebro, todo el mundo entendió perfectamente a qué se refería. Y también Puigdemont asumió el mensaje de su propia gente en la calle, de Esquerra y de la CUP, y se rindió. No quería pasar a la historia como un traidor. Prefería ser recordado como un prófugo de la justicia.

Hoy, las tornas se han dado la vuelta, y es Puigdemont el que utiliza la baza de la traición contra Esquerra exigiendo pleitesía a los diferentes sectores del independentismo para mantener a todos instalados lo más cerca posible de la ilegalidad. El mensaje es que aquel que no acepte esa sumisión será considerado un traidor a la república y al president legitim. ERC no encuentra el método para escapar de esa trampa, mientras su número uno, Oriol Junqueras, lleva ya medio año en prisión y su número dos, Marta Rovira, se ha fugado a Suiza.

Sin aquellas acusaciones de traición, Puigdemont habría convocado elecciones, hoy sería presidente, y quizá Junqueras y Rovira estarían en su casa y trabajando en el Parlamento catalán. Pero, en política como en la vida, donde las dan, las toman. Y ahora, Junqueras, Rovira y Rufián están tomando la misma dosis de ricino que ellos aplicaron en octubre a Carles Puigdemont. Todo, por la causa. Todo debido a que cuando lo que reina son las creencias cuasi religiosas por encima de la razón, nadie puede asumir la muerte social que supone ser acusado de traidor.