Hay una teoría militar según la cual conviene cuidarse mucho de creer ciegamente en las estrategias dibujadas en una pizarra. Suelen estar diseñadas con los criterios propios de la academia de oficiales, pero carecen de algo fundamental: no todo se puede prever; no todo se puede adivinar antes de que ocurra. El error de un solo soldado puede provocar la caída de un ejército al completo. No hay estrategia que no deba ser reajustada, o incluso cambiada en su totalidad, una vez que se produce el primer disparo o la primera carga de infantería.

En 2011, Artur Mas puso las bases de lo que con el tiempo conoceríamos como el procés independentista. De repente, se hizo soberanista un día de junio en el que miles de manifestantes atacaron a los diputados del parlamento de Cataluña (de todos los partidos), en protesta por los recortes económicos que estaba aplicando el gobierno de la Generalitat.

Eran los peores tiempos de la crisis. La violencia degeneró de tal manera que Artur Mas tuvo que ir hasta la sede del parlamento en un helicóptero de los Mossos d'Esquadra, en lo que supuso uno de los episodios más estrafalarios de nuestra reciente historia democrática.

Con instinto político, Mas siguió los pasos de su antecesor Jordi Pujol: lo que va bien es obra mía y de la Generalitat, y lo que va mal es culpa de Madrid.

Responsabilizó de los recortes al gobierno central y se subió a la ola que ya entonces impulsaban los sectores independentistas más radicalizados. Espanya ens roba. La mejor forma de que el separatismo no acabara con él era hacerse separatista.

Carles Puigdemont no necesitó convertirse al soberanismo. Siempre fue un independentista convencido. Cuando llegó al cargo, el procés ya había alcanzado su velocidad de crucero. Y se empeñó en acelerarlo hasta las últimas consecuencias. Lo que Puigdemont nunca imaginó es que las últimas consecuencias de sus actos estuvieran residenciadas en una prisión alemana.

Se creía intocable. Todos los dirigentes independentistas se creyeron impunes. Cuando quedó claro que esa impunidad no existía, Puigdemont dio por seguro que Europa y el mundo serían sus aliados. También en eso se equivocó. Y, entonces, huyó y optó por generar el mayor caos posible: proponer candidatos inviables para la investidura, alargar los plazos y, de paso, dificultar la legislatura nacional de Rajoy ante la negativa del PNV de apoyar los presupuestos mientras sus "hermanos" catalanes no disfruten de una autonomía sin el 155.

Pero el caos, por definición, es incontrolable, y se le ha ido de las manos. Tampoco a Puigdemont le ha funcionado la estrategia diseñada en su pizarra de la mansión de Waterloo. Ahora tiene comprometida su libertad, igual que varios de sus colaboradores. No ha conseguido romper España, pero sí ha roto en dos a la sociedad catalana.