En la metrópolis de finales del siglo XIX, muchos niños y adolescentes tenían que apañárselas por su cuenta. Ante la ausencia de estructuras impuestas por adultos, se organizaban por sí mismos en bandas difíciles de controlar. Jacob Riis lo descubrió cuando, en los inicios de la última década del siglo, se topó con un grupo de jóvenes matones en el sur de Manhattan. Aunque estaba acostumbrado a tratar con niños sin hogar, descubrió que tenía que acercarse a esta pandilla de "granujas" más mayores con precaución. Solo apelando a su vanidad (les pidió que posaran fumando) evitó recibir una paliza.

La banda "aceptó la oferta enseguida, incorporando al grupo un cordero de aspecto dudoso que tenían por allí (el matadero estaba cerca) como si fuera uno más de la banda. El más cordial de aquellos rufianes, que insistía en que le sacara llenándose la jarra, aprovechó la ocasión para echarse al coleto lo que quedaba y eso dio pie a unos momentos algo violentos, pero, por lo demás, la pose fue un éxito. Mientras preparaba la cámara, hice una vaga insinuación de fotografiarlos fumando, y la idea cuajó inmediatamente. Nada iba a ser más inevitable a continuación que captar el espíritu más audaz del grupo "en su salsa".

Representaron sus delitos cotidianos: "Uno de ellos se tumbó en un cobertizo, como si se hubiera dormido, mientras otros dos se inclinaban sobre él, rebuscándole en los bolsillos con una habilidad muy sugerente. Esto, me explicaron, era para mostrar cómo "se lo montaban". Los demás miembros de la banda estaban tan impresionados con la importancia de aquella exhibición que insistían en apretujarse en la foto subiéndose al cobertizo, sentándose en el tejado con los pies colgando y colocándose en todas las posturas imaginables a la vista".

La imagen resultante, titulada A Growler Gang in Session, por el recipiente (growler) donde los chicos transportaban y bebían cerveza, estableció un nuevo estándar en la iconografía de la delincuencia. En una zona urbana con baja densidad de población, llena de cobertizos y almacenes, siete miembros de los Montgomery Guards anuncian que al grupo le importan los detalles y su aspecto. Con el ceño fruncido ante el pálido sol, todos llevan sombrero, ropa oscura y muestran una expresión desafiante. Su insolencia queda plasmada en la mueca de desprecio del joven que ocupa el centro de la imagen y la determinación del bebedor de escasa edad que vuelca la jarra para apurar hasta la última gota. Ante una escena como esta, habríamos echado a correr.

Los periódicos de Manhattan llevaban tiempo informando sobre las actividades de las bandas de la isla. En el verano de 1857, The New York Times había intercedido públicamente en el encarnizado conflicto entre los Bowery Boys y los Dead Rabbits. Con sus atrevidos nombres (en este caso, los Chicos del Bowery y los Conejos Muertos) y sus espeluznantes hazañas, las pandillas de jóvenes gánsteres suponían una temática perfecta para los periodistas de la ciudad. Los unos querían la publicidad, los otros material pintoresco (tramas reales propias de dime novels) que, además, combinaban dos ideales de la prensa: emoción y desaprobación.

En la última década del siglo XIX el problema de la delincuencia juvenil se había tornado más acuciante. Sin embargo, hasta la publicación en 1890 de la fotografía de la "pandilla de la jarra" y otras en Cómo vive la otra mitad, de Jacob Riis, no vieron los estadounidenses pruebas documentales ampliamente distribuidas de sus jóvenes urbanos. Riss, periodista de sucesos convertido en activista, descubrió que la cámara con flash, inventada poco antes, era el instrumento perfecto para registrar las vidas de los marginados, de los que se hablaba mucho pero apenas eran visibles: en este caso, expuso un mundo juvenil apartado, cuando no autónomo.

Como los teóricos de la degeneración, Riis pretendía demostrar que las condiciones degradadas provocaban vidas degradadas y que los jóvenes eran los más vulnerables: "De 82.200 personas arrestadas por la policía en 1889 –escribió–, 10.505 eran menores de veinte años". Sin embargo, su intención no era confinar a los jóvenes pobres de Manhattan en la oscura periferia, sino arrojar luz sobre el problema. La integración, que no la eugenesia, era la estrategia de Riis: el arrollador éxito de Cómo vive la otra mitad le ofreció la oportunidad de influir en la política nacional en lo relativo a la reforma de las condiciones de las viviendas, los espacios públicos y la educación.

Riis no era más que uno de los muchos periodistas que trataron la delincuencia juvenil durante la última década del siglo XIX. Con el incremento tanto de los reportajes centrados en ellos como del énfasis de los textos, los niños de los barrios bajos presentaban un problema cada vez más visible. Si la sociedad tecnológica y urbana de masas iba a funcionar, todo el mundo tenía que actuar en consonancia con los dictados burgueses de ahorro, responsabilidad y disciplina. El caos urbano ya no era aceptable. El movimiento reformista en Estados Unidos hizo de la delincuencia uno de sus principales objetivos en el mismo momento en el que los escándalos en Gran Bretaña y Francia se convertían en tema central de la prensa.

Los periodistas no tuvieron en cuenta el impacto que sus reportajes sensacionalistas tendrían en la población que cosificaban. La juventud era un tema incendiario, incluso más cuando estaba vinculado a la delincuencia y a costumbres extrañas y bárbaras. Aparecer en los papeles contribuía a ganar prestigio. Al llegar a los ojos de los lectores al mismo tiempo que la prensa popular empezaba a mostrar sus posibilidades, el salvaje de los suburbios ofrecía un precedente para el siguiente siglo. Con la exhibición de una alarmante –cuando no hostil– independencia, el hooligan y el apache anunciaban la relación simbiótica entre los medios de comunicación de masas y la juventud.