El sexo débil

ÓSCAR ESQUIVIAS. ESCRITOROPINIÓN
Óscar Esquivias.
Óscar Esquivias.
JORGE PARÍS

Un día, hace tiempo, coincidí en una biblioteca municipal con un grupo de adolescentes. Por lo visto, un profesor les había pedido que consultaran un libro ("¡No está en internet!", exclamaban de vez en cuando, espantados, como si buscaran un grimorio) y aquellos chavales, un poco amedrentados y nerviosos, vagaban entre los estantes. Yo estaba por allí hojeando alguna publicación y noté cómo se me acercaba uno de los chicos, a modo de embajador:

-Oiga, ¿la letra "S" va antes o después de la "P"?

Ahí yo sentí cómo crujían los pilares de Occidente y se me venían encima los cascotes de nuestra civilización. Me repuse y le indiqué al muchacho por dónde andaba la pobre 'S'.

No sé si esta anécdota es significativa. Quizá fui a dar con un grupo de jóvenes especialmente desmemoriado, pero también es posible que el orden alfabético sea ya para los más jóvenes algo tan arcaico y exótico como la lista de los reyes godos y no memoricen ni una cosa ni la otra. Probablemente muchos adolescentes actuales, en sus muy informatizadas aulas, apenas hayan consultado diccionarios de papel ni enciclopedias y, por tanto, su conocimiento del alfabeto (que antaño nos parecía imprescindible y utilísimo) no tenga mucho sentido para ellos. Uno entra en Google, teclea lo que quiere saber e inmediatamente, como por arte de magia, surge una respuesta.

Una respuesta a menudo disparatada, claro, pero con la que muchos se conforman.

Los que tenemos cierta edad, sin embargo, utilizamos en el colegio sobadísimos diccionarios donde perseguíamos las palabras con nuestro dedito. No dejaba de ser una tarea emocionante. A veces, porque buscábamos palabras picantes (que no siempre aparecían, porque la Real Academia tuvo la norma, hasta 1984, de excluir los términos "desnudamente indecentes"). En ciertas ocasiones encontrábamos definiciones ininteligibles que nos dejaban pasmados (recuerdo la de "celo: apetito de la generación en los irracionales"; los niños no entendíamos nada y no sabíamos ni por dónde empezar a desenredar aquel lío). Nos hacían gracia -y nos gustaban- esas formas verbales añejas con las que se iniciaban muchas definiciones (el "dícese", el "úsase"). A veces sentíamos una gran decepción si no encontrábamos una palabra que usaban nuestros padres o abuelos en casa.

El caso es que teníamos familiaridad con estos libros que atesoran una porción ordenada del conocimiento humano (o el conocimiento entero, como era la aspiración de la monumental enciclopedia Espasa, que ocupaba todo un tabique de la biblioteca pública de mi infancia y cuyos tomos parecían más sólidos que los propios ladrillos).

Sin embargo, ahora tengo la sensación de que no sólo se está olvidando el orden alfabético, sino la propia razón de ser de los diccionarios, que se confunden con una suerte de guías morales. Me refiero al caso de la estudiante española que ha iniciado una campaña, muy apoyada por los medios de comunicación, para que la Real Academia suprima la definición actual de "sexo débil", que se explica como "conjunto de las mujeres".

Sin duda, esta expresión obedece a una mentalidad machista y paternalista, pero eso no justifica el escándalo por su inclusión en el diccionario ni, mucho menos, la eliminación de sus páginas.

Esta universitaria no tiene en cuenta que la función de un diccionario como el de la RAE es, justamente, dejar registro de los usos de las palabras a lo largo de tiempo. Y estas, a veces, se han utilizado con significados que ahora nos hieren o nos parecen ridículos, pero que tuvieron vigencia.

Podemos influir en el futuro, pero no en el pasado. Suprimir esa acepción no repararía ninguna injusticia, muy al contrario: borraría un testimonio de que, durante muchos años, las mujeres tuvieron que soportar tal consideración de inferioridad, tanto física como intelectual.

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