Han transcurrido cincuenta años desde que aquel autobús abandonó Nueva York buscando el sol sobre los naranjos de Florida. Cowboy de medianoche fue y sigue siendo para muchos carrozas de género convexo una de las películas de toda una generación. El American Dream del país multicolor de Doris Day daba pasó a un Manhattan obsceno y sórdido, a la deriva de un vaquero tejano de ala ancha (Jon Voight) y de un chapero italiano de pitillo corto (Dustin Hoffman). Una pareja que convirtió el cuento de hadas clásico de los campos de maíz en una pesadilla devastadora sobre los estragos de la prostitución masculina y de la soledad. Mientras, al compás del Everybody's talking de Nilsson, el padre de Angelina Jolie y el graduado, entre el griterío insustancial de la Gran Manzana, caminan solos, porque no forman parte de nada. Aquel día Jon Voight venció a John Wayne, y nada volvió a ser igual.

A medida en que este verano mi autobús de línea avanzaba desde Washington D. C. hasta Nueva York, me vino a la mente la imagen de esos dos náufragos, supervivientes de un submundo que los baqueteaba como desechos humanos. En el tramo final de la película, ambos abandonaban toda esperanza y emprendían el viaje iniciático hacia su Dorado, en las costas del Golfo de México, a sabiendas Ratso (Hoffman) de que nunca llegaría. En ese autobús, donde todos hablan y nadie observa, Joe (Voight) enjuga el sudor terminal del amigo moribundo, quizá ya amante por fin, mientras perfila una sonrisa antes de morir. Probablemente la sonrisa del encuentro deseado justo en el momento del desencuentro definitivo. Fue al bajar del autobús cuando eché la vista atrás, cinco décadas ya, y ya no estaban.

Al llegar al Port Authority en el corazón de la Octava Avenida, y a pesar de que en Times Square brillan ahora otras luminarias, incluso la nieta de Lola Flores en La casa de papel, todo el mundo seguía hablando sin percatarse de que la soledad seguía allí. Buscavidas de teatros en Off-Broadway, hurones de siete vidas que malgastan una en cada esquina, sin papeles que buscan el calor de un cajero del Banco Santander. Pero algo ha cambiado, porque ya hay empresas que ofrecen abrazos a lobos solitarios a razón de veinte dólares la hora.

De oficio, abrazador. Cuando la soledad es un negocio, quizá haya que pensar que todo está perdido. O quizá no, y haya que armarse de valor como Elena, la protagonista de La soledad era esto de Millás, y concluir con ella que "el futuro es un bulto que ha empezado a crecer en alguna parte de mí y al que alimentaré como a un hijo. Se trata de que al final haya merecido haber vivido". En primavera, volverán a florecer los naranjos en Orlando. Habrá que comprar billetes de ida. El regreso no está asegurado.