Confieso que padezco una dependencia intolerable del adjetivo, por mucho que el sustantivo y el verbo hagan hormigón armado en las frases. Tal adicción tengo que sospecho que, un buen día, la directora de este diario me dará una lección al uso y conveniencia de la que Georges Clemenceau impartió a un redactor de su periódico: "Mire, muchacho, escribir en un periódico es fácil: verbo, sujeto, atributo... y cuando quiera poner un adjetivo, me lo consulta".

Probablemente he ingresado, desde este momento, en el purgatorio de los mediocres que citan al francés, autor de almanaque y de agenda de tres euros en un supermercado. Y presto escribo antes de que me arrepienta, pues reconozco el pecado mortal. Que me vino a la mente esta anécdota cuando escuché el discurso de Navidad de su majestad el rey don Felipe VI, en el momento que instó a evitar que la convivencia, "que siempre es frágil", se deteriore o erosione.

Todas las formaciones políticas adocenaron antífonas e himnos a favor o en contra de la homilía regia, según la prédica de la tribu, pero ninguna se percató de la verdadera particularidad de la arenga. Por fin, el adjetivo. Somos frágiles. Y Su Majestad tiene razón.

Frágiles porque la incertidumbre yugula a la libertad, que es la única certeza posible. Frágiles porque el dogmatismo populista y el gregarismo de los partidos hacen sucumbir a la tolerancia, cuando más se necesita.

Frágiles porque el nacionalismo perfora a dentelladas el pluralismo de las sociedades abiertas e iguales. Frágiles porque el sentimentalismo patológico desplaza a la razón. Frágiles porque la entropía de la democracia liberal ha dado paso al desequilibrio del autoritarismo de los nuevos césares. Frágiles porque los desarrollos tecnológicos arrumban la libertad de la persona, allí donde más daño hacen.

Frágiles porque el miedo paralizante ha congelado la acción de los gobiernos para ser sustituida por una oferta paupérrima de teatralidad para pazguatos. Frágiles porque la vacuidad y la mentecatada intelectual han enterrado la tracción transformadora de la política. Frágiles porque el narcisismo ha pateado el trasero de la reflexión y del pensamiento crítico.

Condenado como estoy al fuego fatuo de los adoradores de las citas de hoja parroquial, y sin propósito de contrición, fue Clemenceau quien advirtió que "en una revolución lo más difícil es salvar la porcelana". Porque es lo primero que se rompe. Cervantes hizo del licenciado Vidriera la expresión del delirio psicótico del que teme hacerse añicos, del que teme perder su integridad física.

Así España acusa la enfermedad del vidrio, que no es otra cosa que el temor a la fragmentación. La fragmentación territorial, la fragmentación emocional, la fragmentación de partidos. Y así también nos comportamos en nuestra política exterior, como el rey Carlos VI de Alemania, que fue presa de esta enfermedad y que, en sus brotes paranoicos, se acurrucaba en un rincón por creerse de vidrio. Es el rincón de los frágiles, el rincón de la historia.