Señores de Oxfam: Dicen que Los Simpson lo predice todo, pero hay asuntos demasiado escabrosos incluso para ellos. Para eso existe el TMEO. Recuerdo una tira de hace años en la que varios individuos –hombres, claro– comparaban sus destinos de vacaciones. Frente a tópicos como Cancún o Tailandia, uno prefería países en guerra o bajo crisis humanitarias; lugares en los que, para un europeo con algo de dinero, follar siempre resultaba más fácil. "Vaya tío. Qué monstruo", concluían sus colegas, que un par de viñetas atrás lo veían como un individuo comprometido y solidario.

Pagar por sexo a víctimas de un terremoto, probablemente menores, es de lo más repugnante que se me puede ocurrir. Pervertir el objetivo de la cooperación hasta acabar promoviendo justo aquello contra lo que se combate resulta difícil de superar (está lo de los abusos sexuales en la Iglesia y poco más). La relación de poder entre esos europeos –anglosajones, blancos y presuntamente anglicanos– y esas jóvenes que lo habían perdido todo no es muy diferente a la que existe entre el putero español medio y una inmigrante adolescente atrapada por una trama mafiosa.

Espero que seáis capaces de llegar de verdad al fondo de este asunto, porque algunos de vuestros eufemismos, precisamente, recuerdan a las excusas de la cúpula eclesiástica cuando sus miembros eran descubiertos con la sotana subida. No está en juego solo la limpieza de una gran organización: toda la cooperación está por contagio en el ojo del huracán. A nuestra sociedad no le gusta que le provoquen mala conciencia y esa es, sin duda, una de las principales consecuencias de la labor de las ONGD. Por eso, descubrir que determinados santurrones laicos tienen cadáveres en el armario resulta demasiado jugoso para quienes creen que los países pobres existen por puro darwinismo global.

Como integrante de la Asociación Galega de Reporteiros Solidarios (Agareso), participo en proyectos de cooperación en Centroamérica. Hace un par de años, al llegar a El Salvador –donde trabajamos en el fortalecimiento de una radio comunitaria–, prácticamente lo primero que hizo su subdirectora fue indicarnos dónde quedaba el burdel y, eso sí, felicitarnos cuando tanto mi compañero como yo le dijimos que no estábamos interesados. Lo que más nos chocó fue que el ofrecimiento partiese de la responsable del programa de género de la emisora. Lo que espero es no tener que pensar que había conocido a demasiados cooperantes.