Daniel Ruiz acaba de publicar Maleza (Tusquets, 2018), un libro compuesto por tres novelas breves (Perrera, Carnaza y la que da título al conjunto), ambientadas todas ellas en una ciudad española innominada, de la que sólo conocemos el nombre de algunas calles y, sobre todo, de uno de sus barrios periféricos: Balseras. En todas las grandes ciudades hay barriadas que podemos identificar con este imaginario Balseras y sus edificios baratos, mal mantenidos, amontonados. Son sitios con fama de peligrosos, situados en esa frontera en la que lo urbano se desdibuja y se mezcla con polígonos industriales, escombreras, chatarrerías, chabolas, campos y solares invadidos por la maleza. "Maleza", antiguamente, quería decir "maldad", significado que hoy (y desde hace siglos) ha caído en desuso. En el último poema de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, un clérigo ladrón y sacrílego confiesa sus delitos ante el obispo y dice: "Contra la mi maleza nunqua fallé egual" (esto es: "Nunca encontré a nadie tan malvado como yo"). Hoy empleamos la palabra para denominar a la vegetación espesa de hierbajos o arbustos (zarzas, aulagas, espinos) que invaden un terreno, y también se dice de las malas hierbas que crecen entre los cultivos y los contaminan. Esa "maldad" de ciertas plantas perdura en algunas expresiones, como "meter cizaña" (o "encizañar").

Muchos quizá no distingamos esta planta, pero todos sabemos que puede arruinar la cosecha (aparece hasta en las parábolas evangélicas). "No es trigo limpio", decimos de alguien de quien desconfiamos (el cereal se malea cuando se mezcla con las malas hierbas). Maleza, el libro de Daniel Ruiz, trata, en parte, sobre la maldad pura, representada por tipos como el Lobo (un joven matón), Mudarra (que merodea entre adolescentes y niños en los salones recreativos, capaz de las mayores vilezas) o Dimas (siniestro portero de una comunidad de vecinos adinerada): los tres son personas venenosas, peores que el beleño, cuyas acciones nos encogen el corazón. Pero también el novelista parece aludir, metafóricamente, a las otras acepciones de "maleza": la vegetación intrincada por donde es difícil pasar sin sufrir heridas y desgarros, la que impide que arraigue nada bueno. Así es el barrio de Balseras, en tal maleza están atrapados los personajes, incapaces de encontrar alternativas a la vida embrutecedora o frustrante que llevan: un cruel fatalismo parece regir su existencia. El argumento de cada una de las tres novelas de Maleza podría parecer una noticia de las páginas de sucesos (que son las únicas en las que tienen cabida estas barriadas).

Tratan sobre venganzas, alcoholismo juvenil, violencia entre adolescentes, accidentes de tráfico, asesinatos con mutilaciones, abusos sexuales, etc. Pero lo más importante de estas novelas no está en lo que tienen de testimonio social (siendo esto muy valioso), sino en la belleza de su escritura y en la viveza de sus personajes. Chamaquito, la Viruta, Lucio o Nolito son inolvidables. Daniel Ruiz no los juzga en ningún momento, ni tampoco muestra compasión por ellos, pero deja que el lector sienta toda la piedad y el amor que el autor les niega. Incluso los personajes más cercanos a ciertos estereotipos (el gordo de hambre insaciable, el policía corrupto, el cura sobón) quedan redimidos por el tratamiento verbal del texto. Porque Daniel Ruiz escribe maravillosamente. Domina el ritmo narrativo, tiene un excelente oído para el habla popular y un gran virtuosismo técnico al mezclar las voces y trenzar polifonías llenas de hermosura. Tal como ciertos pintores barrocos, retrata con crudo realismo unas vidas humildísimas y violentas, y las dota de dignidad artística y de poesía; de esa poesía de los zarzales y los abrojos, de la maleza en la que tantos nos hemos criado; la perturbadora y ambigua poesía de quienes no siempre son trigo limpio.