A nadie debe extrañarle que con el riesgo tan alto de incendios forestales en la parte sur de la península ibérica y en una  buena parte del territorio insular, tanto canario como balear, empiecen a suceder incendios forestales de la magnitud del originado en Moguer (Huelva).

Los datos vienen evidenciando un anticipo inusual del periodo seco y, además, un aumento notable de materia seca disponible en nuestros montes fruto de la poca atención a la gestión forestal que estos últimos años ha habido. Si los montes no se gestionan adecuadamente, si no son atractivos para sus propietarios, si no se valoran de verdad, la biodiversidad, los recursos naturales renovables que nos aportan y la multitud de bienes tangibles e intangibles que nos regalan están en peligro real.

Lo peor es que la sociedad utilice estos tiempos para acusarse o querer poner el problema en el ojo ajeno y no verlo por sí mismo. Es el momento de encontrar el mayor de los consensos, el de apoyar al dispositivo de extinción que está en primera línea defendiendo lo que tanto nos ha costado construir y el de evitar mandar mensajes confusos e interesados sin fundamento sobre las intencionalidades que parece que mueven. El que tenga pruebas que las muestre, pero que no intente aprovecharse de la tragedia de nuestros bosques para conseguir rédito social o político.

Desgraciadamente la realidad es mucho más sencilla y triste, como lo muestran los informes que la fiscalía de Medio Ambiente publica todos los años, en los que, por desgracia, una gran parte de los incendios forestales son consecuencia de negligencias, de incumplimiento de los periodos de quemas permitidas y de excesos de confianza. De nosotros, más que ningún otro, depende evitarlos.

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