Me dirijo a un intangible: ustedes, los 56 estados verdugos, países que en los códigos penales incorporan la muerte como una de las formas posibles de hacer justicia. Amnistía Internacional (AI) acaba de repetir la letanía de cada año. ¿Han comprobado hoy los buzones, señores jefes de Estado? Seguramente tengan una copia esperando del informe anual sobre la pena capital en el mundo en 2016. Informa que el año pasado murieron 1.032 personas bajo la enunciación del verbo ajusticiar, esa forma espuria de llamar al asesinato cuando media un tribunal. Para empezar, la cifra es una enorme mentira, porque elude a los muertos por sentencias del sistema judicial más letal, el de China. Son nadie sabe cuántos, una cifra 'grotesca', dice con impotencia AI, en todo caso 'miles' de cadáveres que permanecen bajo la alfombra -algún investigador individual habla de entre 10.000 y 20.000 al año-, porque los datos son un 'secreto de Estado' y nadie obliga a soltar prenda al gran hermano oriental que fabrica nuestros chips y zapatos del mismo modo que mata -más, más rápido y con mayor soltura-.

El porcentaje sirve de indicador del bestialismo primario del ojo por ojo y su extensión geográfica

Quienes suceden a China en penas de muerte son, valga la imperdonable vulgaridad del término, sospechosos habituales: Irán (con 567 ahorcados), Arabia Saudí (con 154 decapitados), Iraq (88, también ahorcados), Pakistán (87, igual) y los EE UU (32, inyectados con un cóctel químico mortífero fabricado en la UE en este tablero sin ningún inocente). En China, donde también la estricta lógica confuciana regula la lotería de la muerte, el Estado opta por el fusilamiento o la jeringa según convenga. Como no están dispuestos a  gastar más de lo recomendable y montar instalaciones en cada cárcel, emplean a menudo un parque móvil de furgonetas para administrar inyecciones letales. El mismo personal que suministra la dosis de veneno se encarga, minutos después, de extraer del tórax del reo los órganos en potencia transplantables para subastarlos al mejor postor. El número de estados-verdugo, los 56 a quienes escribo, no es tan bajo: se acerca al 30% de todos los países del mundo. El porcentaje sirve como indicador del bestialismo primario del ojo por ojo y su extensión geográfica, pero ¿qué dice de nosotros? ¿Es la forma razonable y compasiva de actuar que debería primar en un mundo viejo y sabio o, al contrario, una manera de esquivar el grave pecado que todas las religiones y la ética reservan a quitar la vida, sea cual sea la razón, incluso la causa justa, la defensa, la sanción merecida...?

Que el dolor revierta en su karma. Jose Ángel González